Monday, October 2, 2023

Giselle, un Ballet en Dos Actos, Desafía al Feminismo

 




Dijo Aristóteles, "el arte imita a la vida." A lo largo del tiempo esta frase se repite como un mantra atemporal y certero.
El feminismo, que hoy vemos en riadas en nuestras redes sociales, la industria del cine y la literatura, también ha sido alguna vez explicado con arte, y hoy haremos un análisis de su crueldad y su bilis a través de una de las leyendas más populares del folklore europeo: Las Willis.

Hagamos, primero, un inciso.

El feminismo que yo denomino "radical" es al que vamos a referirnos en este artículo. ¿Por qué es importante hacer esta aclaratoria? 
Elemental, mis queridos lectores.

Si estudiamos el feminismo desde sus orígenes a finales del Siglo XIX, las mujeres que valientemente pusieron sobre la mesa los temas de igualdad de derecho tanto para mujeres como para hombres, nada tenían que ver con estos seres desquiciados que no han hecho más que escupir en el legado de estas activistas a quien tanto hay que agradecerle.

De hecho, a lo largo de las numerosas gestas históricas, se han hecho notar numerosas "proto-feministas"que, lejos de proponer la igualdad como una revolución o un movimiento estructurado, simplemente hacían valía del sentido común.

Tal es el caso de Abigaíl Adams (1744-1818) Segunda Primera Dama de los Estados Unidos, que en Marzo de 1776, 150 años antes de que se aprobara la Enmienda No. 20, otorgando a la mujer el derecho al voto, escribía a su marido, el Presidente John Adams, que en su discurso ante el congreso "recordara a las damas" indicándose Abigaíl Adams, como una voraz defensora de los derechos básicos de las mujeres de su tiempo.

La Segunda Ola del Feminismo, que germina a partir de la Segunda Guerra Mundial y tuvo su mayor auge en los años 60, también tuvo voces como la genial Camille Paglia, de 76 años, hoy por hoy gran crítica de la absurda deriva que tomó el movimiento feminista de la tercera y cuarta ola.
¿Qué nos enseñan estas nuevas etapas del movimiento feminista?

Sinceramente, no mucho más de lo que ya se ha, afortunadamente, logrado. Tenemos igualdad laboral y ya se ha explicado de mil maneras que hay una tendencia cultural y de carácter cuando se trata de las carreras que escogen ejercer los hombres, en comparación con las que, tradicionalmente, escogen las mujeres.
El pensar en una total ecuanimidad entre dos seres tan profundamente distintos como son los hombres y las mujeres, ha generado, en las nuevas generaciones, una terrible y enfermiza confusión en cuanto a la función de cada sexo en nuestra sociedad.

Y, muy, tristemente, el nuevo feminismo abyecto y retrógrada, ha cavado en la mujer una fétida misandria quesólopodrá llevar a una implosión de nuestra especie.

