En la tauromaquia, cuando un toro en el ruedo se repliega, recula y se niega a embestir, se dice que este toro es “manso.”
En la mayoría de los casos, para no alargar la faena, el toro es escoltado por cabestros (bueyes castrados) hasta el chiquero.
Para un ganadero es la peor vergüenza del mundo, y para el público, la mayor frustración que existe.
De hecho, es el público, desde los tendidos, el que pide el cambio del animal.
Para estos casos, la ganadería ofrece uno o dos toros que se lidian en caso de que los toros principales o escogidos o se hagan daño o sean mansos para las exigencias y los altos estándares del toreo.
En el toreo, no hay mayor orgullo para un diestro que un toro bravo, bravísimo, que lo pueda llevar a la gloria durante cada tercio.
El torero, frente a un ejemplar manso, tiene el deber de despertar al animal, sabiéndolo citar de acuerdo con la naturaleza que éste, el maestro, estudia en el animal que tiene por delante.
Grandes maestros han logrado sacarle orejas y hasta rabo a un toro manso.
A estas corridas, que parecen casi milagrosas, se les denomina “corridas de resurrección.”
Este Lázaro bovino pone en evidencia la complejidad del toreo, pero da gloria infinita al torero, al ganadero y sobre todo al público que se rompe en aplausos.
En la vida diaria, a los seres humanos “mansos,” se les llama buenistas.
Ese buenismo es el que hoy nos atañe en este análisis, y es quizá el mayor problema en esta lidia y lucha diaria contra todos los elementos que buscan destruirnos.
Nuestro rol en esta cruzada imprescindible es devolver la bravura perdida a una persona que ha perdido sus fuerzas, ha negado su fe y ha crecido pensando que en él no hay bravura presente ni posible—ni nada que se le parezca.
Utilizando nuestra analogía taurina, hay dos virtudes que un toro bravo debe poseer, ambas heredadas de la vaca, la madre.
Una es la bravura. La bravura es la naturaleza del toro desde que nace y bebe sus primeros sorbos del calostro materno.
El becerro, poseído por su innata fuerza, embiste y se enfrenta, muchas veces teniendo que ser auxiliado por una madre coraje que asusta a un depredador del que su hijo no se percata.
Esta bravura es la locomotora de una faena y por probar esta bravura, el torero arriesga su propia existencia.
La otra virtud, que es muy importante entenderla, es la llamada “nobleza.”
Aquí no van, obviamente, elementos principescos, la nobleza es la absoluta convicción que tiene un toro bravo de lo regio y fuerte que es, no sólo físicamente, sino también su postura frente a otros toros y a los ganaderos y sus asistentes, conocidos como los mayorales.
Ese convencimiento no ha de hacer pensar a nadie que él, el toro, es manso o atontado.
Todo lo contrario.
Cuanto más seguro de sí mismo, más noble.
Un toro bravo y noble será escogido para plazas de primera categoría.
Los toros amansados son llevados a ferias menores—o al matadero.
En esta sociedad que vivimos, el concepto de nobleza (aparte de la aplicada a la realeza) está completamente desviado de su camino; manipulado a conveniencia de quienes evitan que nos sublevemos y nos apacigüemos ante miedos muy bien administrados, a cuenta gota, pero en vena.
El resultado de esa manipulación es el buenismo.
El buenismo es una falsa percepción de lo que es la bondad, la tolerancia, la disposición hacia una persona o circunstancia.
Un individuo, víctima de esa especie de lente rosa que es el buenismo, se ha de encontrar, sin ninguna duda, decepcionado y engañado—si logra despertar a tiempo.
Por este mismo medio, hace ya algún tiempo, hicimos un análisis sobre lo que llamamos “libre albedrío.”
Para hablar del buenismo, es imprescindible recordar que, técnicamente hablando, el libre albedrío es la capacidad que tenemos de diferenciar entre el bien y el mal.
La gran crisis ideológica a la que nos enfrentamos, precisamente, busca, con narrativas falsas, hacernos ver que lo que está mal, no lo está.
De paso, y esto es importante, se nos acusa de diferentes maneras: se nos llama nazis, fascistas, xenófobos, incultos, y una amplia retahíla de insultos de los que, lógicamente, nadie quiere ser culpable.
Si esta fórmula es aplicada a individuos intelectualmente idiotizados, los verdugos ideológicos nos ejecutarán con mucha facilidad y ni nos daremos cuenta de que hemos sido llevados a un cadalso con los ojos vendados y sin habernos podido defender.
Nos han robado nuestra bravura y nuestra nobleza.
Occidente ha pasado de ser una de las civilizaciones más fuertes y soberanas que se conocen, a ser una de las más debilitadas y aberrantes que existen.
Todo, en mucho, gracias al buenismo.
La condición del ser humano, y esto hay que decirlo cuantas veces haga falta, es la de la nobleza y la fuerza espiritual e intelectual. La física está presente, pero condicionada a las circunstancias y ante todo, al género.
De los DOS géneros, el hombre es, físicamente, más dotado que una mujer.
