Sunday, December 28, 2025

La Polarización: Palabra Clave del Año 2025


El balance de este año 2025 es complicado y hasta agridulce. No por ello, claro está, deja de ser un año fascinante.

El 2025 es, si así lo queremos, un parte aguas entre lo que hemos venido creyendo y construyendo hasta ahora y lo que está por venir a partir del 2026.

La última década, tanto en lo político, lo cultural y lo espiritual, no puede definirse como menos que una revolución con tintes, por un lado, muy violentos, y, por otro, extraordinariamente esenciales para la reconquista de Occidente y nuestra civilización decadente.

Una palabra, en mi opinión, resume esta especie de “Estado de la Unión” de nuestro entorno:

La polarización.

Según la Real Academia Española (RAE) el verbo “polarizar” y su sustantivo “polarización” se definen como situaciones o elementos que dividen un conjunto en direcciones completamente opuestas.

Esto puede aplicarse a la psicología e incluso a la física.

Pero hoy por hoy, y lo que más nos concierne en este análisis, es la polarización en el ámbito sociopolítico y espiritual.

Según la definición oficial, por decirlo así, del verbo polarizar, lo primero que tendríamos que hacer es aclarar cuáles son esos polos opuestos hacia los que gravitamos los unos y los otros.

En infinidad de debates en medios de información, panfletos propagandísticos y redes sociales, se habla de la “nueva derecha” para definir a un grupo de personas que se han dedicado a rescatar a nuestra civilización Occidental del globalismo, la ideología woke y la invasión masiva del yihadismo.

Yo me incluyo en este grupo.

Pero si definimos una “nueva derecha,” por ende también se asume que existe una “nueva izquierda.”

Esto no es en lo absoluto cierto. Sin entrar en detalles históricos y fechas concretas, la izquierda ha sido siempre la misma. El comunismo sigue siendo una ideología peligrosa y falsaria, y como diríamos coloquialmente, una ideología para “engaña bobos” ultra radical que busca destruir el capitalismo sano de una sociedad democrática.

De igual manera, una “nueva derecha” tampoco es un término apropiado. Lo que sucede es que hemos ido despertando, muchos a cuenta gotas, otros, abruptamente.

Por siglos la propaganda ha sido manipulada y manejada para el mal.

Las redes sociales, muy rápidamente, se dejaron contagiar por esta misma propaganda siniestra e hicieron caja con ello.

Por primera vez habemos personas que hemos visto que la sociedad ha sido drogada con un éter ideológico que lleva, inevitablemente, a un precipicio.

Nuestra labor es colocarnos como barricadas frente a ese precipicio para salvar a la humanidad, muy especialmente, a las nuevas generaciones.

Quizá para muchos de ustedes puede parecer pretencioso que utilicemos la palabra “salvación,” puesto que esta palabra está íntimamente ligada a Dios, y en los cristianos del mundo, Jesús.

Pero sin ningún tipo de soberbia, si esta marcada división de nuestra sociedad no tiene sobre sus hombros la firme intención de cambiar, sanar, reconquistar—y sí, señor, salvar, podemos dar nuestra enorme Cruzada por perdida.

Cuando hablamos de polarización, y esto es importante, tampoco debemos perder de vista que ésta, no sólo ocurre en las altas esferas en medio de una cúpula intocable.

No.

Pasa a diario en nuestra vida personal, laboral y en nuestra necesidad de tomar decisiones cabales y correctas.

Hasta el momento las reglas las han puesto los protagonistas antagónicos.

De a poco, la balanza se ha inclinado a nuestro favor.

La polarización ha sido una meta, un propósito y una propuesta de los que buscan la destrucción.

De hecho, la polarización se ha producido, precisamente, porque el eje del mal es el que ha ganado estas primeras guerras—que son muchísimas.

Digamos que hasta el presente, quienes han avanzado con sus estrategias más destructivas, pero exitosas, siguen el principio de esa frase “divide y vencerás.”

Esta frase estaría atribuida al rey Felipe II de Macedonia.

Es lo que se busca con las políticas globalistas y con ese teatro absurdo de imponer cien géneros por minuto y dinamitar a la familia como ente básico de nuestra sociedad.

De los derechos para los homosexuales, ahora se exige que le demos también “derechos” a los pedófilos, en vez de mandarlos al paredón.

De pronto tenemos hasta el Vaticano hablándonos día sí y día también de una falsa crisis climática y dando la bendición a travestis y paneles de hielo.

Pero la idiotización de nuestra civilización es tierra fértil para estas tropelías y aberraciones.

Primero se abona el terreno, luego siembras. Ergo, la cosecha será abundante.

La solución estaría en no ver esa falsa abundancia y ver el terreno como un terreno que ha sido invadido por mala hierba e incendiarlo sin que nos quede ningún remordimiento.

Que arda hasta las cenizas y luego recomenzar el proceso de fertilización pero con más cuidado de no atraer pestes y frutos podridos.