Para poder entender este comportamiento de las feministas actuales, sobre todo en las mujeres menores de 40 años, estudiemos, por un instante, a un peculiar grupo de jovencitas que, sin duda, han sido la musa perfecta de este "teatro del absurdo" en que vivimos.
Creo que todos estamos, sin duda, familiarizados con el ballet clásico "Giselle."
"Giselle" es el epítome del Romanticismo, tan popular en el siglo XIX. Conocido como el género de "le ballet blanc" (el ballet blanco) "Giselle" nos cuenta la historia de una adolescente, en la época medieval, que habita a las orillas del Rin.
El ballet es del año 1841, con música del compositor francés Adolphe Adam, y con una exquisita coreografía de un gran genio del baile, Jules Perrot, digamos que era el Hans Christian Andersen del ballet tradicional.
"Giselle" está basado en una novela del escritor alemán Heinrich Heine, publicada en 1835. Esta novela es la adaptación más popular que se conoce de la leyenda de las malvadas Willis.
Originalmente, un Willi, se definía como un habitante de los bosques, muy similar a lo que podrían ser las hadas o los duendes. Los Willis forman parte de la mitología de la Europa oriental. Con la novela de Heine titulada "De Alemania," que ya mencionamos, los Willis toman un concepto diferente. Y son todas mujeres.
En el mundo ficticio de "Giselle" como ha ocurrido por toda la historia de la humanidad, las niñas soñaban en casarse y tener familias. En el ballet esto lo vemos clarísimo, ya que, como parte de la historia, somos testigos del compromiso de nuestra protagonista y también de unos de sus amigos campesinos.
Dicho esto, conocemos a la madre de Giselle, una mujer atormentada por la fragilidad y la inocencia de su joven hija, que sabemos que sufre una enfermedad del corazón congénita. La madre, que asumimos es viuda, ve con malos ojos los amoríos de su hija con un tal Loys, que, aparentemente, es un campesino que ha “aparecido” de la nada. La madre se desvive por su hija y ya tenía elegido a Hilarión, el cazador, para Giselle. Pero Giselle está deslumbrada por Loys.
Giselle personifica la virtud y la tradición. Pero siendo dócil y afable, también posee un espíritu que desafía a su condición de salud, bailando apasionadamente con su pareja, a quien adora desde el primer instante. Su rechazo al buenote de Hilarión es constante, despertando en éste unos celos demoníacos.
Giselle, según vamos viendo el desarrollo de este primer acto, es, de alguna manera, una joven líder de su comarca. Toda la historia se desarrolla a través de su visión de la vida y del amor. Su desobediencia, lejos de convertirla en una malcriada, es un símbolo de autonomía y autorrespeto.
Pero resulta que el chico que conocemos como "Loys" no es menos que el Duque de Silesia, Albrecht. Dado que el ballet es de la época medieval, Silesia por aquellos tiempos era parte del Reino de Bohemia, hoy en día, geográficamente, situado en Polonia.
Giselle y Albrecht aparecen estar locamente enamorados y celebran su compromiso con una vendimia otoñal con que cada ballet compite para hacer montajes suntuosos y realistas.
Pero Albrecht, inmensamente apuesto y seductor, y como era costumbre en aquellas épocas, había sido elegido como futuro esposo de la Princesa Bathilda, que justo estaba visitando con su padre los viñedos del Rin.
Vemos a Albrecht comportarse como un verdadero patán, abandonando, por unos instantes, a su Giselle, que está a punto de encontrarse cara a cara con su novia de toda la vida. En efecto, las dos mujeres se conocen y tienen, inmediatamente, una conexión, recibiendo Giselle de la princesa, una joya valiosísima cuando las dos descubren que ambas están ya por casarse.
Hilarión, muerto de celos, llama con el sonido de un cuerno, y habiendo hallado la espada del falso campesino, a toda la corte, apareciendo así Bathilda con su padre, que encara la infidelidad de su futuro yerno.
Albrecht se disculpa con su prometida, indicando que solo se divertía un poco, y deja a Giselle sin palabras.
En el siglo XIX, la histeria y la locura femenina eran temas recurrentes, y Giselle, rota de dolor, sucumbe a la más profunda insania. En su demencia, parte cumbre del ballet, su corazón estalla en su pecho, y Giselle muere en los brazos de su madre.
Albrecht, en un instante, deja de ser un niño caprichoso y banal, para convertirse en un hombre que ha madurado y que no puede perdonarse a sí mismo por su comportamiento vergonzoso.
He aquí la moraleja de esta historia.
Cuando el telón se abre para comenzar el Segundo Acto del ballet, la frescura y la colorida atmósfera del primer acto, se desvanece por completo.
Lo que tenemos ante nuestros ojos es un bosque tenebroso lleno de tumbas abandonadas y un espesor de árboles llorones y lúgubres.
¿Pero de quién son estas tumbas?
Pues, tristemente, sabemos que los nombres en estas lápidas son de mujeres vírgenes que han muerto antes de sus bodas por culpa de un engaño de sus prometidos.
Este es el enfoque que la novela de Heine, y, por supuesto, el ballet, le han dado a estas criaturas de la noche, las Willis.
Son, en su totalidad, mujeres que han renunciado al descanso eterno, para atormentar y finalmente, destruir, a todos los hombres, sin piedad alguna, que osen entrar en el bosque a la medianoche.
El odio concentrado de estos fantasmas está representado en el espectro de Myrtha, reina de las Willis, que sale de su tumba, primero que nada, para hacer ver su poderío y su destreza en el baile.
Vale destacar que los personajes de Giselle y de Myrtha son de una complejidad tal, tanto en estilo como en técnica, que solo lo pueden interpretar las llamadas Primeras Bailarinas de un cuerpo de baile.
La mirada de Myrtha, aunque es una joven de belleza sin par, es vítrea y maléfica, y siempre carga en sus manos una rama de romero, que simboliza, el recuerdo. Con cada movimiento de la rama de romero, Myrtha insta a sus compañeras a recordar el dolor impune que le han causado los hombres. Todos los hombres son iguales. Todos engañan. Todos merecen la suerte que nosotras le procuramos. Todos. Sin excepción.
La servitud de las Willis es inamovible e incondicional.
Giselle, ahora, una igual que ellas, debe obedecer.
Aparte de ser sanguinarias, las Willis, están condenadas a bailar toda la noche, pasión que traen desde sus vidas pasadas, como el caso de Giselle.
Dos hombres desafían la posible aparición de los fantasmas. El primero es Hilarión, que en su luto, quiere despedirse de Giselle, a pesar de que su amor jamás fue correspondido. Pero Hilarión, tiene la mala suerte de encontrarse frente a frente con Myrtha, que con gestos marcados de desprecio lo obliga a bailar para ella hasta que se muera.

