Quisiera recordar aquellos tiempos en que mirar una bandera, especialmente, la nuestra, la de nuestro país, tenía un significado, un valor.
En Venezuela, en nuestro colegio, ese momento de izar la bandera era el más solemne cada mañana, junto al himno y el “Padre Nuestro.”
No estudié en un colegio religioso, pero sí en una institución con tradiciones.
En mi caso–mis banderas, técnicamente tengo tres banderas reales (Estados Unidos, Francia y Venezuela) y dos simbólicas (Israel por ser judía; España por sefardita)
Pero volviendo al tema.
Llamamos a nuestra bandera, un “símbolo patrio.”
Símbolo.
Vamos a poner el acento en esa palabra.
Una bandera representa algo. Una bandera es un idioma universal frente a un edificio público o una plaza o, incluso, todos esos tan degradados organismos internacionales.
La bandera es un estandarte.
En las Cruzadas se llevaban estandartes para dejar en alto el nombre de Dios y de una nación.
Juana de Arco, hasta el momento de su captura, y en cada guerra, llevaba en alto una bandera, un estandarte, con las palabras “Jesús-María” y la Flor de Lis.
Viendo a esa bandera y quién la portaba, inspiró a los soldados a cambiar el rumbo de Francia y hacer de una niña campesina una leyenda viva.
Pero, de pronto, con la entrada del siglo XX, y sin duda, en este primer cuarto del XXI, la bandera, una bandera, tiene otro significado—y otras funciones, no menos que siniestras y cuestionables.
Hemos comentado en muchas ocasiones lo que sucedió en la década de los 80s con la mediatización y la consciencia que se creó con el Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida (SIDA)
De un momento a otro el foco se puso entero sobre la homosexualidad y las prácticas alternativas de interacción sexual y afectiva.
Grandes celebridades como fue el caso de Elizabeth Taylor se hicieron de la noche a la mañana activistas en pro de hacer toda investigación posible sobre el SIDA.
Taylor había perdido a un gran amigo y colega, Rock Hudson, que nadie podía imaginar fuese gay—pero lo era, muy promiscuo, por cierto, y murió de esta terrible enfermedad.
La aparición del SIDA también trajo consigo una ola de controversia, donde el homosexual era señalado exponiendo su privacidad, cuando, por décadas, su sexualidad era un secreto con siete llaves.
¿Qué sucedió después, a partir de los 90s y con la entrada del nuevo milenio?
La politización, y por ende, la monetización, de las prácticas de la homosexualidad abiertamente y de los supuestos grupos que defendían los “derechos” de los gays.
El hombre o la mujer gay, pareciera que eran de otra especie, ajena a la humana, que necesitaba de protección lo mismo que un chimpancé o un tigre siberiano.
¿Qué pasó?
Se había creado una fórmula de hacer dinero y robar recursos a diestra y siniestra. Que no nos quede la menor duda.
La aparición de lo que definimos como “lobbys” se popularizó hasta en Hollywood y la agresividad de este activismo no vio límites.
En los últimos años, precisamente, de esta “moda ochentera,” por decirlo de alguna manera, se ha creado esta degeneración a la que muchos denominamos “wokismo,” y que es el pan nuestro de cada día de esta izquierda radical que sólo recluta odio y promueve miseria.
Estos mismos lobbys y activistas de pronto tuvieron una idea de utilizar el calendario para designar el mes de junio, como el mes del “Orgullo Gay.”
De los primeros en adoptar estas tradiciones fue la compañía Walt Disney World.
Hablo de primera mano, porque yo trabajé allí cuando en el mes de junio se instauró el primer “Gay Day” en el Magic Kingdom, una velada para parejas homosexuales donde iban a disfrutar de los restaurantes y el entretenimiento.
De a poco, las fiestas del Orgullo ya no eran sólo exclusivas, muchas de ellas de noche, sino en plena luz del día—y con la presencia de menores de edad en el entorno.
Al principio los padres ponían el grito en el cielo…y luego fueron los mismos gays los que se empezaron a convertir en padres y ya no era un día o un fin de semana, sino todo un mes, y así, casi que el año entero es dedicado a promover el fetichismo gay y las aberraciones más inesperadas.
Pero estas fiestecitas del orgullo en el 2019, por ejemplo, en la ciudad de Los Ángeles (CA) generaron más de $74 millones.
Esto es sin contar la mercancía a nivel nacional; la propaganda hecha en redes sociales y la saturación de películas con apariciones clave de parejas homosexuales sin censura y con coreografías sexuales grotescas.
Paulatinamente, la homosexualidad fue tomando terreno y, como era de esperarse, alzaron bien alto su bandera.
El trapito de arcoíris era izado en edificios públicos y hasta el Ministerio de Defensa israelí, alguna vez dirigido por el magistral Moshe Dayan, también llegó a portar la bandera multicolor.
En estos tiempos tan turbulentos, cuando pensamos que nada podía ir a peor, la idea de crear nuevas banderas y acostumbrarnos a verlas, y casi obligarnos a portarlas, se incrementó en un mil por cien preocupante.