¿Se entiende esta analogía?

Pero volviendo al concepto de la división, tenemos que tomar en cuenta que la división, si bien se crea para las masas, como hemos visto, esa masa se va reduciendo hasta llegar a núcleos mucho más pequeños, haciendo la polarización insoportable, dolorosa, pero inevitable.

Doy un ejemplo clásico:

Donald J. Trump.

En un diccionario de política y actualidad, la palabra Trump estaría definida como: catarsis para la polarización mundial.

No es broma.

No ha habido en el último siglo un elemento más polarizante que la figura del actual presidente de Estados Unidos.

Estamos los que lo apoyamos y están los que lo odian al punto de querer verlo muerto (y que han intentado tres veces cumplirlo)

Trump durante 50 años fue un empresario muy exitoso y un personaje mediático que se codeaba con todas las esferas sociales y políticas. Era demócrata y pro-aborto. Hasta que se casó con su actual mujer, Melania, un mujeriego empedernido.

Pero por encima de todo, un amante incondicional de su país y un alma agradecida a Dios por todo lo que pudo tener y hacer.

Cuando vio que el momento político de Estados Unidos ya estaba resquebrajado y Washington era un pantano venenoso, da el salto a la política y gana con una inesperada mayoría y una victoria aplastante, sobre todo en su segundo término.

Intentó tener su propio partido, pero entendió que la estrategia de dividir para ganar era, en su caso, equivocada y entró por el aro: se hizo Republicano.

Una vez electo presidente se dedica a cambiar las bases de ese partido para hacerlo copycat de su visión particular.

Pero el elemento problemático no es Trump, con todo y su personalidad a veces tóxica y narcisista.

Es lo que él representa y su absoluta convicción de que su país fuera grande y volviese a ser respetado después de que el movimiento globalista de extrema izquierda lo pisoteara y nos convirtiera, de alguna manera, en un felpudo.

Pero ha sido tal la propaganda en contra de esta figura en estos diez años que la división entre los que lo apoyan y lo odian, ya no sólo lo vemos en el Congreso o las élites de Silicon Valley, sino en las familias mismas.

De pronto una pareja muy bien avenida, donde uno es Demócrata, el otro Republicano, se ven las caras en un juzgado para un divorcio por “diferencias irreconciliables.”

Los dos son la misma persona que hacía veinte años atrás, pero, no, uno apoya a Trump, el otro a Biden: hay que divorciarse.

Mismo dentro de nuestro actual partido Republicano y con Trump victorioso tenemos que sobrevivir la polarización con dos alas opuestas de personajes conservadores.

Tenemos a los conservadores que queremos seguir luchando por acabar con el wokismo y ver que Estados Unidos sea valorada y respetada como la potencia que es.

De pronto descubrimos, que sin darnos cuenta, en la alborada de nuestro movimiento conocido como MAGA (Make America Great Again) dejamos entrar el ala paleoconservadora, aislacionacionista y con tendencias neo-nazis que han hecho que el antisemitismo sea más inflamable que nunca antes.

Es el mismo partido Republicano, repito, pero ha sido polarizado por la inclusión de propaganda fascista y la influencia de una cúpula económica de Catar, un tema que merece, sin duda, su propio análisis.

Divide y vencerás.

¿Quién vence?

Nuestros enemigos: el wokismo, el islam radical y el antisemitismo, que se sigue cobrando vidas en una persecución constante, ahora también desde el campo conservador que hasta estos últimos años había sido inequívocamente pro Israel.

Otro elemento a tomar en cuenta es que si bien la polarización es masiva y desde los cuatro puntos cardinales, los que planean cuidadosamente este apocalipsis son unos muy pocos con recursos económicos ilimitados.

Una plutocracia estructurada para bombardear a masas con gases tóxicos.

Por eso, volviendo al principio, el balance de estos 12 meses ha sido tan complicado y nos ha dejado un saldo de muertes súbitas que ahora nos tiene de luto.

Los muertos, sin embargo, son personas muy vivas con las que simplemente no podemos seguir compartiendo espacio.

Esto hay que aceptarlo.

Este cisma ideológico no tiene vuelta atrás.

Cuando en el siglo XVI se introdujo el Protestantismo en Europa, con todo y la Inquisición ardiendo (nunca mejor dicho!) todavía hoy convivimos con los millones de apóstoles de Lutero y Calvino.

Dicho esto tenemos que aceptar que el wokismo y el comunismo seguirán existiendo por lo que nos queda de siglo y de milenio. Lo que no podemos permitir es que tengan poder.

Allí está la clave.

Lo que está dividido se debe intentar unir y sanar. Pero lo que no tiene remedio alguno, se debe descartar. Lo dejamos claro con la analogía de la quema de la maleza de un terreno que estaba fértil pero se llenó de mala hierba.

El lado positivo de esta situación que vivimos es que nos hace reflexionar hacia un posible “darwinismo” en nuestra civilización.