Cuando trata de huir, lo alcanzan las endemoniadas Willis que obedecen el comando de su reina y lo tiran al río cuando ya Hilarión ha colapsado del cansancio.
El segundo hombre es, por supuesto, Albrecht, cargado de culpa y de lirios blancos, suplicando el perdón de su joven amada, que, materializándose frente a sus ojos, vierte en él su más absoluto perdón y lo invita a jugar por el bosque para evitar que Myrtha los descubra.
Una vez más, Giselle se alza como una heroína que piensa por sí misma y se niega a esclavizarse a los designios de su reina despechada.
Lamentablemente, el duque es descubierto por las Willis y, como ya ha hecho con Hilarión, le obliga a bailar hasta que se muera. Pero Myrtha apenas puede creer que Giselle, vuela hasta la presencia de su amado y llevándolo hasta su lápida, lo protege con sus brazos y se niega a entregárselo a sus compañeras.
En este momento se ve claramente como el ramo de romero que Myrtha lleva a modo de cetro, se rompe en pedazos. Esto simboliza que la reina, frente a la fuerza del amor verdadero, pierde su poder.
En estos momentos finales, pero cruciales de este ballet, vemos la lucha del amor y el odio y de la voluntad de una mujer cuando se propone salvar al que quizá, sí, alguna le hizo un daño trágicamente irreparable, pero que no se materializa en el desprecio de las Willis por todo el género masculino.
En el alma de Giselle solo se ve el perdón y la necesidad implacable de neutralizar los designios de Myrtha que no tienen ni pie ni cabeza.
Giselle, al ser un fantasma, ya no teme a nada y baila toda la noche al lado de su amante para que pase el tiempo y llegue el amanecer. Y así, cuando, el teatro oye las campanadas de un nuevo día, las Willis, habiendo satisfecho, una vez más su hambre de venganza, se retiran a sus tumbas.
Pero el duque está vivo y más enamorado que nunca. Giselle, pues, lo abraza una vez más y se despide para siempre.
La fuerza de su amor y su desafío a Myrtha le han abierto las puertas del Cielo y ya no será más una Willi. El hechizo está roto. Giselle descansará en paz.
Si llevamos esta fábula al siglo XXI, podemos ver que lo que azota a las feministas más radicales de nuestros tiempos, puede no ser más que un dolor profundo y un trauma del que no han querido prescindir, puesto que han encontrado, muy tristemente, en las actuales agendas ideológicas una "reina" que las ha esclavizado al tormento y la venganza.
Pero nos tiene que quedar claro, que, lo que hace dulce el sádico tormento de las Willis, es provocado por mensajes bien estructurados que se materializan en estas damas únicamente por una profunda ignorancia.
La madre de Giselle, por ejemplo, durante todo el primer acto, la vemos sobreproteger a su hija con historias sobre las Willis.
Pero la madre no representa la prudencia. Representa el miedo. La madre de Giselle no lucha contra la leyenda de las Willis, la da por sentada. No opone resistencia. La viuda es nuestra sociedad. Quiere hacernos ver que seremos, como mujeres, incapaces de escapar el destino que nos espera si "desobedecemos."

