Sunday, December 28, 2025

La Polarización: Palabra Clave del Año 2025


El balance de este año 2025 es complicado y hasta agridulce. No por ello, claro está, deja de ser un año fascinante.

El 2025 es, si así lo queremos, un parte aguas entre lo que hemos venido creyendo y construyendo hasta ahora y lo que está por venir a partir del 2026.

La última década, tanto en lo político, lo cultural y lo espiritual, no puede definirse como menos que una revolución con tintes, por un lado, muy violentos, y, por otro, extraordinariamente esenciales para la reconquista de Occidente y nuestra civilización decadente.

Una palabra, en mi opinión, resume esta especie de “Estado de la Unión” de nuestro entorno:

La polarización.

Según la Real Academia Española (RAE) el verbo “polarizar” y su sustantivo “polarización” se definen como situaciones o elementos que dividen un conjunto en direcciones completamente opuestas.

Esto puede aplicarse a la psicología e incluso a la física.

Pero hoy por hoy, y lo que más nos concierne en este análisis, es la polarización en el ámbito sociopolítico y espiritual.

Según la definición oficial, por decirlo así, del verbo polarizar, lo primero que tendríamos que hacer es aclarar cuáles son esos polos opuestos hacia los que gravitamos los unos y los otros.

En infinidad de debates en medios de información, panfletos propagandísticos y redes sociales, se habla de la “nueva derecha” para definir a un grupo de personas que se han dedicado a rescatar a nuestra civilización Occidental del globalismo, la ideología woke y la invasión masiva del yihadismo.

Yo me incluyo en este grupo.

Pero si definimos una “nueva derecha,” por ende también se asume que existe una “nueva izquierda.”

Esto no es en lo absoluto cierto. Sin entrar en detalles históricos y fechas concretas, la izquierda ha sido siempre la misma. El comunismo sigue siendo una ideología peligrosa y falsaria, y como diríamos coloquialmente, una ideología para “engaña bobos” ultra radical que busca destruir el capitalismo sano de una sociedad democrática.

De igual manera, una “nueva derecha” tampoco es un término apropiado. Lo que sucede es que hemos ido despertando, muchos a cuenta gotas, otros, abruptamente.

Por siglos la propaganda ha sido manipulada y manejada para el mal.

Las redes sociales, muy rápidamente, se dejaron contagiar por esta misma propaganda siniestra e hicieron caja con ello.

Por primera vez habemos personas que hemos visto que la sociedad ha sido drogada con un éter ideológico que lleva, inevitablemente, a un precipicio.

Nuestra labor es colocarnos como barricadas frente a ese precipicio para salvar a la humanidad, muy especialmente, a las nuevas generaciones.

Quizá para muchos de ustedes puede parecer pretencioso que utilicemos la palabra “salvación,” puesto que esta palabra está íntimamente ligada a Dios, y en los cristianos del mundo, Jesús.

Pero sin ningún tipo de soberbia, si esta marcada división de nuestra sociedad no tiene sobre sus hombros la firme intención de cambiar, sanar, reconquistar—y sí, señor, salvar, podemos dar nuestra enorme Cruzada por perdida.

Cuando hablamos de polarización, y esto es importante, tampoco debemos perder de vista que ésta, no sólo ocurre en las altas esferas en medio de una cúpula intocable.

No.

Pasa a diario en nuestra vida personal, laboral y en nuestra necesidad de tomar decisiones cabales y correctas.

Hasta el momento las reglas las han puesto los protagonistas antagónicos.

De a poco, la balanza se ha inclinado a nuestro favor.

La polarización ha sido una meta, un propósito y una propuesta de los que buscan la destrucción.

De hecho, la polarización se ha producido, precisamente, porque el eje del mal es el que ha ganado estas primeras guerras—que son muchísimas.

Digamos que hasta el presente, quienes han avanzado con sus estrategias más destructivas, pero exitosas, siguen el principio de esa frase “divide y vencerás.”

Esta frase estaría atribuida al rey Felipe II de Macedonia.

Es lo que se busca con las políticas globalistas y con ese teatro absurdo de imponer cien géneros por minuto y dinamitar a la familia como ente básico de nuestra sociedad.

De los derechos para los homosexuales, ahora se exige que le demos también “derechos” a los pedófilos, en vez de mandarlos al paredón.

De pronto tenemos hasta el Vaticano hablándonos día sí y día también de una falsa crisis climática y dando la bendición a travestis y paneles de hielo.

Pero la idiotización de nuestra civilización es tierra fértil para estas tropelías y aberraciones.

Primero se abona el terreno, luego siembras. Ergo, la cosecha será abundante.

La solución estaría en no ver esa falsa abundancia y ver el terreno como un terreno que ha sido invadido por mala hierba e incendiarlo sin que nos quede ningún remordimiento.