Lo fuerte se seguirá reproduciendo y vencerá el tiempo y los elementos antagónicos, lo débil se irá diluyendo de a poco y esperamos poder verlo en estas próximas décadas.

Pongo un ejemplo: La Agenda 2030.

La Agenda más destructiva de nuestra actual esfera cultural y política estuvo diseñada en los 80s con la intención de que se implementara para el 2030.

La Agenda 2030 se nutre de falsa propaganda y de la idiotización de las personas y de los sistemas democráticos.

El dinero que recaudan los pro Agenda 2030 lo hacen a través de impuestos impensables y de un tráfico de drogas, armas y personas de los que convenientemente sólo hablamos los que habitamos en el polo llamado “sentido común.”

Afortunadamente, con todo y la avalancha de las políticas verdes y el wokismo exacerbado, vemos que a cinco años del “deadline” la Agenda 2030 sabemos está fracasando, aunque sus padres y madres fundadores sigan queriendo hacer daño.

La lucha contra esta destrucción masiva y este genocidio moral es imparable y nuestra intención cada vez es más afilada.

Pero si bien nuestro equipo vence de a poco, seguimos siendo un David frente a un Goliat que sólo caerá si el suelo que pisa se vuelve un terreno de arenas movedizas y en la mano no tengamos una simple honda con una piedra sino una bazuca o una espada katana.

Como judíos siempre vamos a ver la lucha de David con un extraordinario e imbatible acto de fe.

Y nosotros debemos seguir ese ejemplo.

Pero también vivimos tiempos donde el Goliat bíblico tiene mil personalidades y está aplaudido por lo peor de la humanidad.

David, como posteriormente los gladiadores romanos, tendría su honda (los romanos, espadas y lanzas) y sabría hacia donde moverse para que el sol, por ejemplo, le diese en la cara a su rival y disparar la piedra cuando este estuviese encandilado.

Eso no lo tenemos por seguro porque no estábamos allí, pero proponerlo como estrategia nos daría una certeza de cómo vencer sin vuelta atrás.

Goliat era un gigante en tamaño, pero tenía una nuez de cerebro.

David era, mental y espiritualmente hablando, un Goliat.

El tiempo apremia porque el enemigo sabe como seguir su camino de conquista y de invasión.

Las democracias se han convertido en meras ilusiones ópticas y le hemos dado paso a figuras como Trump que son más dictadores que tienen nuestro voto y venia para actuar.

Para poder seguir adelante sugiero que nos estudiemos los principios del Arte de La Guerra, atribuida comúnmente a Sun Tzu (494-544 A.C.) pero que podía haber sido escrita más de un siglo después del estratega y filósofo chino.

Estudiar El Arte de la Guerra es materia esencial incluso en clases de biología para servir de guía en cómo nuestro cuerpo lucha contra agentes dañinos y tóxicos.

El Arte de la Guerra, tema que podríamos analizar individualmente, tiene tres principios básicos, todos ellos aplicables a nuestra batalla en pleno siglo XXI.

Debemos evitar guerras prolongadas. La lucha contra la A-2030 ya va para 50 años. Eso es mucho tiempo. Nuestro despertar ha sido tardío y ahora nos toca a nuestra generación ponernos por delante de los Millennials y los jovencitos.

No todos tienen la fuerza que se requiere para una victoria decisiva.

La inteligencia. El estudio de cuál es el enemigo. Cómo actúa. Cuál es su fuerte. Cuál es su talón de Aquiles.

Por último, la preparación.

Conocernos a nosotros mismos es clave, nos dijo Sun Tzu, pero es más que hacer psicología. Es conocernos espiritualmente hablando. Es vivir con conciencia plena de cuál es nuestro propósito y actuar de la mano de Dios.

Juana de Arco, aun siendo analfabeta hasta su muerte, posiblemente estaría inspirando su estrategia en contra de los borgoñones y los ingleses, en El Arte de la Guerra.

Decía la Doncella de Orléans: “Actúen y Dios actuará.”

El año 2026 deberá ser crucial para Occidente y Estados Unidos quiere ser el Rey del tablero político, económico y social.

De la semilla ideológica propuesta por un Trump, ya germinan por Europa e Hispanoamérica, dignos guerreros patriotas con principios sólidos y hambre de victoria.

De ellos será el Reino de los Cielos.

Con su liderazgo y persistencia, nosotros, cada uno armado con fe y nuestra honda, venceremos al enemigo que buscaremos encandilar para acabarlo de una vez por todas.

El tiempo es oro.

Nuestra civilización judeo cristiana vale su peso (sapiencia, inteligencia y perseverancia) en platino y diamante.




Sunday, December 7, 2025

La Cruzada de Occidente Contra El Buenismo


En la tauromaquia, cuando un toro en el ruedo se repliega, recula y se niega a embestir, se dice que este toro es “manso.”

