Saturday, December 6, 2025

Los Niños: Juguetes Rotos de una Civilización Decadente



En la Venezuela de los años 80s, cuando todavía se podía ir al cine y el entretenimiento no estaba manchado de propaganda chavista, había un peculiar sistema de clasificación para las películas, tanto las de producción nacional, como las extranjeras.

Había películas con clasificación A, aptas para todo público, B 12 o B14 (no había mucha diferencia) para personas mayores de 12 años o 14, según (estás películas incluían, por ejemplo, las cintas de Jean Claude Van Damme, donde se veían escenas de violencia y sangría, pero no tenían ninguna temática extrema)

Cuando una película traía violencia o ciertas escenas sexuales, la cinta se clasificaba como C 16 o C 18.

Y ya para películas sexualmente gráficas o escenas de homosexualidad, se les estampaba la letra D, 18 o 21.

Es muy interesante porque películas que me llamaban la atención ver como fue el caso de “Macho y Hembra” o “Macu, La Mujer del Policía", dos clásicos del cine urbano, tuve que esperar a verlas ya casi con 30 años y viviendo fuera de Venezuela.

¿Por qué cuento esto?

Porque esto hoy en día se ve como algo nostálgico y, a pesar de que este sistema de calificación del cine venezolano, y, claro está aquí en Estados Unidos, se mantiene en vigencia, los niños pueden estar en la comodidad de su hogar y ver contenido de adulto en Netflix o en Amazon Prime.

No hay cuidado alguno y en la gran mayoría de los casos los niños no tienen supervisión alguna de lo que consumen de parte de los estudios de Disney o Paramount o HBO.

De hecho, como ya hemos analizado anteriormente, existe un nivel de confianza supremo en el contenido llamado “familiar," aunque este está cargado de ideologización o de una aberrante hipersexualización que el niño asimila sin filtros.

La Generación Alfa (nacidos entre el 2010-2024) es posiblemente una de las generaciones más complejas y problemáticas que existen actualmente. 

Si las élites globalistas miden el nivel de éxito que han tenido sus políticas y el veneno que han inyectado en la sociedad actual, no tienen más que ver el desarrollo tan cuestionable de los niños.

Un adolescente de 15 años está, hoy por hoy, sometido a los peores experimentos sociales que se hayan podido inventar.

Reciben una educación deficiente en el hogar y están bombardeados de un contenido inapropiado para la inmadurez que sus pocos años le dan.

Ni hablar de los niños más pequeños, aquellos que no tienen conciencia suficiente para discernir lo que está bien y lo que está mal.

Los más pequeños se dejan llevar por esa confianza nata de lo que les enseñan sus mayores.

El mayor porcentaje de la Generación Alfa está compuesta por los hijos de los Millennials, una de las generaciones más complejas y más confundidas que hayan podido germinar en estas últimas décadas.

Un porcentaje más pequeño, lo compone la prole de la Generación X que decidió criar hijos tardíos.

En ambos casos, los niños están siendo sometidos a situaciones menos que ideales. En un caso por los valores de sus padres, y, en el segundo caso, quizá por razones de la edad y de la presencia en el hogar de padres que han antepuesto sus vidas profesionales a la formación de una familia.

A lo largo de la historia de nuestra civilización Occidental, lo que hoy consideramos todavía un “niño,” antes podía ejercer funciones de adulto—y se esperaba que así lo hiciese.

Un ejemplo clásico que todos conocemos es el caso de María de Nazareth, la madre de Jesús. De acuerdo con los historiadores, María tendría unos 15 años cuando dio a luz, y era ya, por supuesto, la mujer de José.

De acuerdo con la tradición, María pudo haberse comprometido a la edad de 12 o 13 años.

Pero hay un detalle.

En la época de Jesús, y por varios siglos posteriores, el promedio de vida no pasaba de los 35 o 40 años.

Se cree que María falleció de unos 60 años, y, en su día, era considerada una anciana.

Pero en estos casos debemos tomar en cuenta que el matrimonio de una adolescente era “normal,” en una era donde se vivía muchísimo menos y se pensaba en las mujeres sólo para el rol de llevar un hogar y tener muchos hijos.

Hace dos milenios no había tanto estímulo en la sociedad ni se hablaba de una mujer que pudiese tener inquietudes intelectuales.

O sexuales.

La entrada del siglo XX, trae consigo una revolución en el rol que debe cumplir la mujer y los niños son criados, en muchos casos, sin la presencia de uno de los padres–o ambos.

No se trata, claro está, de avalar que una mujer sólo sirva para cumplir la tarea del hogar, ni mucho menos, pero sí de una pérdida de valores.

La generación Alfa es la primera generación nacida en el siglo XXI. No conoce otra cosa.