Que arda hasta las cenizas y luego recomenzar el proceso de fertilización pero con más cuidado de no atraer pestes y frutos podridos.

¿Se entiende esta analogía?

Pero volviendo al concepto de la división, tenemos que tomar en cuenta que la división, si bien se crea para las masas, como hemos visto, esa masa se va reduciendo hasta llegar a núcleos mucho más pequeños, haciendo la polarización insoportable, dolorosa, pero inevitable.

Doy un ejemplo clásico:

Donald J. Trump.

En un diccionario de política y actualidad, la palabra Trump estaría definida como: catarsis para la polarización mundial.

No es broma.

No ha habido en el último siglo un elemento más polarizante que la figura del actual presidente de Estados Unidos.

Estamos los que lo apoyamos y están los que lo odian al punto de querer verlo muerto (y que han intentado tres veces cumplirlo)

Trump durante 50 años fue un empresario muy exitoso y un personaje mediático que se codeaba con todas las esferas sociales y políticas. Era demócrata y pro-aborto. Hasta que se casó con su actual mujer, Melania, un mujeriego empedernido.

Pero por encima de todo, un amante incondicional de su país y un alma agradecida a Dios por todo lo que pudo tener y hacer.

Cuando vio que el momento político de Estados Unidos ya estaba resquebrajado y Washington era un pantano venenoso, da el salto a la política y gana con una inesperada mayoría y una victoria aplastante, sobre todo en su segundo término.

Intentó tener su propio partido, pero entendió que la estrategia de dividir para ganar era, en su caso, equivocada y entró por el aro: se hizo Republicano.

Una vez electo presidente se dedica a cambiar las bases de ese partido para hacerlo copycat de su visión particular.

Pero el elemento problemático no es Trump, con todo y su personalidad a veces tóxica y narcisista.

Es lo que él representa y su absoluta convicción de que su país fuera grande y volviese a ser respetado después de que el movimiento globalista de extrema izquierda lo pisoteara y nos convirtiera, de alguna manera, en un felpudo.

Pero ha sido tal la propaganda en contra de esta figura en estos diez años que la división entre los que lo apoyan y lo odian, ya no sólo lo vemos en el Congreso o las élites de Silicon Valley, sino en las familias mismas.

De pronto una pareja muy bien avenida, donde uno es Demócrata, el otro Republicano, se ven las caras en un juzgado para un divorcio por “diferencias irreconciliables.”

Los dos son la misma persona que hacía veinte años atrás, pero, no, uno apoya a Trump, el otro a Biden: hay que divorciarse.

Mismo dentro de nuestro actual partido Republicano y con Trump victorioso tenemos que sobrevivir la polarización con dos alas opuestas de personajes conservadores.

Tenemos a los conservadores que queremos seguir luchando por acabar con el wokismo y ver que Estados Unidos sea valorada y respetada como la potencia que es.

De pronto descubrimos, que sin darnos cuenta, en la alborada de nuestro movimiento conocido como MAGA (Make America Great Again) dejamos entrar el ala paleoconservadora, aislacionacionista y con tendencias neo-nazis que han hecho que el antisemitismo sea más inflamable que nunca antes.

Es el mismo partido Republicano, repito, pero ha sido polarizado por la inclusión de propaganda fascista y la influencia de una cúpula económica de Catar, un tema que merece, sin duda, su propio análisis.

Divide y vencerás.

¿Quién vence?

Nuestros enemigos: el wokismo, el islam radical y el antisemitismo, que se sigue cobrando vidas en una persecución constante, ahora también desde el campo conservador que hasta estos últimos años había sido inequívocamente pro Israel.

Otro elemento a tomar en cuenta es que si bien la polarización es masiva y desde los cuatro puntos cardinales, los que planean cuidadosamente este apocalipsis son unos muy pocos con recursos económicos ilimitados.

Una plutocracia estructurada para bombardear a masas con gases tóxicos.

Por eso, volviendo al principio, el balance de estos 12 meses ha sido tan complicado y nos ha dejado un saldo de muertes súbitas que ahora nos tiene de luto.

Los muertos, sin embargo, son personas muy vivas con las que simplemente no podemos seguir compartiendo espacio.

Esto hay que aceptarlo.

Este cisma ideológico no tiene vuelta atrás.

Cuando en el siglo XVI se introdujo el Protestantismo en Europa, con todo y la Inquisición ardiendo (nunca mejor dicho!) todavía hoy convivimos con los millones de apóstoles de Lutero y Calvino.

Dicho esto tenemos que aceptar que el wokismo y el comunismo seguirán existiendo por lo que nos queda de siglo y de milenio. Lo que no podemos permitir es que tengan poder.

Allí está la clave.

Lo que está dividido se debe intentar unir y sanar. Pero lo que no tiene remedio alguno, se debe descartar. Lo dejamos claro con la analogía de la quema de la maleza de un terreno que estaba fértil pero se llenó de mala hierba.