En la mayoría de los casos, para no alargar la faena, el toro es escoltado por cabestros (bueyes castrados) hasta el chiquero.

Para un ganadero es la peor vergüenza del mundo, y para el público, la mayor frustración que existe.

De hecho, es el público, desde los tendidos, el que pide el cambio del animal.

Para estos casos, la ganadería ofrece uno o dos toros que se lidian en caso de que los toros principales o escogidos o se hagan daño o sean mansos para las exigencias y los altos estándares del toreo.

En el toreo, no hay mayor orgullo para un diestro que un toro bravo, bravísimo, que lo pueda llevar a la gloria durante cada tercio.

El torero, frente a un ejemplar manso, tiene el deber de despertar al animal, sabiéndolo citar de acuerdo con la naturaleza que éste, el maestro, estudia en el animal que tiene por delante.

Grandes maestros han logrado sacarle orejas y hasta rabo a un toro manso.

A estas corridas, que parecen casi milagrosas, se les denomina “corridas de resurrección.”

Este Lázaro bovino pone en evidencia la complejidad del toreo, pero da gloria infinita al torero, al ganadero y sobre todo al público que se rompe en aplausos.

En la vida diaria, a los seres humanos “mansos,” se les llama buenistas.

Ese buenismo es el que hoy nos atañe en este análisis, y es quizá el mayor problema en esta lidia y lucha diaria contra todos los elementos que buscan destruirnos.

Nuestro rol en esta cruzada imprescindible es devolver la bravura perdida a una persona que ha perdido sus fuerzas, ha negado su fe y ha crecido pensando que en él no hay bravura presente ni posible—ni nada que se le parezca.

Utilizando nuestra analogía taurina, hay dos virtudes que un toro bravo debe poseer, ambas heredadas de la vaca, la madre.

Una es la bravura. La bravura es la naturaleza del toro desde que nace y bebe sus primeros sorbos del calostro materno.

El becerro, poseído por su innata fuerza, embiste y se enfrenta, muchas veces teniendo que ser auxiliado por una madre coraje que asusta a un depredador del que su hijo no se percata.

Esta bravura es la locomotora de una faena y por probar esta bravura, el torero arriesga su propia existencia.

La otra virtud, que es muy importante entenderla, es la llamada “nobleza.”

Aquí no van, obviamente, elementos principescos, la nobleza es la absoluta convicción que tiene un toro bravo de lo regio y fuerte que es, no sólo físicamente, sino también su postura frente a otros toros y a los ganaderos y sus asistentes, conocidos como los mayorales.

Ese convencimiento no ha de hacer pensar a nadie que él, el toro, es manso o atontado.

Todo lo contrario.

Cuanto más seguro de sí mismo, más noble.

Un toro bravo y noble será escogido para plazas de primera categoría.

Los toros amansados son llevados a ferias menores—o al matadero.

En esta sociedad que vivimos, el concepto de nobleza (aparte de la aplicada a la realeza) está completamente desviado de su camino; manipulado a conveniencia de quienes evitan que nos sublevemos y nos apacigüemos ante miedos muy bien administrados, a cuenta gota, pero en vena.

El resultado de esa manipulación es el buenismo.

El buenismo es una falsa percepción de lo que es la bondad, la tolerancia, la disposición hacia una persona o circunstancia. 

Un individuo, víctima de esa especie de lente rosa que es el buenismo, se ha de encontrar, sin ninguna duda, decepcionado y engañado—si logra despertar a tiempo.

Por este mismo medio, hace ya algún tiempo, hicimos un análisis sobre lo que llamamos “libre albedrío.”

Para hablar del buenismo, es imprescindible recordar que, técnicamente hablando, el libre albedrío es la capacidad que tenemos de diferenciar entre el bien y el mal.

La gran crisis ideológica a la que nos enfrentamos, precisamente, busca, con narrativas falsas, hacernos ver que lo que está mal, no lo está.

De paso, y esto es importante, se nos acusa de diferentes maneras: se nos llama nazis, fascistas, xenófobos, incultos, y una amplia retahíla de insultos de los que, lógicamente, nadie quiere ser culpable.

Si esta fórmula es aplicada a individuos intelectualmente idiotizados, los verdugos ideológicos nos ejecutarán con mucha facilidad y ni nos daremos cuenta de que hemos sido llevados a un cadalso con los ojos vendados y sin habernos podido defender.

Nos han robado nuestra bravura y nuestra nobleza.

Occidente ha pasado de ser una de las civilizaciones más fuertes y soberanas que se conocen, a ser una de las más debilitadas y aberrantes que existen.

Todo, en mucho, gracias al buenismo.

La condición del ser humano, y esto hay que decirlo cuantas veces haga falta, es la de la nobleza y la fuerza espiritual e intelectual. La física está presente, pero condicionada a las circunstancias y ante todo, al género.

De los DOS géneros, el hombre es, físicamente, más dotado que una mujer.

Esta realidad se puede ver a lo largo y ancho del reino animal, al cual pertenecemos.

