En 1883, Carlo Collodi, el querido recordado escritor italiano, creó para la posteridad uno de los personajes más entrañables de la literatura infantil, "Pinocho."
Si bien el libro, en su día, tuvo una gran acojida por su excelente ambientación a la vida de la Toscana italiana, y el carisma de un pequeño hecho de madera, no fue hasta 1940 que, en su extraordinaria creatividad y sapiencia, Walt Disney, da vida a Pinocho para convertirlo en un ícono.
En la película vemos a Pinocho que es creado como una marioneta de Gepetto, el relojero, que ansiaba tener un hijo. Las buenas acciones del anciano Gepetto son recompensadas cuando el Hada Azul convierte a Pinocho en una marioneta sin hilos, con vida propia.
Pero hay un protagonista casi invisible a la vista, pero imprescindible para la trama: Pepe Grillo.
Collodi, en su cuento original de finales del siglo XIX, no le da tanta importancia a este personaje. Sin embargo, Disney, encuentra en el pequeño insecto, un potencial exquisito y lo convierte en un culto y veraz acompañante de Pinocho, y, por órdenes del Hada Azul, en su "consciencia."
Para Pepito Grillo, como lo apoda Pinocho, lo más importante era que su "pupilo" supiese, en todo momento, la diferencia entre el bien y el mal. La recompensa de ser un niño valiente, virtuoso y obediente era que, al fin, podría ser de carne y hueso, la cual vemos cumplida al final del largometraje.
A priori nuestra propia consciencia se forma desde que llegamos al mundo con las enseñanzas y los valores familiares que tenemos en casa, para con nuestros padres, nuestros hermanos, los abuelos y los primos y tíos. Un núcleo familiar bien constituido es casi una garantía de que nuestros principios nos llevarán por un camino íntegro y emocionalmente saludable.
Simultáneamente, seguimos adquiriendo enseñanzas de nuestros maestros, que junto a un curriculum académico bien estructurado nos convierte en ciudadanos aptos para nuestra comunidad.
Ya como adultos, nuestra tarea es, de la mejor manera posible, honrar y cumplir con todos los preceptos que nos han sido inculcados, y, con esfuerzo y coraje, compartir estos valores con nuestros semejantes, fieles, claro está a nuestro propósito divino.
Hoy en día este ciclo de adquirir y reforzar nuestra propia consciencia es una utopía.
Ni existen núcleos familiares bien constituidos, por la ausencia de uno de los padres, literal o emocionalmente hablando, y la introducción en nuestra sociedad de nuevas ideologías corrompidas, y una formación académica más que deficiente, e incluso inapropiada.
Millennials (Gen Y) y los jovencitos de la Generación Z, están probando ser, en una mayoría francamente abrumadora, pequeñas personas, con poca motivación para superarse en la vida, una conducta pedante y desafiante a la autoridad, y una fragilidad mental que los vuelve casi incapaces para sobrevivir en una civilización en estado crítico--sino del todo terminal.
Claro está que en este juicio estamos dando pinceladas muy anchas al entorno de los jóvenes. Por supuesto que hay excepciones, y un aplauso para ellos. Pero los números son bajos. Demasiado. Para un despertar como el que estamos llamados a tener, necesitamos más guerreros y menos Tik Tokeros.
Es importante recalcar que este genocidio moral que sufrimos actualmente viene, en muchos casos, de la mano de empresas muy concretas que controlan, como a un Pinocho cualquiera, los designios de nuestra sociedad, amoldándolos, por supuesto, a todo aquello que dé indudable rédito económico.
Si hay consecuencias nefastas por el funcionamiento o implementación de nuevas doctrinas o narrativas colectivas, eso no es problema de ellos. Las arcas están llenas, qué más da si todo alrededor está en rojo, o está vacío.
Es abominable ver como se ha diluido la palabra "dios," obviamente escrita con minúscula, sinónimo de deidad y de ninguna manera refiriéndose a nuestro Creador, Rey del Universo.
Se define como dios a la obtención sin límite de fortuna, de prestigio. Se pone la palabra "dios" frente a la acumulación idiotizada y sistemática de seguidores en redes sociales. Una plataforma creada por figuras virtuales, en muchos casos bots, cuentas falsas.
Se ha borrado casi por completo a Dios de todas las fórmulas de nuestra existencia. Se han gestado dioses a imagen y semejanza de los titiriteros que aparecen en las revistas y en los perfiles de las redes sociales. He ahí nuestros nuevos maestros, nuestros mentores.
He ahí la consciencia del ciudadano del siglo XXI.
Queriendo dar el beneficio de la duda a los personajes que aparecen (real o virtualmente) en nuestro día, pensemos, que sí, en algún momento estos individuos fueron enseñados a tener ciertos valores a nivel familiar e incluso a nivel académico. No es raro ver Doctores en humanidades y ciencia hablando imbecilidades.
En algún momento, estos valores, e incluso su proeza intelectual, han sido abandonados a lo largo del camino hacia el adoctrinamiento o hacia la conquista del "Dorado" de su codicia.
Esta ignominia colectiva es la que ha hecho de la civilización Occidental un casi cadáver que se descompone a viva luz, gota a gota, frente a nuestra impasibilidad y nuestra indiferencia.