Esta realidad se puede ver a lo largo y ancho del reino animal, al cual pertenecemos.
El llevarnos al matadero es una tarea muy meticulosa en la cual se han empleado décadas de observación minuciosa de nuestro comportamiento y el estudio psicológico de nuestros valores familiares y sociales.
Ana Frank decía que los seres humanos eran, por naturaleza, buenos. Ella murió de manos de la peor calaña de seres humanos que existen.
Del buenismo de los judíos hablaremos en un momento.
Luego tenemos esa frase dilapidante del filósofo inglés Thomas Hobbes: “homo homini lupus,” que se traduce comúnmente como “el hombre es el lobo del hombre.”
La era que nos está tocando vivir obedece más a los principios de Hobbes, que a la fantasía de Ana Frank, con el más supremo respeto a su memoria.
Volviendo al ejemplo de nosotros, los judíos.
No hay pueblo más fuerte, valiente y resiliente que el nuestro.
Duela a quien duela, somos grandes maestros del mundo, y de nuestra filosofía de vida y nuestra religión se han hilado los principios de la civilización Occidental.
Nuestra presencia ha sido, en reinos varios, una corroboración que hay un sólo Dios, y que la abundancia existe, en todos los aspectos.
Hemos traído prosperidad y sabiduría, y quizá seamos las personas más nobles que existen.
El antisemitismo, el odio a los judíos, y esa nueva variante tan repugnante llamada “antisionismo,” nos han vuelto, aun en pleno siglo XXI, la piedrita en el zapato de muchos.
Las persecuciones a los judíos son protagonistas de nuestra historia que ya lleva casi 6,000 años.
Pero el genocidio de parte de los Nazis, esa aniquilación sistemática de más de 6 millones de los nuestros, durante la Segunda Guerra Mundial, ha marcado un antes y un después en nuestra consciencia y en la manera de pensar de muchos hebreos—por desgracia.
Sobrevivientes del Holocausto ya quedan muy pocos (benditas sean las memorias de todos y cada uno de los que murieron) pero estos sobrevivientes, aunque ya no estén con nosotros, dejaron un legado de mucho dolor, pero también, de cinco o seis generaciones que hoy, junto a todos nosotros, los judíos del mundo, debemos evitar que una tragedia de tal magnitud se pueda volver a ver.
Pero resulta que muchas de esas generaciones se han vuelto presas de un miedo atroz y ese miedo les ha marcado de por vida.
¿El resultado? El buenismo más preocupante que existe.
Un buenismo que vuelve a ponernos en peligro y deshonra nuestras raíces.
Muchos judíos deben tener a David revolviéndose en su tumba.
Por infinitamente menos de los que hacen hoy POR SER JUDÍOS, David ya hubiera declarado cien guerras—y vencido cada una de ellas sin miramientos.
Como ejemplo tenemos La Masacre del 7 de Octubre que ha tenido a muchos judíos atrincherados viendo como una cuerda de mequetrefes y amebas funcionales se burlan de Israel.
¿Cómo es posible que haya habido tanto judío en Nueva York votando a Zohran Mamdani que nos odia con cada fibra de su asqueroso ser?
Al judío se le ha enseñado que debe ser tolerante porque esa tolerancia es la que va a combatir el antisemitismo.
CRASO ERROR.
Israel está rodeado de enemigos que nos desearían muertos mañana mismo. Hay aproximadamente 57 naciones musulmanas en nuestro perímetro, varias de ellas teocráticas que se rigen, sin tapujos, por la Ley Sharia.
Pero Israel decidió que lo mejor es ser una democracia tolerante, abierta y buenista, con un alto porcentaje de centros LGTBQ en ciudades como Tel Aviv, una ciudad gay-friendly a nivel mundial.
No podemos olvidar jamás cuando Yair Lapid izó el trapo de arcoíris en el Ministerio de Defensa. No en el patio de su casa. No, no, no. En la sede del Ministerio de Defensa, donde décadas antes dejó huella Moshe Dayan.
Eso no es tolerancia. Eso es buenismo trillado, caduco, rancio y cobarde.
Nuestros enemigos no se la pensarían para llevar a las grúas a cualquier individuo homosexual.
Hablando de homosexuales, vemos las redes sociales repletas de fotos de parejas homosexuales con una bandera palestina.
Lo peor del caso es que los árabes, frente a estas demostraciones, no hacen más que tener confrontaciones y golpizas porque su homofobia es de armas tomar (literal y figurativamente)
Vuelvo a repetir, el buenismo no es una actitud normal e innata de los seres humanos.
Somos, por naturaleza, criaturas muy bravas. Milenios enteros de guerras y conflictos nos han preparado para el enfrentamiento.
El mal llamado progresismo, es quizá el culpable número uno de esta decadencia moral que padecemos.
El buenismo es el camino más seguro a la aniquilación moral que podamos conocer.
La propaganda mal empleada, utilizada ésta para el mal, ha creado una élite “Goebbeliana” que se ríe y se mofa de nuestra debilidad de carácter.