El llevarnos al matadero es una tarea muy meticulosa en la cual se han empleado décadas de observación minuciosa de nuestro comportamiento y el estudio psicológico de nuestros valores familiares y sociales.

Ana Frank decía que los seres humanos eran, por naturaleza, buenos. Ella murió de manos de la peor calaña de seres humanos que existen.

Del buenismo de los judíos hablaremos en un momento.

Luego tenemos esa frase dilapidante del filósofo inglés Thomas Hobbes: “homo homini lupus,” que se traduce comúnmente como “el hombre es el lobo del hombre.”

La era que nos está tocando vivir obedece más a los principios de Hobbes, que a la fantasía de Ana Frank, con el más supremo respeto a su memoria.

Volviendo al ejemplo de nosotros, los judíos.

No hay pueblo más fuerte, valiente y resiliente que el nuestro.

Duela a quien duela, somos grandes maestros del mundo, y de nuestra filosofía de vida y nuestra religión se han hilado los principios de la civilización Occidental.

Nuestra presencia ha sido, en reinos varios, una corroboración que hay un sólo Dios, y que la abundancia existe, en todos los aspectos.

Hemos traído prosperidad y sabiduría, y quizá seamos las personas más nobles que existen.

El antisemitismo, el odio a los judíos, y esa nueva variante tan repugnante llamada “antisionismo,” nos han vuelto, aun en pleno siglo XXI, la piedrita en el zapato de muchos.

Las persecuciones a los judíos son protagonistas de nuestra historia que ya lleva casi 6,000 años.

Pero el genocidio de parte de los Nazis, esa aniquilación sistemática de más de 6 millones de los nuestros, durante la Segunda Guerra Mundial, ha marcado un antes y un después en nuestra consciencia y en la manera de pensar de muchos hebreos—por desgracia.

Sobrevivientes del Holocausto ya quedan muy pocos (benditas sean las memorias de todos y cada uno de los que murieron) pero estos sobrevivientes, aunque ya no estén con nosotros, dejaron un legado de mucho dolor, pero también, de cinco o seis generaciones que hoy, junto a todos nosotros, los judíos del mundo, debemos evitar que una tragedia de tal magnitud se pueda volver a ver.

Pero resulta que muchas de esas generaciones se han vuelto presas de un miedo atroz y ese miedo les ha marcado de por vida. 

¿El resultado? El buenismo más preocupante que existe.

Un buenismo que vuelve a ponernos en peligro y deshonra nuestras raíces.

Muchos judíos deben tener a David revolviéndose en su tumba.

Por infinitamente menos de los que hacen hoy POR SER JUDÍOS, David ya hubiera declarado cien guerras—y vencido cada una de ellas sin miramientos.

Como ejemplo tenemos La Masacre del 7 de Octubre que ha tenido a muchos judíos atrincherados viendo como una cuerda de mequetrefes y amebas funcionales se burlan de Israel.

¿Cómo es posible que haya habido tanto judío en Nueva York votando a Zohran Mamdani que nos odia con cada fibra de su asqueroso ser?

Al judío se le ha enseñado que debe ser tolerante porque esa tolerancia es la que va a combatir el antisemitismo.

CRASO ERROR.

Israel está rodeado de enemigos que nos desearían muertos mañana mismo. Hay aproximadamente 57 naciones musulmanas en nuestro perímetro, varias de ellas teocráticas que se rigen, sin tapujos, por la Ley Sharia.

Pero Israel decidió que lo mejor es ser una democracia tolerante, abierta y buenista, con un alto porcentaje de centros LGTBQ en ciudades como Tel Aviv, una ciudad gay-friendly a nivel mundial.

No podemos olvidar jamás cuando Yair Lapid izó el trapo de arcoíris en el Ministerio de Defensa. No en el patio de su casa. No, no, no. En la sede del Ministerio de Defensa, donde décadas antes dejó huella Moshe Dayan.

Eso no es tolerancia. Eso es buenismo trillado, caduco, rancio y cobarde.

Nuestros enemigos no se la pensarían para llevar a las grúas a cualquier individuo homosexual.

Hablando de homosexuales, vemos las redes sociales repletas de fotos de parejas homosexuales con una bandera palestina.

Lo peor del caso es que los árabes, frente a estas demostraciones, no hacen más que tener confrontaciones y golpizas porque su homofobia es de armas tomar (literal y figurativamente)

Vuelvo a repetir, el buenismo no es una actitud normal e innata de los seres humanos.

Somos, por naturaleza, criaturas muy bravas. Milenios enteros de guerras y conflictos nos han preparado para el enfrentamiento.

El mal llamado progresismo, es quizá el culpable número uno de esta decadencia moral que padecemos.

El buenismo es el camino más seguro a la aniquilación moral que podamos conocer.

La propaganda mal empleada, utilizada ésta para el mal, ha creado una élite “Goebbeliana” que se ríe y se mofa de nuestra debilidad de carácter.