El lado positivo de esta situación que vivimos es que nos hace reflexionar hacia un posible “darwinismo” en nuestra civilización.

Lo fuerte se seguirá reproduciendo y vencerá el tiempo y los elementos antagónicos, lo débil se irá diluyendo de a poco y esperamos poder verlo en estas próximas décadas.

Pongo un ejemplo: La Agenda 2030.

La Agenda más destructiva de nuestra actual esfera cultural y política estuvo diseñada en los 80s con la intención de que se implementara para el 2030.

La Agenda 2030 se nutre de falsa propaganda y de la idiotización de las personas y de los sistemas democráticos.

El dinero que recaudan los pro Agenda 2030 lo hacen a través de impuestos impensables y de un tráfico de drogas, armas y personas de los que convenientemente sólo hablamos los que habitamos en el polo llamado “sentido común.”

Afortunadamente, con todo y la avalancha de las políticas verdes y el wokismo exacerbado, vemos que a cinco años del “deadline” la Agenda 2030 sabemos está fracasando, aunque sus padres y madres fundadores sigan queriendo hacer daño.

La lucha contra esta destrucción masiva y este genocidio moral es imparable y nuestra intención cada vez es más afilada.

Pero si bien nuestro equipo vence de a poco, seguimos siendo un David frente a un Goliat que sólo caerá si el suelo que pisa se vuelve un terreno de arenas movedizas y en la mano no tengamos una simple honda con una piedra sino una bazuca o una espada katana.

Como judíos siempre vamos a ver la lucha de David con un extraordinario e imbatible acto de fe.

Y nosotros debemos seguir ese ejemplo.

Pero también vivimos tiempos donde el Goliat bíblico tiene mil personalidades y está aplaudido por lo peor de la humanidad.

David, como posteriormente los gladiadores romanos, tendría su honda (los romanos, espadas y lanzas) y sabría hacia donde moverse para que el sol, por ejemplo, le diese en la cara a su rival y disparar la piedra cuando este estuviese encandilado.

Eso no lo tenemos por seguro porque no estábamos allí, pero proponerlo como estrategia nos daría una certeza de cómo vencer sin vuelta atrás.

Goliat era un gigante en tamaño, pero tenía una nuez de cerebro.

David era, mental y espiritualmente hablando, un Goliat.

El tiempo apremia porque el enemigo sabe como seguir su camino de conquista y de invasión.

Las democracias se han convertido en meras ilusiones ópticas y le hemos dado paso a figuras como Trump que son más dictadores que tienen nuestro voto y venia para actuar.

Para poder seguir adelante sugiero que nos estudiemos los principios del Arte de La Guerra, atribuida comúnmente a Sun Tzu (494-544 A.C.) pero que podía haber sido escrita más de un siglo después del estratega y filósofo chino.

Estudiar El Arte de la Guerra es materia esencial incluso en clases de biología para servir de guía en cómo nuestro cuerpo lucha contra agentes dañinos y tóxicos.

El Arte de la Guerra, tema que podríamos analizar individualmente, tiene tres principios básicos, todos ellos aplicables a nuestra batalla en pleno siglo XXI.

Debemos evitar guerras prolongadas. La lucha contra la A-2030 ya va para 50 años. Eso es mucho tiempo. Nuestro despertar ha sido tardío y ahora nos toca a nuestra generación ponernos por delante de los Millennials y los jovencitos.

No todos tienen la fuerza que se requiere para una victoria decisiva.

La inteligencia. El estudio de cuál es el enemigo. Cómo actúa. Cuál es su fuerte. Cuál es su talón de Aquiles.

Por último, la preparación.

Conocernos a nosotros mismos es clave, nos dijo Sun Tzu, pero es más que hacer psicología. Es conocernos espiritualmente hablando. Es vivir con conciencia plena de cuál es nuestro propósito y actuar de la mano de Dios.

Juana de Arco, aun siendo analfabeta hasta su muerte, posiblemente estaría inspirando su estrategia en contra de los borgoñones y los ingleses, en El Arte de la Guerra.

Decía la Doncella de Orléans: “Actúen y Dios actuará.”

El año 2026 deberá ser crucial para Occidente y Estados Unidos quiere ser el Rey del tablero político, económico y social.

De la semilla ideológica propuesta por un Trump, ya germinan por Europa e Hispanoamérica, dignos guerreros patriotas con principios sólidos y hambre de victoria.

De ellos será el Reino de los Cielos.

Con su liderazgo y persistencia, nosotros, cada uno armado con fe y nuestra honda, venceremos al enemigo que buscaremos encandilar para acabarlo de una vez por todas.

El tiempo es oro.

Nuestra civilización judeo cristiana vale su peso (sapiencia, inteligencia y perseverancia) en platino y diamante.




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