Las Willis son destructibles.
En el ballet, gracias a su coreografía tan perfecta, vemos, emocionalmente hablando, tambalearse a Myrtha, y aunque ninguna otra Willi la desafía, queda claro que nosotros, los que vemos su maldad, derretirse frente al amor de Giselle, ya no le tenemos el más mínimo respeto. Myrtha es una pobre alma en pena condenada al eterno desasosiego.
Giselle es, pues, el sentido común encarnado. Aun quitando el ámbito del romance y la pasión de una pareja, Giselle, piensa por sí misma. Se traza su propio destino y, ya muerta, solo quiere poder alzar sus brazos al Eterno sabiendo que cumplió su misión terrenal.
El feminismo radical es igualmente efímero y absurdo y cada vez se hace más claro. Las campanadas de la razón ya inundan nuestros medios y nuestra sensatez.
La mujer, bendita obra magna de Dios, sabrá tomar las riendas de su destino y aceptará que su grandeza está presente en su ser en grado superlativo.
Todo lo demás es un absurdo triste y solitario que condenaría a las mujeres esclavas de las consignas más auto-destructivas.
El feminismo radical polvo es...y en polvo se convertirá!


Monday, September 18, 2023

La Democracia: Agonía y Extasis

 


Recuerdo el énfasis que dábamos en el colegio al estudio de la palabra "democracia." Memorizábamos su etimología con verdadera fascinación y repetíamos que la palabra se originaba del griego: "demos" que se traduce como personas y "kratos" que significa gobierno. Era una pregunta de rigor en todos los exámenes. Se hablaba de democracia, tanto en las clases de historia como en las clases de cívica, durante todos los 11 años de estudios primarios y secundarios.
"Democracia" era una palabra sacro-santa e incólume. Nos llenaba de orgullo saber que Venezuela era un país demócrata. Los años de dictadura estaban ya muy lejanos en los años ochenta que corresponden a la formación académica de mi generación.

En mi época la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez recuerdo que salía en algún comentario suelto cuando íbamos por alguna autopista que había sido construida por el régimen o cuando vimos la exitosa telenovela de Julio César Mármol, "Estefanía" con Pierina España y José Luis Rodríguez "El Puma."
Dependía a quién se le preguntara, los ocho años de dictadura de Pérez Jiménez habían sido maravillosos y tranquilos o una verdadera tortura y una vergonzosa calamidad.

La democracia se celebraba en cada fecha patria. Y nosotros, que éramos muy niños, no podíamos más que creernos esa narrativa ilustre.

La década de los ochenta fue pasando y muchos nos dimos cuenta de que esa bendita democracia, que para tantos era una especia de vestal consagrada, se volvió de a poco una vulgar meretriz pisoteada por todos. En lo personal lo viví con la llegada del presidente Jaime Lusinchi y ya con el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Acababa de comenzar yo el 4.º año de bachillerato cuando explotó "El Caracazo" que nos tuvo encerrados sin clase por casi dos semanas.

En el año de 1990 salimos de Venezuela con un hartazgo a tope de la calidad de vida de Caracas, los atracos, y un largo y penoso etcétera. Estados Unidos fue nuestro destino, un país que adorábamos a distancia y donde tuvimos el privilegio de vivir extraordinarias vacaciones.

La democracia en los Estados Unidos era un pilar fundamental de la que había sido la nación más poderosa del planeta, no solo del hemisferio occidental. No, no, el planeta.

De hecho, la República de Norteamérica de mano de sus padres y genios fundadores ya nace como una democracia. Esta nación no conoce una dictadura en sus ya 247 años recién cumplidos. En Estados Unidos, la Constitución es la Ley. Con mayúsculas. Impepinable. El norteamericano siente una pasión por su historia y por sus orígenes.

O debería decir... sentía.

En la universidad tuve la oportunidad de estudiar Ciencias Políticas y supe desde entonces, y de esto hace ya casi 30 años, que en el mundo que nos estaba tocando vivir teníamos que entender de política.

Y nada más cierto.

La política, hoy por hoy, se aplica para todo y en todo, desde el núcleo familiar, las relaciones de trabajo y por supuesto, sus efectos en la forma en que nos estamos dejando gobernar en esta actual democracia "sui generis" que se nos está desvelando de a poco.

El naufragio de la democracia como sistema político podría tener décadas enteras, pero, como es obvio, hemos estado anestesiados o de plano engañados, por las personas que dijeron que velarían por nuestros intereses.

En un sistema político que se define como el gobierno del pueblo, eso es máxima traición. Pero lejos de exigir cambios y de parar en seco a quienes están dañándonos y empobreciéndonos, lo que hacemos es seguir dejándonos engañar. ¿Por qué?