A esta discusión, una vez más, hay que agregar otro elemento que es la compensación que se recibe obedientemente por ser buenistas, una comparación que hicimos ya con los perros de Pávlov.

Veamos otro ejemplo.

El activista y pintor Norteamericano Scott LoBaido, seguido en redes sociales por casi 800,000 personas, ha dado un testimonio maravilloso para explicar la actitud de Estados Unidos frente a la inmigración ilegal.

LoBaido cuenta que de niño, su familia para Navidad y para el día de Acción de Gracias, solía abrir las puertas de su hogar a personas sin hogar para que tuvieran una cena caliente y un techo donde celebrar esas fiestas.

Obviamente, estas personas tenían un agradecimiento infinito, y por una noche tenían cobijo, cariño y comida.

Pero el problema de la inmigración de hoy (y atención con esto que voy a decir a mis lectores en España) no ha hecho más que mostrar una despreciable ingratitud y ha llegado sólo a causar penurias y cometer crímenes.

LoBaido en su testimonio agrega que si por esas cosas de la vida, uno de sus “invitados” hubiese hecho una burla de cualquiera de la familia o de la casa donde estaba cenando, el padre lo hubiera puesto de patitas en la calle y que se congelara. Es decir, le daba su merecido.

Pero el pintor sabe que el americano de hoy en día, si el pordiosero le pide a la señora de la casa que se cambie su vestido verde por uno morado, pues iría la “missus” a cambiarse de ropa.

Eso es buenismo concentrado.

Esta conducta ya es el pan nuestro de cada día en Europa, donde la inmigración musulmana es ya casi primera fuerza y a base de miedo y de colonización mental han vuelto al ciudadano un absoluto imbécil.

Si el ciudadano es un imbécil, elegirá imbéciles y así la cadena se hace irrompible y el teatro del absurdo se llena cada vez más con cada función.

El buenismo es el umbral a la destrucción total de nuestra civilización.

El buenismo y la tolerancia llevaron a seis millones de judíos a las cámaras de gas.

Muchos de los que se negaron a obedecer la orden de kappos y la mismísima SS, murieron también, pero murieron habiendo sido valientes.

Otros con suerte, como en Sobibor, saborearon la libertad dejando a Alemania en visto.

Ahora, perseguidos por la culpa, los alemanes lideran una de las mayores tasas de invasión musulmana. ¿Y qué han hecho estos yihadistas de mala muerte?

Asesinar niños en los mercados navideños, al punto que se han tenido que prohibir los mercados navideños o tienen que tener más seguridad que La Casa Blanca.

¿Tiene sentido eso?

Claro que no…

Pero el buenismo impera.

El buenismo es el nuevo genocida de millones de personas.

Sin embargo, aquí hay que hacer una aclaratoria.

Oído al tambor…

El buenismo, ciertamente, nos mata ideológica e intelectualmente.

Pero no nos mata físicamente. Nos debilita, sí, pero podemos vivir siendo buenistas. De hecho, en los casos más extremos, el buenista piensa que esta conducta les puede salvar la vida.

¿Pero por qué hago este inciso?

Porque las personas que nos han querido convertir en títeres animados, nos quieren vivos. Quieren un mundo lleno de buenismo y apaciguados porque en esa nube de anestesia nos pueden controlar sin remedio—y sin obstáculos.

El buenismo es lo opuesto a la nobleza.

En el ruedo de nuestra sociedad, nos quieren mansos y se castiga y silencia al bravo y al valiente.

En el caso de los musulmanes, son muchos los que han pensado que las élites buscan lucrarse con un cambio radical de demografía.

Así como en una plaza el ganadero lleva a sus sobreros por si el toro es manso, las élites globalistas ya tienen negocios y chiringuitos con miles de organizaciones (entre ellas la misma Cruz Roja) para traer a millones de musulmanes con sus “costumbres” asquerosas y su adoración a la violencia más extrema y cruel que existe.

Esta teoría antes velada y vetada por ser “conspiranoica” cada día toma más vigencia y consume más oxígeno—el nuestro.

Este apocalipsis es reversible.

Pero debemos ser honestos si tenemos las condiciones para ello.

Lamentablemente, nos vemos en la triste tarea de aplicar una especie de Darwinismo, donde, inequívocamente, tenemos que dejar que las especies más débiles del ser humano perezcan víctimas del veneno del buenismo que les han inyectado a lo largo de su vida.

Mientras tanto los anti-buenistas (que deberíamos ser todos, francamente hablando) nos tenemos, una vez más, que prepararnos para una nueva ola de Cruzadas.

En el ruedo de una plaza que se precie de seria, a un toro manso se le devuelve al chiquero, donde es cambiado por uno bravo.

Tenemos dos opciones, o al buenismo se le deja atrás por inservible y débil, o nos volvemos diestros, tan pero tan hábiles que levantamos y despertamos la bravura de todos.

