En el año de 1973, hace 50 años, aconteció un momento histórico y trágico como el que vive Israel actualmente. Una circunstancia terrible que parece calcada a la que aconteció el 7 de Octubre (algunos dirán que la historia se repite): La Guerra de Yom Kippur.
Golda Meir, Primer Ministro de Israel y Madre Fundadora del primer y único estado judío, recibía con el debido respeto y sobria pompa al Secretario de Estado Norteamericano, Henry Kissinger.
Se discutía nada más y nada menos cual había de ser la estrategia para enfrentar al enemigo que había atacado a Israel en Yom Kippur, nuestro día más sagrado. Esta guerra duró 19 días, del 6 al 25 de Octubre. Israel resultó victorioso.
Igual que el 7 de Octubre, Israel veía sus cimientos temblar frente a los ejércitos de Egipto y de Siria. Los enemigos puede que hayan sido otros, y no Hamas, pero el odio acérrimo era el mismo.
El invaluable apoyo a Israel de parte de Estados Unidos es política de estado. Israel necesita de su aliado más potente (en teoría al menos) de Occidente, y Estados Unidos necesita de la mono democracia israelí en Oriente medio.
A estas alturas, Estados Unidos e Israel tienen una relación de codependencia. Son José y Benjamín. Leah y Raquel, y, por momentos, Isaac y Esau. Hermanos siempre a pesar de tantas diferencias...
En 1973, Israel era una nación que apenas tenía un cuarto de siglo. Sus primeros héroes aún estaban vivos. Vivía Golda y mandaba, y estaba Moshe Dayan todavía al frente del Ministerio de Defensa.
Otros tiempos, sin duda, aunque parece que se repita todo como en una larga pesadilla...
Kissinger tenía una relación cordial con Golda Meir. Respeto. Admiración. Después de todo era la "madre de Israel." La Sarah del siglo XX.
Guardando la debida compostura y con un guión bajo la manga, Kissinger advierte a Golda, que él ha venido a Israel primero como un Americano, segundo como Secretario de Estado (acababa de jurar el cargo) y en tercer lugar como judío.
Me imagino a Golda con una sonrisa cuarteada y los ojos ardiendo cuando le respondió al Secretario: "en hebreo leemos de derecha a izquierda."
Golda, partió de este mundo hace décadas, pero Kissinger ya tiene cumplidos los 100, y sigue con nosotros, en este mundo. Esa frase, aunque no lo diga y no lo quiera reconocer, seguramente no se le olvidará nunca.
Y es que ahí, en esa frase, está la esencia y la clave de lo que es ser un judío en esta vida.
Ser judío viene primero que nada. Antes que nuestras nacionalidades y nuestras historias y nuestros afectos. Somos ante todo y ante Dios, judíos. Punto.
La masacre del 7 de Octubre tendrá quizá algún día su propio nombre. La conoceremos tal vez como la matanza de Reím por la ciudad donde se celebraba el festival de música psicodélica donde comenzaron a llegar en paracaídas los demonios de Hamas, o será la Guerra de Simchat Torah, que se celebra justo después del Sukkot, la fiesta de las cosechas.
Estos desalmados conocen más el calendario judío que muchos judíos. Y creo que aquí está el problema.
El gobierno actual de Israel, encabezado por Benjamín Netanyahu, tendrá que responder a muchas preguntas, frente a HaShem y a su pueblo.
Y yo como judía me permito y me exijo cuestionar las estrategias de Jerusalén frente a Hamas. Obviamente, el Secretario de Estado actual no es, ni remotamente, Henry Kissinger. Es el incompetente de Antony Blinken, amiguete de los Soros. De esa calaña. Pero también es judío.
El problema es que no hay quien se lo recuerde, como Golda a su homólogo hace 50 años.
Tenemos varias semanas escuchando al gobierno israelí diciendo muchas incongruencias. Que sí hay que matar hasta el último terrorista. Que sí hay que ocultar nuestra identidad y no utilizar símbolos judaicos. Que no van a cesar hasta que caiga Hamas, y un bochornoso etcétera.
Hace pocos días me levanto a leer mi tabloide de cabecera, El New York Post, y atónita veo un titular, una alerta informativa. Unas declaraciones nada más y nada menos que del Jefe de Hamás. El Jefe de los terroristas. El cabecilla de quienes asesinaron, violaron y quemaron vivos a 1,400 judíos. Resulta que semejante monstruo tenía el tupé de hablar con la prensa. Mil veces maldito sea su nombre.
Resulta que Hamas estaba llegando a un acuerdo con Israel, con intervención de Blinklen, para soltar a los rehenes que fueron secuestrados, mujeres y niños pequeños incluidos, también el 7 de Octubre.
A partir de ese día, mi indignación ha ido in crescendo. Negociar. Pactar. Acordar.
Esas son palabras prohibidas para Israel frente a quienes han perpetrado una masacre de inocentes civiles.
Esas son palabras prohibidas frente al mundo que ha despertado en un tsunami de antisemitismo pocas veces registrado en nuestros tiempos...
Estas son palabras prohibidas después que Netanyahu nos ha prometido una y cien veces que no habrá cese al fuego. Que no habrá negociaciones. Y la hemeroteca es amplia. A las pruebas me remito.