A esta discusión, una vez más, hay que agregar otro elemento que es la compensación que se recibe obedientemente por ser buenistas, una comparación que hicimos ya con los perros de Pávlov.
Veamos otro ejemplo.
El activista y pintor Norteamericano Scott LoBaido, seguido en redes sociales por casi 800,000 personas, ha dado un testimonio maravilloso para explicar la actitud de Estados Unidos frente a la inmigración ilegal.
LoBaido cuenta que de niño, su familia para Navidad y para el día de Acción de Gracias, solía abrir las puertas de su hogar a personas sin hogar para que tuvieran una cena caliente y un techo donde celebrar esas fiestas.
Obviamente, estas personas tenían un agradecimiento infinito, y por una noche tenían cobijo, cariño y comida.
Pero el problema de la inmigración de hoy (y atención con esto que voy a decir a mis lectores en España) no ha hecho más que mostrar una despreciable ingratitud y ha llegado sólo a causar penurias y cometer crímenes.
LoBaido en su testimonio agrega que si por esas cosas de la vida, uno de sus “invitados” hubiese hecho una burla de cualquiera de la familia o de la casa donde estaba cenando, el padre lo hubiera puesto de patitas en la calle y que se congelara. Es decir, le daba su merecido.
Pero el pintor sabe que el americano de hoy en día, si el pordiosero le pide a la señora de la casa que se cambie su vestido verde por uno morado, pues iría la “missus” a cambiarse de ropa.
Eso es buenismo concentrado.
Esta conducta ya es el pan nuestro de cada día en Europa, donde la inmigración musulmana es ya casi primera fuerza y a base de miedo y de colonización mental han vuelto al ciudadano un absoluto imbécil.
Si el ciudadano es un imbécil, elegirá imbéciles y así la cadena se hace irrompible y el teatro del absurdo se llena cada vez más con cada función.
El buenismo es el umbral a la destrucción total de nuestra civilización.
El buenismo y la tolerancia llevaron a seis millones de judíos a las cámaras de gas.
Muchos de los que se negaron a obedecer la orden de kappos y la mismísima SS, murieron también, pero murieron habiendo sido valientes.
Otros con suerte, como en Sobibor, saborearon la libertad dejando a Alemania en visto.
Ahora, perseguidos por la culpa, los alemanes lideran una de las mayores tasas de invasión musulmana. ¿Y qué han hecho estos yihadistas de mala muerte?
Asesinar niños en los mercados navideños, al punto que se han tenido que prohibir los mercados navideños o tienen que tener más seguridad que La Casa Blanca.
¿Tiene sentido eso?
Claro que no…
Pero el buenismo impera.
El buenismo es el nuevo genocida de millones de personas.
Sin embargo, aquí hay que hacer una aclaratoria.
Oído al tambor…
El buenismo, ciertamente, nos mata ideológica e intelectualmente.
Pero no nos mata físicamente. Nos debilita, sí, pero podemos vivir siendo buenistas. De hecho, en los casos más extremos, el buenista piensa que esta conducta les puede salvar la vida.
¿Pero por qué hago este inciso?
Porque las personas que nos han querido convertir en títeres animados, nos quieren vivos. Quieren un mundo lleno de buenismo y apaciguados porque en esa nube de anestesia nos pueden controlar sin remedio—y sin obstáculos.
El buenismo es lo opuesto a la nobleza.
En el ruedo de nuestra sociedad, nos quieren mansos y se castiga y silencia al bravo y al valiente.
En el caso de los musulmanes, son muchos los que han pensado que las élites buscan lucrarse con un cambio radical de demografía.
Así como en una plaza el ganadero lleva a sus sobreros por si el toro es manso, las élites globalistas ya tienen negocios y chiringuitos con miles de organizaciones (entre ellas la misma Cruz Roja) para traer a millones de musulmanes con sus “costumbres” asquerosas y su adoración a la violencia más extrema y cruel que existe.
Esta teoría antes velada y vetada por ser “conspiranoica” cada día toma más vigencia y consume más oxígeno—el nuestro.
Este apocalipsis es reversible.
Pero debemos ser honestos si tenemos las condiciones para ello.
Lamentablemente, nos vemos en la triste tarea de aplicar una especie de Darwinismo, donde, inequívocamente, tenemos que dejar que las especies más débiles del ser humano perezcan víctimas del veneno del buenismo que les han inyectado a lo largo de su vida.
Mientras tanto los anti-buenistas (que deberíamos ser todos, francamente hablando) nos tenemos, una vez más, que prepararnos para una nueva ola de Cruzadas.
En el ruedo de una plaza que se precie de seria, a un toro manso se le devuelve al chiquero, donde es cambiado por uno bravo.
Tenemos dos opciones, o al buenismo se le deja atrás por inservible y débil, o nos volvemos diestros, tan pero tan hábiles que levantamos y despertamos la bravura de todos.
Me gusta lo segundo.
La Cruzada de hoy ha de ser, en lo posible, una Cruzada de resurrección.
¡Y que tiemblen nuestros enemigos y huyan al infierno de donde salieron!

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