Me gusta lo segundo.

La Cruzada de hoy ha de ser, en lo posible, una Cruzada de resurrección.

¡Y que tiemblen nuestros enemigos y huyan al infierno de donde salieron!

Saturday, December 6, 2025

Los Niños: Juguetes Rotos de una Civilización Decadente



En la Venezuela de los años 80s, cuando todavía se podía ir al cine y el entretenimiento no estaba manchado de propaganda chavista, había un peculiar sistema de clasificación para las películas, tanto las de producción nacional, como las extranjeras.

Había películas con clasificación A, aptas para todo público, B 12 o B14 (no había mucha diferencia) para personas mayores de 12 años o 14, según (estás películas incluían, por ejemplo, las cintas de Jean Claude Van Damme, donde se veían escenas de violencia y sangría, pero no tenían ninguna temática extrema)

Cuando una película traía violencia o ciertas escenas sexuales, la cinta se clasificaba como C 16 o C 18.

Y ya para películas sexualmente gráficas o escenas de homosexualidad, se les estampaba la letra D, 18 o 21.

Es muy interesante porque películas que me llamaban la atención ver como fue el caso de “Macho y Hembra” o “Macu, La Mujer del Policía", dos clásicos del cine urbano, tuve que esperar a verlas ya casi con 30 años y viviendo fuera de Venezuela.

¿Por qué cuento esto?

Porque esto hoy en día se ve como algo nostálgico y, a pesar de que este sistema de calificación del cine venezolano, y, claro está aquí en Estados Unidos, se mantiene en vigencia, los niños pueden estar en la comodidad de su hogar y ver contenido de adulto en Netflix o en Amazon Prime.

No hay cuidado alguno y en la gran mayoría de los casos los niños no tienen supervisión alguna de lo que consumen de parte de los estudios de Disney o Paramount o HBO.

De hecho, como ya hemos analizado anteriormente, existe un nivel de confianza supremo en el contenido llamado “familiar," aunque este está cargado de ideologización o de una aberrante hipersexualización que el niño asimila sin filtros.

La Generación Alfa (nacidos entre el 2010-2024) es posiblemente una de las generaciones más complejas y problemáticas que existen actualmente. 

Si las élites globalistas miden el nivel de éxito que han tenido sus políticas y el veneno que han inyectado en la sociedad actual, no tienen más que ver el desarrollo tan cuestionable de los niños.

Un adolescente de 15 años está, hoy por hoy, sometido a los peores experimentos sociales que se hayan podido inventar.

Reciben una educación deficiente en el hogar y están bombardeados de un contenido inapropiado para la inmadurez que sus pocos años le dan.

Ni hablar de los niños más pequeños, aquellos que no tienen conciencia suficiente para discernir lo que está bien y lo que está mal.

Los más pequeños se dejan llevar por esa confianza nata de lo que les enseñan sus mayores.

El mayor porcentaje de la Generación Alfa está compuesta por los hijos de los Millennials, una de las generaciones más complejas y más confundidas que hayan podido germinar en estas últimas décadas.

Un porcentaje más pequeño, lo compone la prole de la Generación X que decidió criar hijos tardíos.

En ambos casos, los niños están siendo sometidos a situaciones menos que ideales. En un caso por los valores de sus padres, y, en el segundo caso, quizá por razones de la edad y de la presencia en el hogar de padres que han antepuesto sus vidas profesionales a la formación de una familia.

A lo largo de la historia de nuestra civilización Occidental, lo que hoy consideramos todavía un “niño,” antes podía ejercer funciones de adulto—y se esperaba que así lo hiciese.

Un ejemplo clásico que todos conocemos es el caso de María de Nazareth, la madre de Jesús. De acuerdo con los historiadores, María tendría unos 15 años cuando dio a luz, y era ya, por supuesto, la mujer de José.

De acuerdo con la tradición, María pudo haberse comprometido a la edad de 12 o 13 años.

Pero hay un detalle.

En la época de Jesús, y por varios siglos posteriores, el promedio de vida no pasaba de los 35 o 40 años.

Se cree que María falleció de unos 60 años, y, en su día, era considerada una anciana.

Pero en estos casos debemos tomar en cuenta que el matrimonio de una adolescente era “normal,” en una era donde se vivía muchísimo menos y se pensaba en las mujeres sólo para el rol de llevar un hogar y tener muchos hijos.

Hace dos milenios no había tanto estímulo en la sociedad ni se hablaba de una mujer que pudiese tener inquietudes intelectuales.

O sexuales.

La entrada del siglo XX, trae consigo una revolución en el rol que debe cumplir la mujer y los niños son criados, en muchos casos, sin la presencia de uno de los padres–o ambos.

No se trata, claro está, de avalar que una mujer sólo sirva para cumplir la tarea del hogar, ni mucho menos, pero sí de una pérdida de valores.

La generación Alfa es la primera generación nacida en el siglo XXI. No conoce otra cosa.