Pero aparentemente sí habrá cese al fuego, de no menos de cuatro días a cambio de una supuesta liberación de los rehenes.
En estos dimes y diretes entre Hamas y Jerusalén (y Estados Unidos) se han contradicho demasiado. Y la rabia de los que queremos creer que no habrá perdón alguno, aumenta.
Durante el gobierno de Golda Meir, cabe recordar, también Israel sufrió la irreparable pérdida de once israelíes, once atletas que fueron a representar a su país a las Olimpíadas de Múnich. Era el 5 de Septiembre de 1972. En tres meses y pocos días más nacería yo. Una judía más.
El ataque terrorista de Múnich fue perpetrado por la organización Palestina Septiembre Negro, que pudiera haber tenido relación (aunque no se sabe con certeza) con la Fatah de Yasser Arafat.
Golda recordó que antes que nada era judía y no hubo negociación posible. Eso sí, lo que le esperaba a los terroristas era la muerte. El Mossad aniquiló a todos los cabecillas de ese infame ataque en suelo alemán (qué casualidad!) y esa proeza fue plasmada en su máxima expresión en el magistral film "Múnich" de Steven Spielberg (a quien no hay que recordarle que primero es judío y luego americano y director)
Volviendo al presente, en un mundo ideal, o casi se podría decir, en un universo paralelo, todos los rehenes siguen vivos y podrían ser rescatados. Pero la temible realidad es otra.
El suelo Gazatí no es más que infinidad de túneles hechos con una maestría que asusta. Porque a los de Hamas les gusta vivir como ratas (con el perdón de las ratas)
Yo, como judía, por supuesto, que quiero verlos vivos, celebrando cien "Simchat Torah" más y contando sus historias, como lo hicieron los sobrevivientes del Holocausto.
Pero yo no sé qué tiene que pasar para que despertemos de una vez por todas. Curiosamente, y ahora que menciono El Holocausto, no recuerdo negociaciones para liberar a seis millones de almas de los campos de concentración nazis. Murieron todos. Bendita su memoria eternamente.
¿Qué nos pasa como judíos, judíos?
Está corriendo, me imagino que por redes, un vídeo del infame Rabino Isaac Cohén. Para ponerlos en contexto, Isaac Cohén es el rabino principal de la Sinagoga Tiféret Israel, la principal e icónica sinagoga que nos representa a los sefardíes en Venezuela. Como muchos de mis lectores recordarán, en el año 2009 esta sinagoga fue profanada por delincuentes del régimen de Hugo Chávez.
Pues, en un vídeo de hace pocas semanas, el Rabino Cohén ha asistido (como ya ha hecho varias veces) a un agasajo al dictador Nicolás Maduro. Este Caifás del nuevo milenio se deshace en elogios hacia Maduro de la forma más vergonzosa que cualquier judío pudiera imaginar.
Pero se rumora que el señor Cohén y su familia están "enchufados" como se dice vulgarmente en negocios de índole chavista.
Hablo de este sujeto porque estoy profundamente decepcionada de muchos judíos que por miedo, y quizá por conveniencia, no actúan con la integridad y la contundencia que merecemos, que nos obliga y que nos llama.
Mira que al mundo le encanta decir que somos "los malos de la película." Y mira que somos buenistas y pacientes. Parecemos hippies, abogando por paz y amor mientras nos faltan el respeto y nos matan.
Aunque no vayamos a los templos, El Templo, vive en nosotros. Ese amor carnal y pasional por lo nuestro no se rompe ni se negocia. Negociar con la esencia judía, sea Netanyahu o cualquiera de nosotros, es traición y es desacato.
Con terroristas no se juega. Ellos juegan. Juegan con nuestra dignidad y con nuestra esperanza. Eso se paga, señores míos.
Ya es mucha la sangre derramada. Ya tenemos que sacar una calculadora para saber cuántas almas judías han sido víctimas del odio más antiguo de nuestra civilización.
Contra el terror antisemita, quiero judaísmo puro. Torah en su máxima expresión. Contra Goliat, todos somos guerreros. Sin tregua. Sin paros ni ceses.
A los que nos ofenden, dejemos que Dios tome nota. A Hugo Chávez le frió las entrañas. ¿Quién sigue?
Rocío Colomer, columnista del diario español "La Razón" ha llamado a esta negociación, y con mucho tino, un "pacto con el diablo."
Según su artículo, el gobierno israelí no tiene mejores opciones. Sí que las tiene. Pero estamos diluídos, acobardados y desmoralizados.
Muchos judíos que ya han hecho vida en Israel hablan de aquello todo como un paraíso. Son felices. Bien por ellos.
Si es así es porque están llenos de un espíritu de alegría que no cesa y un fuego que no se acaba. Pero qué lástima que sus líderes nos den a pensar otra cosa. Muy poca cosa.
Creo urgente que al señor Netanyahu hay que recordarle que Israel no puede seguir siendo un espejito acobardado frente a Occidente. Que no podemos ser rehenes del terror cuando David nos corre por la sangre y nos hierve en el alma.
Pero, por favor, Golda, desde tu Cielo Eterno, recuerda a tu hijo, Israel, que en hebreo se lee siempre: "Primero Judío Soy."

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