En Estados Unidos constituyen un 13% de la población. No es poca cosa, muy a pesar del bajón de natalidad que se ha visto en los últimos años, tema que merece su propio análisis.

Del desarrollo de esta nueva ola de jóvenes y niños, quizá lo más preocupante es su hipersexualización y como se ve que los niños no están recibiendo casi ningún lineamiento o apoyo emocional.

Cuando analizamos las raíces de lo que está surgiendo en nuestra sociedad, su decadencia moral y el fanatismo a la idiotez y la insensatez, es imprescindible estudiar con absoluto detenimiento los ingredientes que se están cocinando a nivel de la propagación de todo lo peligroso e incluso lo impensable.

Ya hemos mencionado la ausencia de uno o ambos padres en el hogar.

Luego está la falta de confianza que se debe tener hoy en día en la educación pública, allí donde exista.

La figura del maestro, antes venerada, se ha convertido en la de un propagandista que quiere, con sus estudiantes, cumplir sus fantasías ideológicas y crearle al niño una reverenda confusión sobre su sexualidad, aupando las nuevas creencias de la existencia de un centenar de géneros y de normalizar la interacción menos que apropiada con adultos.

La edad de consentimiento sexual en Estados Unidos es de 16 a 18 años. Sólo eso, 16 años.

No creo que en el mundo que hoy vivimos haya un adolescente que sepa discernir los peligros de tener relaciones sexuales con un adulto, ni se puede medir el trauma con el que posiblemente lidie el resto de su vida.

En Alemania, aún es más preocupante con la edad de consentimiento de 14 años.

En Estados Unidos, un 15% de las hembras ya han tenido sus primeras relaciones sexuales.

Hay niñas que ya han experimentado el sexo oral a los 12 o 13 años.

Muchas de estas relaciones se tienen con adultos.

El adulto está en control. El niño se guía por sus insípidos instintos y un sentido de la confianza que en la gran mayoría de los casos está moldeado por lo que ven en su ambiente o en la cultura.

A esto debemos dedicarle un espacio aparte.

Artistas como Cardi B, Taylor Swift, Miley Cyrus, en el caso de Estados Unidos. O los esperpénticos Bad Bunny, Anuel AA, y hasta Maluma, son los que van a acaparar las listas de los mejores vendidos o los cientos de miles de descargas todo en un sólo día.

El público infantil es el que consume este contenido vulgar, sexual, vanidoso e incluso altamente peligroso con referencias al consumo de drogas o a la pedofilia.

Veamos un claro ejemplo en las letras de la Canción "Reggaeton Champán," de la artista mexicana Bellakath y Dani Flow, también de orígen mexicano:


“Yo no tengo problema si tú fumas hierba

Ojalá te dé tos para que saques mucha flema

Yo le pongo fuego, tú pones la leña

Y mientras el beat suena, te recito un poema


Qué bonitos ojos tienes, quiero chuparte el pene

Con todo respeto, espero no te moleste

Está cerca diciembre, ojalá no te enfermes

Y que no te dé fiebre para que tú me lo entierres…”


La letra completa no la puedo poner en este espacio por principio, pero va in crescendo. Cada estrofa a cuál más explícita.

Estos artistas, si se les puede llamar así, tienen menos de 30 años, y su público, en general, lo conforman adolescentes e incluso niños.

Los productores de música sólo buscan hacer dinero. No se piensa, en lo absoluto, en que este contenido es inapropiado y aberrante, incluso para muchos adultos entre los que me incluyo—y a mucha honra.

Si una niña no tiene supervisión adecuada y se encuentra en YouTube con un video de Bellakath o el último éxito de Bad Bunny, va a creerse que ese contenido es adecuado y, sobre todo, normal.

¿Que la industria musical tiene responsabilidad?

Sin ninguna duda, y ese contenido debería ser anatema.

Pero al final del día los únicos responsables son aquellos que tienen a cargo la educación y el bienestar de un menor.

Si así fuese, hubiese un enorme porcentaje de estos seudo artistas y disqueras que ya se hubieran declarado en bancarrota.

La hipersexualización de los niños es lo que lleva a los lobbys a querer monetizar y comercializar con la pedofilia.

La pedofilia, que quede muy claro, no es “una preferencia sexual,” como nos han querido empezar a hacer creer, blanqueando uno de los peores crímenes de la humanidad.

La pedofilia quiere introducirse como una de las tantas formas en que se mantienen relaciones entre dos personas, una de ellas siendo menor de edad.

Ya hay muchos activistas que incluyen la P en el alfabeto LGTBQ.

No es broma.

En España, la ex-Ministra de Igualdad, Irene Montero, de la extrema izquierda más rancia, ha defendido que los “niños, niñas y niñes” pueden mantener relaciones sexuales con quien ellos quieran.

