En el año 73 AC, Roma vio los cimientos de su República temblar como pocas veces. Revueltas habían sido vividas. Hazañas habían sido contadas. Enemigos fueron hechos polvo en el camino.
Roma era invencible.
Pero vivió un hombre que pudo poner en entredicho la fortaleza de la potencia que fue Roma en esa época.
Tendría aproximadamente 30 años.
Su origen sigue aún, hasta nuestros días, siendo un misterio.
Históricamente, este hombre sería de origen Tracio y habitó las tierras que hoy pertenecen a Bulgaria.
Fue un soldado, pero también fue apresado y llevado frente a las autoridades de Roma. Fue condenado a muerte. Sobrevivió su propia ejecución gracias a su pericia con la espada.
Su nombre verdadero quizá no lo sabremos nunca.
Pero sabemos que conoció la gloria y el triunfo como un gladiador súper estrella.
Ese hombre era Espartaco.
Espartaco.
Campeón de campeones.
Musa y mito.
Esclavo y amo.
El nombre de Espartaco se quedará para siempre entre las páginas de la historia y habrá docenas de películas que se harán parte de una hemeroteca maravillosa que ya lleva su nombre.
Espartaco.
La figura de un gladiador a lo largo de la República y a lo ancho del Imperio Romano fue siempre símbolo de fascinación, valentía y proeza.
Pocos gladiadores conocemos por su nombre propio. Y los que conocemos por nombre, son, la mayoría, seudónimos y nombres de guerra.
A los enemigos de Espartaco los conocemos por nombre: Marco Licinio Craso y Julio César.
Pero al héroe detrás de la espada y con virtudes inimaginables en la arena, sólo le conocemos el sobrenombre que lo hizo inmortal.
La Tercera Guerra Servil lo tuvo de protagonista junto a otros compañeros del mismo “ludus,” (como se conocían los colegios de entrenamiento para gladiadores)
Roma no olvidaría su nombre jamás.
Hacerse conocer por un seudónimo no es sólo cosa de leyendas.
Innumerables escritores escriben bajo un seudónimo.
Artistas de renombre mundial usan un nombre artístico.
Pero si nos adentramos en la arena, por volver a nuestra analogía, de la batalla cultural, ¿hasta qué punto podemos elegir actuar bajo el anonimato?
¿Por qué me planteo esta hipótesis?
Porque, así de simple, los que estamos librando esta batalla lo hacemos, como los gladiadores, “sine missione,” sin vuelta atrás.
Soñamos con una reconquista.
Hemos iniciado una nueva era de Cruzadas, de guerras santas.
Jerusalén vuelve a ser una ciudad de oro. España necesita a un nuevo don Pelayo y Estados Unidos ha vuelto a ser una potencia sin pelos en la lengua y señora de los cielos.
Las tiranías tiemblan.
Las dictaduras se esconden.
Todo bajo el ala y la inspiración eterna y constante de Dios y de nuestros héroes fundadores, de los que sí conocemos nombres y celebramos sus natalicios.
Pero el guerrero actual no tiene cara.
El guerrero actual es una arroba y un avatar.
Guardemos esta frase por unos instantes.
Volveremos a ella.
En Europa, Bruselas está obsesionada con la censura y persecución de narrativas, discursos y afirmaciones en las redes sociales.
Conocemos la propaganda que ha hecho los líderes de muchas naciones, principalmente España, que dice que el control de redes sociales es por el bienestar infantil.
Sin embargo, este mismo sujeto, del que sabemos nombres y apellidos, Pedro Sánchez Pérez Castejón, sí que le conviene que niñas de apenas 16 años puedan abortar un bebé sin permiso de los padres.
Sánchez no tiene problema alguno que un menor de edad se hormonice hasta los huesos para adoptar una identidad ficticia.
No hablamos de un seudónimo, sino de toda una identidad sexual, mental y emocional que corresponde a otro género.
En Inglaterra docenas de ciudadanos han sido encarcelados por el fallido régimen de Starmer por utilizar las redes para hacer frente a las políticas de inmigración y criticar la islamización del Reino Unido.
En el centro de estas polémicas salen a relucir dos palabras que las hemos oído retumbar a los cuatro vientos desde que el mundo es mundo: libertad de expresión.
La libertad de expresión es un derecho humano fundamental que permite a las personas buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole, ya sea oralmente, por escrito o mediante cualquier otro medio, sin censura previa.
En Estados Unidos la libertad de expresión está protegida por la Primera Enmienda de 1791:
“El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios.”
Por décadas, el discurso que hoy ondeamos los patriotas y los conservadores fue puesto bajo altísimo escrutinio y los expertos en propaganda nunca faltaban a la cita de llamarnos nazis o fascistas.