La llegada de las redes sociales y el desbarajuste de nuestros valores judeo-cristianos han redefinido la política. De eso que no quepa la menor duda. La juventud tiene, en muchos casos, traspapelados sus ideales y lo que antes eran anatemas en una sociedad sana y bien fundamentada, ahora son la agenda máxima de los políticos. Tenemos, por ejemplo, el feminismo radical o los derechos LGTB o el aborto. Esto necesita su propio análisis.

Volviendo a la democracia...

Si prestamos atención a las tertulias políticas y a incontables análisis de Youtubers y usuarios de X (Twitter) verán repetidísimas veces la frase "hemos perdido la fe en la democracia." Fíjense y verán.

Vaya por delante qué fe, como tal, solo ha de tenerse en Dios. La palabra correcta sería "confianza." No confiamos en la democracia. Hemos dejado de comprenderla o es que, tal vez, se ha reformulado, y lo que hoy por hoy llamaos democracia es una tiranía encubierta.

Veamos...

Como ya dicho, la democracia en los Estados Unidos viene de nacimiento. Antes de la fundación de la república, América del Norte eran un puñado de provincias controladas por la Corona Inglesa.

¿Pero podríamos decir lo mismo de América Latina y de Europa?
Hay una realidad que creo que muy pocos hemos tomado en cuenta. Tanto el ADN hispanoamericano como el ADN europeo, por más que haya habido una evolución histórica, tiene muy bien grabados siglos enteros de dictaduras o monarquías absolutistas. Por ejemplo, antes de la conquista de Hernán Cortés, la hoy república mexicana tenía un régimen, no solamente absolutista, sino abominablemente sangriento y aterrador como el azteca. Esto va para los acomplejaditos que quieren que España pida perdón por la Conquista.

Otro ejemplo...Rusia. El ruso tiene una adoración nata por los zares. Esa historia, sobre todo con ese fin tan trágico, está clavada en el alma rusa por siempre. Vladimir Putin es un zar en toda regla, aunque no ostente el título de zar como tal.

¿En Venezuela, alguien de verdad piensa que nuestro Libertador, Simón Bolívar, como político, era un demócrata? No. Era un dictador al cien por cien.

Europa, hasta hace menos de ochenta años, que históricamente es como decir "ayer," vivió la brutal dictadura de Adolf Hitler y su Tercer Reich. Hasta "ayer" una buena parte de Europa estaba presa detrás de la cortina de hierro (que luego resultó de humo) de la Unión Soviética.

Haciendo este inciso, podemos entender que no ha sido nada fácil ni, por un lado, implementar regímenes completamente democráticos, ni, por otro lado, entenderlos y defenderlos. Conocemos lo básico, como podría ser el voto. Pero siendo una sociedad tan infinitamente debilitada y hasta ignorante. El derecho al voto lo hacemos mal. Ergo, nos están gobernando imbéciles.

Ya decía Platón: “Uno de los castigos por rehusarte a participar en política, es que terminarás siendo gobernado por hombres inferiores a ti."

En mi opinión, hay dos factores que han contribuido a la degeneración, tanto en su concepto como en la práctica, de la ya mentada y maltrecha democracia.

La primera.

Las redes sociales. La revolución tecnológica de la llegada de foros abiertos donde cada usuario tiene la palabra cada día a cada instante, lo cual ya, de por sí, definiría a la democracia inequívocamente, se ha vuelto un instrumento para destrozarla. Es una herramienta perfecta de manipulación de masas y, como se ha podido ver en los últimos años, una fuente de censura y de coerción a la libertad de expresión.
De igual manera, el mal uso de las redes sociales ha creado monstruos políticos que entre hashtags y "selfies" han avivado las llamas del populismo, alimentando, de este modo, lo que muchos conocemos como el Socialismo del siglo XXI. Y si bien, el nuevo socialismo tiene muchísimas variantes que no vamos a nombrar ahora, casi se puede decir que hubiese sido casi imposible de implementar sin la llegada de las redes sociales y YouTube.

La segunda.

La política se ha convertido en un negocio. En nuestras sociedades capitalistas, no se derrocha ninguna oportunidad de rentabilizar. La política es el nuevo "El Dorado." De aquí que de pronto cualquier "hijo de vecino" inepto, pero ambicioso, se enchufa en algún partido político. Para lo que sea.