Los medios afines a esta basura avalan también la normalización de que un adulto tenga relaciones con menores y trafique con pornografía infantil.

Otra posibilidad que debemos empezar a ver con ojos muy críticos es la constante y abrumadoramente profunda islamización de Occidente.

Tradicionalmente, en el Islam, el matrimonio infantil es una estampa muy común. En estos países donde hay un alto grado de pobreza y miseria, casar a una niña de seis años con un anciano es usual a modo de pagar una deuda o, en el mejor de los casos, intentar dar a una niña una vida más holgada.

Esta niña es abusada física y emocionalmente y es vista como un objeto. Su iniciación en la sexualidad tan prematuramente le deforma toda percepción de lo que debe ser una relación sana.

La palabra “amor” no la llegan a asimilar jamás.

Luego están los denominados “Bacha Bazi,” una práctica muy vista en países como Afganistán, teocráticos y con el Talibán al mando, donde se utilizan niños en situaciones muy precarias para vestirlos con adornos o accesorios femeninos para el placer de hombres adultos.

En la mayoría de los casos, los “Bacha Bazi,” que se traduce como “niño juego” o “niño juguete,” bailan sugerentemente y se hacen esclavos sexuales de sus amos. Porque son esclavizados.

La penetración de la cultura musulmana, tan incompatible con nuestros valores, podría estar creando un nivel de tolerancia inaceptable al comportamiento brutal de estas civilizaciones que, en muchos casos, viven con la ley Sharia.

Promover contenido infantil y pro familia es menester y no lo deberíamos recordar con nostalgia.

En Venezuela a los niños les cantaban los payasos Popy y Cepillín. En vacaciones íbamos a Disney World como quien iba al paraíso.

Nuestros padres supervisaban nuestras visitas a los amigos y nuestros paseos en las escuelas.

Nuestros maestros nos hacían respetar nuestras fechas patrias y nos enseñaban a leer novelas clásicas.

No podemos seguir tolerando que los niños se críen para ser marionetas inservibles e idiotizadas, serviles a cualquier aberración que hiera su sensibilidad y atrofie su percepción de su sexualidad.

Por otro lado, es urgente que las leyes en favor del bienestar infantil sean lo más severas posible.

En el estado de Florida si un pedófilo abusa de un menor de 12 años, es condenado a la silla eléctrica. Sin vuelta de hoja.

Las consecuencias de una empobrecida o, ya de hecho carente, educación sexual, es lo que ha producido casos tan sonados como los de Jeffrey Epstein, del cual seguiremos hablando, a medida que se van revelando nombres y secretos de redes pederastas.

El tráfico de niños con fines de prostitución son muy conocidos en Asia y en ciertas regiones de México.

De muchos de estos casos sólo hemos visto la punta del iceberg.

Escándalos de pedofilia siguen salpicando a la Iglesia Católica, con muchas autoridades eclesiásticas, como se dice vulgarmente “haciendo la vista gorda.”

Destrozar las mentes y el crecimiento de un niño tendría como consecuencia un mundo confundido, escaso, infértil, debilitado e inservible, precisamente lo que se busca para poder introducir sin mucha resistencia agendas ideológicas con los que unos hacen caja, y muchos se quedan en un cajón.

Es un cliché decir “los niños son el futuro.”

Sí, es verdad. Es una frase trillada.

Pero es que vivimos en una época donde tenemos que plantearnos si, de verdad, queremos que haya un futuro.

El niño no es un instrumento ni es un peón de agendas ideológicas.

Literalmente estamos condenados a desaparecer si no vemos que el niño Occidental se está convirtiendo en un pequeño ser desafortunado y miserable, manipulado por la indiferencia de sus padres hipnotizados con la ideología de género y comprando juguetes con banderitas pro LGTB.

Si no tenemos claro el por qué estamos batallando esta guerra sin cuartel, que por lo menos, no nos cueste decir que lo hacemos para la salvación de una infancia, que sólo será infancia por unos años y ya luego, como Dios manda, cumplirá su propósito como adulto.

La esencia de una sociedad sana comienza por tener niños capaces, estudiosos e inteligentes.

 tanto, Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, haro, Charo, Charo, Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo, Charo, Charo Charo, Charo. a prueba su crecimiento, se puede decir que por desgracia, un niño bien avenido es una especie en extinción.

Decía Frederick Douglass (1818-1895) político, escritor, y abolicionista (él fue esclavo hasta 1838): “Es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres rotos.”

Nuestro mundo se está rompiendo en pedazos. De eso que no nos quepa la menor duda. Los niños (con su magia y su delicada inocencia) son los que nos harán seguir llevando esta reconstrucción y reconquista, sí, y a poner las piezas en su lugar.

Ellos, los niños, sólo nos tienen a nosotros.

Y nosotros no queremos un mundo sin ellos.


















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