Quisiera, por otro lado, aclarar algo que es importante. Plantear este análisis y hacer las críticas que se deben hacer, no nos hace, en lo absoluto, homofóbicos.
He trabajado por muchos años con gente homosexual y no tengo, en lo personal, nada en contra de ellos. Pero no me adhiero a los lobbys ni permito que me ideologicen.
Como dato curioso, sobre todo, en períodos electorales, se puede constatar que hay muchos votantes gays que son de derecha, y muy convencidos de ello.
La razón? Pues que nosotros los tratamos como seres normales y no como extraterrestres a los que hay que señalar como gente fuera de orden, como ya hemos mencionado.
Otra bandera que vamos a mencionar es la de la “transexualidad.”
Una persona transexual es un hombre o una mujer biológicos que alegadamente sufrían “disforia de género,” es decir se sentían fuera de lugar con el género con el que habían nacido.
Esto es real, pero muy muy poco común.
Sin embargo, de los creadores de los lobbys gays ahora también se ofrecía “protección” a una serie de condiciones que estaban cumpliendo un propósito en las agendas ideológicas de las que hemos tenido que aprender a defendernos.
Hagamos un inciso.
Ninguna de estas fiestas del orgullo o la promoción de la “transexualidad” sería posible en una población no condicionada para ello.
Es un proceso.
Para que de pronto Occidente caiga, o mejor dicho, decaiga, en esta oscuridad sin piedad ni fondo, hubo que condicionarnos a ser tolerantes y buenistas.
Los incentivos económicos, sin vuelta de hoja, ayudaron infinitamente.
Pero es que para izar estas banderas hacen falta muchas manos, no crean.
Me gustaría que volviésemos a la temática de los transexuales para ilustrar esta hipótesis.
Una persona que siente que no ha nacido en el cuerpo correcto, no nace loca.
La vuelven loca.
Primero hay que destacar que la nuestra es una sociedad sin Dios.
Cuando sacamos a Dios de la ecuación, vemos con nuestros ojos un inevitable apocalipsis de principios y de sensatez.
Luego hemos de enumerar cuántas personas se benefician de estos seres desquiciados que de verdad se creen haber nacido en un cuerpo opuesto al que tienen.
Cabe recalcar que son poquísimos los transexuales que admiten abiertamente que sufren una enfermedad mental. La disforia de género es una enfermedad mental (como lo fue la homosexualidad hasta los años 50s)
Pero ante la posibilidad de hacer caja, son muchas las personas que se llevan su buena porción del pastel: falsos terapistas, farmacéuticas, activistas y políticos.
Entre uno y otro hay subcategorías.
La terapia hormonal, por decir un caso, puede costar entre $30 a $500 por sesión.
Agarren una calculadora y multipliquen estas cifras por la cantidad de víctimas de la propaganda que se someten a estas terapias, e incluso a operaciones de alta cirugía para transformar su cuerpo.
Viendo el rotundo éxito de llevar banderas como “modus vivendi", había que implementar medidas para seguir acaparando supuestas víctimas de la incomprensión social y así han llegado a los niños.
De acuerdo con el diario digital español, La Gaceta de la Iberosfera, la ciudad de Berlín, la capital de Alemania, registra más de 2.400 cambios de sexo, 194 en menores y uno en un niño de 4 años!!
¿Qué puede saber un niño de 4 años de género? Nada.
Pero se ha comprobado que las madres son un componente fundamental en el activismo pro transexualidad en menores.
La abierta propaganda de que hay que iniciar a los niños en terapias hormonales proviene de las redes sociales sin control alguno y de las consignas más que falsas, de que cualquier inquietud de un niño o un adolescente es porque es transgénero.
Pero hay más...
Para dar visibilidad máxima a lo que se conoce como el colectivo LGTB, la política no ha hecho más que ser un amplificador desvergonzado de estas ideologías.
Quién puede olvidar la fiesta del "Orgullo Gay" que ostentó Joe Biden junto a Kamala Harris con la asistencia de drag queens y de activistas transexuales en paños menores?
Fue inaceptable.
Quizá esta imagen de bacanalia en la casa del Presidente de Estados Unidos haya contribuido a que los Demócratas hayan perdido las elecciones.
Tema para otro ensayo.
En los últimos años hay estudios y encuestas realizadas donde se ha comprobado que la “bandera” de los transexuales es más una especie de "banderilla" en nuestra sociedad, para picarla y excitarla y hacerla embestir con sus peores instintos, dado que un altísimo porcentaje de violencia y crímenes son perpetrados por transexuales o personas afines a ellos
Tal fue el caso de Charlie Kirk el pasado 10 de Septiembre a manos de un joven que estaba teniendo relaciones con un hombre biológico que estaba transicionando a mujer (aparte que tenía nexos con grupos radicales como ANTIFA)
Y esto, precisamente, nos lleva al análisis de otra bandera y muy negra: las de grupos terroristas.
Las banderas de grupos terroristas como ANTIFA o Isis agrupan odios colectivos y son un llamado a la violencia y el horror y la crueldad.
Estas banderas también tienen detrás un ejército de relevantes inversores como el caso de un George Soros o Catar que se divierten cambiando el orden del mundo y viendo caer los valores judeo cristianos como barajitas.