En una democracia, cabe destacar, el sueldo de estos inútiles, lo pagamos nosotros.
Dentro del negocio tenemos que incluir, sin ninguna duda, las agendas ideológicas y las fortunas que su aplicación y difusión generan en los bolsillos de los políticos que gustosamente las adoptan. La política de hoy la controlan las agendas de turno. Las agendas de turno crean a los políticos. Los políticos enajenados con el poder se rehúsan a abandonarlo. La eternización de este poder los hace pisotear y violar a la Constitución. Esta violación constante y sonante es el fin de la democracia.

¿Ahora si lo entendemos?

A cuenta gotas (ojalá el proceso fuese más agresivo y más unánime) nosotros, el pueblo, los ciudadanos, nos hemos vuelto más incrédulos y decepcionados de la democracia, que alguna vez vimos como nuestro presente político indestructible y perfecto.

¿Qué podemos hacer? ¿Qué nos toca hacer?

Primero que nada, despertar. Tomar consciencia de que, como dijo Platón, la indiferencia que tenemos día a día con todo el proceso político y social de nuestra nación (pongamos aquí cualquier país occidental) son los factores que hoy por hoy hemos tenido que lamentar y sufrir. Por lo tanto, es imprescindible estudiar la situación política actual--en todas partes. Y tomar esa educación por nuestra cuenta. Despertar el interés por conocer diferentes narrativas y rechazar cualquier propuesta que se nos quiera dar por los medios convencionales.

Segundo, y esto va para todos, dejar de pensar en política como izquierdas o derechas. Las marramucias las están cometiendo todos contra todos nosotros. Como ha dicho recientemente el periodista español Federico Jiménez Losantos, la política de izquierdas se enfoca mayoritariamente en ideologías. La política de derechas, en valores. Esto es muy cierto, como base, pero bien que vemos a los unos y a los otros venderse sin rubor, a las diferentes agendas.

Tercero. Aprender los principios básicos (y avanzados) del uso de la propaganda. Esto aplica a los discursos políticos, a los medios de comunicación y al negocio del entretenimiento. Estamos bombardeados por propaganda. No se salva nadie. Ni siquiera (o quizá principalmente) los niños. Si sabemos detectar tanto lo aparentemente subliminal como lo más descarado de la batalla cultural, seremos vencedores. Hay que estudiar la propaganda.

Cuarto. Paciencia y perseverancia. Los tentáculos que actualmente aprisionan la política y la ideología colectiva del mundo tienen que ser destruidos, pero, muy lamentablemente, no existe actualmente ni un partido político y/o un personaje capaz de revertir el daño en su totalidad. Para los que somos de derechas, vemos con mucha preocupación la idolatría del vulgo (y sobre todo) los más jóvenes, a personajes tan nefastos como un JavierMilei en Argentina, el vomitivo neo-falangismo que ha resultado apoyar Vox, alguna vez liberal conservador, o la inminente llegada al poder en Alemania de un partido como "Alternativa para Alemania." Es decir, hay una obvia ola de radicalismo, que si bien va contraria a muchas de las políticas de izquierda y progresistas que padecemos, también traen sus bemoles y pueden ser contraproducentes. A estos también hay que declararles la guerra.

Quinto. Crear consciencia. Una vez captada esta nueva manera de hacer política, allí sí toca enorgullecernos de que somos una democracia. Y empezar a contra atacar con la más sólida e irrefutable verdad. Esa verdad que sabemos en nuestro corazón es inmutable e infalible.

No podemos asegurar que el mundo tenga ganas de seguir dando votos de confianza a un régimen tan vapuleado y que se ha vuelto débil. Pero como en todo lo que queremos que cambie, la primera piedra contra el mal la lanzamos nosotros. Lo que tenemos que hacer sin miramientos es tener puntería.

Yo propongo, sí, una democracia, que devuelva su “santidad” a una Constitución. Que sea devoto de un Orden Divino, que estructure la ley y el orden (ojo que no me refiero a un régimen teocrático, si no de una estructura que se acople a nuestros bien ponderados y necesarios principios judeo-cristianos) y que respete a rajatabla la necesidad de libertad de expresión que tenemos como ciudadanos. Recordar que lo único soberano en una democracia es el pueblo y su voz a los más altos decibeles posibles.


Seamos Guerreros de la Luz---no de Tablero!

En el año 73 AC, Roma vio los cimientos de su República temblar como pocas veces. Revueltas habían sido vividas. Hazañas habían sido contada...