Friday, November 17, 2023

Cruzada al Couché: Batalla Cultural y las revistas de Moda


Yo tengo un presupuesto especial para comprar revistas. Bueno, en realidad, no tengo presupuesto. Las revistas son una de mis pasiones, y para las pasiones, sinceramente, no existe presupuesto.

En momentos de precariedad, o aun cuando no he tenido un trabajo fijo, siempre ha habido suficiente en mi cuenta de banco para revistas. No sé cómo lo hacía. Pero siempre he podido saciar mi sed de papel.

Como ya les he contado, este idilio comenzó en mi infancia, en casa de mis abuelos, donde había un arsenal de deliciosas publicaciones de los años 60s y 70s. Incluso alguna que otra de los 50s.

La afición a las revistas continúa hasta hoy, y seguirá por el resto de mi vida.

Pero poco podía imaginar que mi entrega y mi tajante disciplina para adquirir revistas y recortarlas pasaría por la crisis que en estos momentos está pasando.

Gracias a Dios, esta crisis no obedece a la carencia de medios para satisfacer mi inusual vicio. Pero, de alguna manera, es algo mucho más serio. Y merece su propio análisis.

Hace pocas semanas dediqué un artículo completo a la crónica rosa, a la farándula. Obviamente, mis conocimientos del tema comenzaron con la asidua lectura de revistas del corazón. Pero este género es uno de los tantos que han captado mi atención.

Las revistas de mi niñez, eran, en su gran mayoría, publicaciones que se dedicaban a la mujer. Sin ánimo de hacer propaganda de una forma especial, pero estamos hablando de clásicos como "Buenhogar" o "Vanidades" que surgieron hace décadas con artículos que se inspiraban en el estilo de vida de las amas de casa, y con el pasar de los años, a la nueva mujer que trabajaba a la par del hombre, y que mantenía un hogar y criaba a sus hijos. Hablamos de la mujer de la segunda mitad del siglo XX. La mujer moderna.

Ahora, no nos engañemos, las publicaciones dedicadas a las mujeres datan desde hace siglos.

¡Les pongo un ejemplo clásico (literalmente!)

En su novela más conocida, "Mujercitas," Louisa May Alcott, se inspira en su propia vida, y en sus propios comienzos como escritora para crear a su protagonista Josephine "Jo" March.

Jo, ya adulta, es aspirante a escritora y columnista, y, se pasea por varias editoriales tratando de vender sus relatos. ¿Cuál fue el resultado inicial de esta búsqueda? Pues que la mandaban a publicar en las revistas dedicadas a las mujeres. Hablamos del siglo XIX, época en que se desarrolla esta magnífica novela.

La temática de las revistas aptas para el género femenino (recordemos, por favor, que solamente hay dos géneros) siempre era la misma: moda, decoración, cocina, viajes, hogar, familia, belleza, y muy sutilmente, sexualidad y salud.

La comercialización de las revistas a lo largo del siglo pasado, y, más aún, con la llegada del internet, hizo que hubiese un boom, tanto físico como digital, de revistas o tabloides dedicados a la mujer y a su entorno.

Claro está, hay revistas de temática masculina, y no me refiero solo a Playboy y cosas por estilo. No. Las revistas para hombre, como hoy en día GQ, que tiene versiones en varios idiomas, tienen artículos que tocan temas de finanzas, negocios, sexualidad, deportes, y para los metrosexuales, moda y belleza.

Pero podría decirse que en los últimos, digamos, diez años, la narrativa de las publicaciones para mujeres, específicamente, ha dado un giro de 180 grados, con resultados atroces y preocupantes.

Los artículos ya no están bien escritos. Se ha suprimido la calidad para incluir más cantidad. ¿De contenido? No, de publicidad. Ahora volveremos a este punto.

Los temas que ahora vemos en portada y en la publicación entera son: feminismo radical, transgenerismo y géneros más fluidos que el Amazonas, aborto como un método de reproducción más, la sexualidad como arma de empoderamiento, el movimiento "me too" y como el hombre es un chicle en la suela de tu zapato. Y si, por ahí, un poco escondido, moda y trucos de belleza (y como elegir un buen cirujano)

Para comprar revistas hoy en día, tenemos que ser un poco Indiana Jones, y abrir cada página con cuidado, no nos vaya a saltar una serpiente disfrazada de bulos climáticos y una entrevista a Bad Bunny.

Pero el caso de las revistas, como docenas de tantos otros, son un síntoma más de esta decadencia a nivel intelectual y moral que nos ha plagado. No hay un método más efectivo para la reproducción de nuevas ideologías que una revista, que, por supuesto, ya no solamente se encuentra en librerías y quioscos, como las compraba yo. Ahora, cada revista tiene su versión digital y su arroba en X (antes Twitter)

De hecho, la llegada de la digitalización, quebró a muchísimas revistas de corte clásico, como fue el caso de "Gourmet" que sirvió de inspiración a las mesas y cocinas de nuestras abuelas, y que decidió cerrar sus puertas después de 60 años de circulación.