Hablamos de billones, no donaciones de $5 mensuales.
Pero, muy afortunadamente para nosotros, nuestras batallas, aunque muy a cuentagotas, se han ido despertando y contamos con victorias cada vez más relevantes.
La llegada de Donald Trump al poder en EEUU o un Viktor Orbán en Hungría, Giorgia Meloni en Italia, y claro está Javier Milei y Bukele, son excelentes banderas para luchar en contra de los constantes ataques a la sensatez y la cordura moral.
El ingeniero argentino y también influencer Manuel García Scrimizzi publicó un vídeo en las redes sociales que, precisamente, habla de lo absurdo que ha sido el apostar por banderas ideológicas.
García habla específicamente de una bandera chocante y de paso ficticia como es la bandera de Palestina, un estado nulo y no existente, representado por el grupo armado terrorista Hamas, que acaba, por cierto, de romper el alto al fuego que había negociado con Trump e Israel.
Pero esto es otro tema.
García, muy acertadamente, habla de la absurda tomadura de pelo de salir a abogar por causas perdidas a modo de cambiar el rumbo de nuestra sociedad.
Es una moda, agrega el influencer. Nunca mejor dicho.
Pero hay millones que comen de esa insensatez y otros cuantos millones más que han aprendido a aceptar este buenismo falso que amenaza con destruir la mejor de las civilizaciones que han existido.
Volviendo al principio de este análisis, no debemos dudar que los cerebros maquiavélicos que han diseñado banderas para sus causas se han valido de esa devoción y ese respeto que, desde niños, hemos dado a una bandera.
Lo que lleva bandera merece respeto.
Y vemos que no sólo esto es falso, sino muy, muy peligroso.
Recuerdo yo, y se que muchos de ustedes también, que se nos prohibía que la bandera nacional tocase el suelo.
Pues con estas banderas de destrucción masiva, no debemos ser en lo absoluto pasivos y es lo debido arrastrarlas por el suelo sin demora y condenarlas a muerte.
Los activistas quieren ganar la partida.
Vemos como los primeros en hacer jura de las banderitas ideológicas son los ricos y famosos. La mayoría se las pone al cuello como hacen con los hijabs, pero los pocos que se rehúsan a su defensa son acosados y amenazados hasta por sus supuestos fans, como se ha podido ver con la escritora J.K. Rollins (autora de Harry Potter) y la actriz británica Keira Knightley, nominada al Oscar en dos ocasiones.
A nuestro favor también debemos contar las repercusiones tan negativas que ha tenido la bandera del supuesto feminismo, que no ha servido para más nada que para promover una misoginia absurda y aupar la violencia, mismo entre las mujeres.
El antídoto lo sabemos de sobra, puesto que cada consigna y cada idiotez promovida por la izquierda woke, se puede rebatir fácilmente con la realidad que muestra hasta la propia biología.
No hay 300 géneros, sólo dos.
La lucha de cada uno de nosotros es válida y urgente y el último año por ejemplo ha visto, gracias a Dios, un declive sustancial en todas las actividades promovidas en el mes de junio y las grandes empresas ya no abrazan consignas con tanta desfachatez.
Elon Musk en días pasados, alzó una nueva bandera instando a todos los usuarios de su red social, X (antes Twitter) a cancelar sus suscripciones a Netflix, dado que el servicio de streaming estaba promoviendo películas con alta carga pro-transexual de menores de edad.
La iniciativa hizo meña y el gigante del entretenimiento perdió más de $15 billones!
Nuestras banderas son más grandes y más fuertes, pero no tan visibles.
Allí está el detalle.
¡Tenemos que emular a los Cruzados con estandartes que casi llegaban al cielo!
Las banderas hablan y hablan a veces de una forma estridente.
¿Quien puede olvidarse de la bandera del Tercer Reich?
Occidente estará condenado a repetir sus desgracias si llevamos la bandera incorrecta a cuestas.
Nuestras banderas se han de izar con palabras y con denuncias.
No hay tal bobería como una bandera heterosexual, pero si podemos prohibir que en nuestros lugares públicos se lleven banderas impúdicas que no hacen más que exaltar que somos una sociedad aberrada y débil.
El Presidente Trump, y pueden pensar lo que quieran de sus formas, ha comprado con su propio dinero un par de banderas de más de 27 metros de altura para los jardines de la Casa Blanca.
Esas banderas son los estandartes de la nueva América, que vuelve a tener los ejes del mundo y con ellas ese mundo honra y respeta lo que es ser Norteamericano.
Dijo el General George Marshall (1880-1959) con respecto a la bandera Estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial:
“Estamos decididos a que antes de que el sol se ponga sobre esta terrible lucha, nuestra bandera será reconocida en todo el mundo como un símbolo de la libertad, por un lado, y de una fuerza arrolladora sobre el otro.”
Llevar una bandera en alto es una consigna que ha de ser minimalista:
Primero por Dios.
Luego por la moral y los valores.
Tercero, por la patria.
Cualquier otra bandera, a la hoguera por apostasía e imperdonable herejía!

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