Desde entonces la guerra acérrima para el rescate de nuestra civilización, nos pone a cada uno de nosotros del comúnmente llamado “lado correcto de la historia.”
Rostros anónimos mayoritariamente son responsables de la destrucción de nuestras comunidades con políticas y líderes puestos a dedo.
Las caras visibles apenas son máscaras.
La falta de transparencia y las numerosas capas en las que se envuelven las mafias, es lo que les ha dado a nuestros antagonistas el papel protagónico por muchos años.
Volviendo a nuestra reflexión anterior, y la repito una vez más:
—-El guerrero actual es un arroba y un avatar—-
En Estados Unidos tenemos una expresión para referirnos al activista de las redes sociales: “keyboard warrior,” el guerrero de tablero.
Un guerrero, si es guerrero no se esconde detrás de una pantalla.
Sin embargo, las redes sociales de pronto dan a luz a un ciudadano comprometido y sagaz, pero absurdamente anónimo.
La creatividad detrás de un arroba es infinita. De seudónimos y nombres de guerra se pueden hacer enciclopedias que harían sonrojar a la Real Academia.
Quizá no haya, y de hecho, no hay mal intención alguna.
Pero lo que es asunto serio, crucial y urgente queda reducido a una actividad de ocio con nombres irreverentes e identidades prestadas.
Con el destape de los documentos de Jeffrey Epstein hemos hecho un trabajo de arqueología que jamás pensamos posible.
En vez de ruinas, encontramos ruina. Ruina moral.
Las fachadas a las que se aferran las mafias globalistas son innumerables.
Algunos se han querido aferrar a los “Illuminati” como un término genérico de sociedades secretas que según los que manejan estos conceptos literalmente controlan los designios del mundo, tanto cultural, espiritual y ante todo, financiero.
Una vez más, las redes sociales han hecho rédito económico alimentando y comentado a diario sobre estas élites invisibles.
Pero si es así, por qué nosotros que estamos llamados y supuestos a esta lucha hacia la luz debemos ocultarnos?
Cuando salimos a defender la libertad de expresión, debemos preguntarnos, y esto es importante, la libertad de expresión de quién?
La libertad de expresión de Juan Carlos Pérez o la de @JuanitoElSabrosón?
Lamentablemente, la llegada de las redes sociales a nuestras vidas se volvió para muchos la excusa perfecta para achantarnos en un sofá y convertirnos en guerreros de salón.
El mundo arde, pero yo me quedo cómodo.
Hay quienes, con razón, ven con preocupación los avances de la inteligencia artificial, tema del que sólo hemos visto, por ahora, la punta del iceberg.
Pero estaremos nosotros a través de nuestra actividad en línea volviéndonos un personaje?
¿Qué queremos decirle al mundo?
¿Porque no hay más caras visibles contrarrestando el baile de máscaras de nuestros enemigos?
Los que sean padres y madres de familia, esta interrogante deberían planteársela.
Los niños de las nuevas generaciones no pueden enterarse de mayores de que sus padres mantenían una doble vida, aun si su propósito fuese certero y valeroso.
Me temo que las redes sociales nos pueden deshumanizar y que cuando queramos dar gracias a Dios por algún héroe sin capa, nos daremos cuenta de que tendríamos que dar las gracias a @guerreradediamante @lolalagrande o @isabellabuena.
Creo que tenemos que tener máximo cuidado.
Nuestros enemigos ya de por sí, apoyando fervientemente una Agenda 2030, por poner un ejemplo, ya hablan de chips. Nos quieren a todos anónimos y nos quieren mansos.
Si les hacemos el trabajo más fácil, ¿de qué nos quejamos entonces?
Hemos sido elegidos para dejar huella, de eso que nunca nos quepa la menor duda.
Nuestra civilización tiene historia porque podemos celebrar nombres y ponerle caras a las victorias.
El guerrero del siglo XXI merece ser de carne y hueso, con nombres y apellidos y una hemeroteca a su nombre.
Esta reflexión quizá no debía hacerse.
El que se ha echado a estos mares llenos de tiburones que lleve la fe junto al timón, y que pueda la humanidad recordar sus hazañas.
Bien sabemos que cuando los tiranos quieren borrarnos de la tierra, nos convierten en un número en el antebrazo.
Creo que todos saben a lo que me refiero.
No seamos nosotros los que nos borremos por motu propio.
Ahora que el mundo huele un poco más a libertad, quisiera saber que la victoria la compartimos muchos. Cada día más, con nuestros nombres y nuestra honra en alto.
Dios ve a sus hijos siempre del otro lado de la luz, en la luz.
Por favor que no nos quedemos atrapados en sombras, y que un botón en un tablero apretado por error nos pueda borrar como si jamás hubiésemos existido.

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