Para mí un ejemplo de degradación importante y que debe mencionarse especialmente es la revista "Vogue."

Vogue nació el 17 de Diciembre (un día antes que yo) de 1892 (bastante antes que yo) y hoy, por hoy, tiene 28 ediciones internacionales.

Pero enfoquémonos en la Vogue americana, que siempre ha marcado la pauta, aun por encima de British Vogue, en Inglaterra, que se fundó en 1916.

Actualmente, Vogue tiene una circulación que oscila entre 1.2 y 1.5 millones de subscriptores. 

En el idioma de las revistas, esto es alto. Si no tiene más o si este número se ve en picada, la culpa la tiene nada más y nada menos que Anna Wintour, su editora en jefe.

Wintour tomó las riendas de Vogue en 1988, y, sin duda, a ella se le debe que su revista haya sido la cuna del fenómeno inigualable de las "supermodelos" durante la década de los 90s y el nuevo milenio.

Nadie puede dudar de que la señora Wintour tiene un ojo para los negocios. Porque la moda y su entorno es un negocio billonario.

Pero a finales de los 2010s, Vogue entró de lleno en un terreno lodoso: la política. En los últimos pocos años, añadimos ideología de género. Vogue siempre fue una revista de corte feminista, pero jamás había tocado el tema de una forma tan reprochablemente radical.

Hagamos un inciso en el tema de la publicidad.

Cuanto más subscriptores tengan las publicaciones, mayor número de patrocinadores atraen. Esto es igual para las revistas físicas o sus versiones en la web. Si ustedes se fijan, las subscripciones a Vogue cuestan no más de $10 por un año entero. 

Yo la he visto a $5 en Amazon en años anteriores.

La idea es adquirir un número de subscripciones apoteósico para que los publicistas quieran tener su espacio entre artículo y editorial. El espacio publicitario en una revista como Vogue es de miles de dólares. Hablamos de unos 4 ceros o más si es la edición de Septiembre, que aunque devaluada, sigue siendo la más especial.

Con estos datos, y para no entrar en muchos detalles, podemos deducir que quienes marcan la pauta de las publicaciones hoy en día, no es un buen editor en jefe. Es la publicidad.

A su vez, la publicidad que circula hoy en día a todo nivel es absolutamente servil a las agendas ideológicas y a las políticas que las apoyan.

En Estados Unidos existen compañías que premian a toda empresa que ensalce y promueva al lobby LGTBQ. Por lo que las empresas van a crear narrativas en su publicidad que resalte la temática gay y la transexualidad. Todo esto con modelos y editoriales que sean "buenos embajadores" de este estilo de vida.

Las revistas, a su vez, ponen una alfombra roja para esta publicidad y el producto es el que lastimosamente se vende en las librerías.

Editores como Anna Wintour, con dudosa catadura moral y donante estrella del Partido Demócrata, no tiene ningún prurito para que su querida revista se haya convertido en una papelera ideológica. Eso sí, con los mejores fotógrafos y un uso del Photoshop como el de nadie. 

En otras palabras, presten atención, las revistas ya no sirven al público, sino a las agendas que las subvencionan. El lector es secundario. Bueno, sin subterfugios. El lector no importa. Casi del todo.

Yo creo que el público se ha dado cuenta de estos cambios en las revistas y son cada vez menos los que se han suscrito para recibir estos bodrios en su correo. Pero tenemos que generar más conciencia.

Yo ya no compro más que revistas llamadas "independientes" cuya temática se ha mantenido, aunque no totalmente, más discreta o más a la vieja usanza y se mantiene con publicidad de negocios locales o empresas familiares. También me decanto por revistas de viaje o cocina, simplemente por la calidad extraordinaria de su fotografía.

Las revistas de moda ya no las compro excepto en las librerías de segunda mano donde me salen gratis y que no benefician, sino a los comercios pequeños o alguna obra de caridad.

Y así opino que tenemos que actuar todos. 

Se trata de hacer resistencia a esta dictadura de índole ideológica que nos quiere empapelar con couché. Se trata de obligar a nuestras revistas de antaño a volver a su contenido mágico y lujoso que nos entretenía con fantasías o, nos educaba. Había para todo.

Yo considero que tenemos razones para estar optimistas, pero primero debemos estar alertas.

Las revistas hoy en día son una especie de Medusa. Todas, o casi todas, con una esencia llena de veneno. Pensemos, por favor, en el daño que este veneno hace a los más jóvenes. 

Pues muy bien, hay que cortarle la cabeza como hizo el gran Perseo. Y a quien quiera dañarnos, sin miramientos, mostremos como hemos cortado la cabeza del enemigo. Si nos desafían, serán convertidos en piedra o más apropiadamente---en material biodegradable y 100% reciclable.

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