Muchos, afortunadamente, y muy especialmente mi generación, la Generación X, ha podido sacudirse de este estado intelectual y funcionalmente vegetativo. Y más nos vale, porque la responsabilidad que tenemos sobre nuestros hombros pesa una tonelada.
Estamos urgidos, como verdaderos templarios de una nueva era, a crear una nueva consciencia en el mundo.
Sin embargo, poco, muy poco, ha probado ser más difícil que esta misión en los tiempos que atravesamos.
La resistencia a un cambio de consciencia es abrumadora. Las narrativas ideológicas y el alcance que tienen las redes sociales y la trágica polarización de nuestra sociedad (nación por nación, generación a generación) han originado un colchón, un comodín, una muleta, una zona de confort casi impenetrable.
Es fácil desistir y decir..."allá ellos."
Pero es precisamente, un alza de nuestra consciencia y de nuestra fuerza moral, la que nos hace levantarnos, sacudirnos el polvo, quitarnos las espesas vendas de los ojos y seguir luchando.
Un mal uso, o la ausencia de una consciencia, ocasiona, inevitablemente, falsas expectativas. Esto, a su vez, resulta en la penosa imagen que vemos de personas deprimidas, insatisfechas, adictas y captadas.
El haber creado una nueva escala de valores, con propaganda ágilmente hilada, pero vilmente aplicada, ha podido, hasta ahora, tomar ventaja, reprogramando la consciencia de nuestros jóvenes: lo que se conoce por "bien" hoy en día en un anatema. El mal es una hazaña heroica.
Demos ejemplos concretos con los que estamos, sin duda, familiarizados:
El aborto, absoluto derecho humano y empoderamiento femenino. La familia, los "fans y seguidores" de Facebook y X. El Ché Guevara, un valiente activista por los derechos de los homosexuales. El comunismo, sexy y cool a más no poder. Hamas, justicieros de la paz. Los judíos? Ah esos son nazis genocidas.
Entendemos por donde va el relato, verdad?
Estas consignas, muy terriblemente para todos, no son ciencia ficción. Las oímos cada día en los medios de comunicación en boca de los adolescentes, que, lastimosamente, tomarán, en su momento, las riendas de nuestra moribunda civilización.
Como casi todo, actualmente, la decisión de cambiar el rumbo de nuestra realidad y crear una nueva consciencia colectiva, tangible y, ante todo, irreversible, comienza con una decisión que ha de ser inequívocamente individual.
Es decir. Es una decisión propia. Mía. Suyas. De todos. Como personas.
Si quiere, podemos decir que tenemos que difundir una resistencia a toda la resistencia que tiene pánico de mover un dedo en favor de restaurar la ley y el orden.
Es una labor pasional y que nos llama a tener carácter para mostrar la caricatura en la que nos hemos convertido, especialmente de cara a los enemigos que se han propuesto destruirnos para montar un metaverso de zombis y activistas de medio pelo.
Una de las acciones más urgentes, si no la más urgente, es que tenemos que destruir la narrativa de verdades relativas.
Los que son el núcleo de esta destrucción de consciencia incesante, han generado un arma que pareciera, a simple vista, indestructible. Ella consta de la afirmación de que todos y cada uno podemos entender la verdad de los hechos, las perdonas y las circunstancias, como nos conviene. Si se quiere más crudamente, como nos dé la gana.
Craso error. La verdad es solo una.
Ilustremos este punto:
Un hombre o una mujer no son construcciones sociales. Un hombre, cromosomas XY, y una hembra, cromosomas XX, son una realidad biológica. Punto. Esa es la verdad.
El género fluido, el bosque encantado de ideologías de un adolescente aburrido y desmotivado, no le cambian su verdad biológica.
La lista es larga.
Nos corresponde, sin miramientos, ha desmontar, uno a uno, los mitos que de pronto han resultado rentables para millones de personas y sus lobbies hambrientos de poder.
Para concluir, no debemos desear más que ser la "voz de la consciencia" de nuestra sociedad. No tenemos que ambicionar llevar una vida épica ni construir plataformas virtuales infinitas. Simplemente, tenemos que llevar la sensatez y la cordura a donde quiera que vamos.
Cada uno de nosotros, acompañados y bendecidos por nuestros dones, nuestros principios y nuestros patrones de conducta, estamos llamados a hacer una diferencia.
Sabemos de sobra, y esto tenemos que aceptarlo, que cada individuo tiene un libre albedrío. Los tiempos de acción y de apertura de consciencia son distintos para unos y otros. Pero a todos, esperemos, nos llega nuestro momento de acción.
Hay, sin duda, hechos irreversibles. Veremos casos de personas que no despertarán nunca. Estos serán adultos con existencias grises y empobrecidas. Pero debemos tener fe y seguir abriendo nuevos caminos.
Sabemos distinguir entre el bien y el mal. Claro que sabemos. No tengamos miedo de limpiar nuestros oídos de esa cera, angustiosamente falsa y abominable, para escuchar la voz clara de una nueva consciencia renovada y dispuesta al combate por la verdad y la felicidad máxima que merecemos.
Ana Frank escribió en su diario:
“Me he dado cuenta de que siempre hay un poco de belleza: en la naturaleza, en el sol, la libertad, en nosotros mismos; y todo esto puede ayudarme...Los débiles mueren y los fuertes sobrevivirán, y vivirán para siempre.”
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