En Estados Unidos constituyen un 13% de la población. No es poca cosa, muy a pesar del bajón de natalidad que se ha visto en los últimos años, tema que merece su propio análisis.

Del desarrollo de esta nueva ola de jóvenes y niños, quizá lo más preocupante es su hipersexualización y como se ve que los niños no están recibiendo casi ningún lineamiento o apoyo emocional.

Cuando analizamos las raíces de lo que está surgiendo en nuestra sociedad, su decadencia moral y el fanatismo a la idiotez y la insensatez, es imprescindible estudiar con absoluto detenimiento los ingredientes que se están cocinando a nivel de la propagación de todo lo peligroso e incluso lo impensable.

Ya hemos mencionado la ausencia de uno o ambos padres en el hogar.

Luego está la falta de confianza que se debe tener hoy en día en la educación pública, allí donde exista.

La figura del maestro, antes venerada, se ha convertido en la de un propagandista que quiere, con sus estudiantes, cumplir sus fantasías ideológicas y crearle al niño una reverenda confusión sobre su sexualidad, aupando las nuevas creencias de la existencia de un centenar de géneros y de normalizar la interacción menos que apropiada con adultos.

La edad de consentimiento sexual en Estados Unidos es de 16 a 18 años. Sólo eso, 16 años.

No creo que en el mundo que hoy vivimos haya un adolescente que sepa discernir los peligros de tener relaciones sexuales con un adulto, ni se puede medir el trauma con el que posiblemente lidie el resto de su vida.

En Alemania, aún es más preocupante con la edad de consentimiento de 14 años.

En Estados Unidos, un 15% de las hembras ya han tenido sus primeras relaciones sexuales.

Hay niñas que ya han experimentado el sexo oral a los 12 o 13 años.

Muchas de estas relaciones se tienen con adultos.

El adulto está en control. El niño se guía por sus insípidos instintos y un sentido de la confianza que en la gran mayoría de los casos está moldeado por lo que ven en su ambiente o en la cultura.

A esto debemos dedicarle un espacio aparte.

Artistas como Cardi B, Taylor Swift, Miley Cyrus, en el caso de Estados Unidos. O los esperpénticos Bad Bunny, Anuel AA, y hasta Maluma, son los que van a acaparar las listas de los mejores vendidos o los cientos de miles de descargas todo en un sólo día.

El público infantil es el que consume este contenido vulgar, sexual, vanidoso e incluso altamente peligroso con referencias al consumo de drogas o a la pedofilia.

Veamos un claro ejemplo en las letras de la Canción "Reggaeton Champán," de la artista mexicana Bellakath y Dani Flow, también de orígen mexicano:


“Yo no tengo problema si tú fumas hierba

Ojalá te dé tos para que saques mucha flema

Yo le pongo fuego, tú pones la leña

Y mientras el beat suena, te recito un poema


Qué bonitos ojos tienes, quiero chuparte el pene

Con todo respeto, espero no te moleste

Está cerca diciembre, ojalá no te enfermes

Y que no te dé fiebre para que tú me lo entierres…”


La letra completa no la puedo poner en este espacio por principio, pero va in crescendo. Cada estrofa a cuál más explícita.

Estos artistas, si se les puede llamar así, tienen menos de 30 años, y su público, en general, lo conforman adolescentes e incluso niños.

Los productores de música sólo buscan hacer dinero. No se piensa, en lo absoluto, en que este contenido es inapropiado y aberrante, incluso para muchos adultos entre los que me incluyo—y a mucha honra.

Si una niña no tiene supervisión adecuada y se encuentra en YouTube con un video de Bellakath o el último éxito de Bad Bunny, va a creerse que ese contenido es adecuado y, sobre todo, normal.

¿Que la industria musical tiene responsabilidad?

Sin ninguna duda, y ese contenido debería ser anatema.

Pero al final del día los únicos responsables son aquellos que tienen a cargo la educación y el bienestar de un menor.

Si así fuese, hubiese un enorme porcentaje de estos seudo artistas y disqueras que ya se hubieran declarado en bancarrota.

La hipersexualización de los niños es lo que lleva a los lobbys a querer monetizar y comercializar con la pedofilia.

La pedofilia, que quede muy claro, no es “una preferencia sexual,” como nos han querido empezar a hacer creer, blanqueando uno de los peores crímenes de la humanidad.

La pedofilia quiere introducirse como una de las tantas formas en que se mantienen relaciones entre dos personas, una de ellas siendo menor de edad.

Ya hay muchos activistas que incluyen la P en el alfabeto LGTBQ.

No es broma.

En España, la ex-Ministra de Igualdad, Irene Montero, de la extrema izquierda más rancia, ha defendido que los “niños, niñas y niñes” pueden mantener relaciones sexuales con quien ellos quieran.

Los medios afines a esta basura avalan también la normalización de que un adulto tenga relaciones con menores y trafique con pornografía infantil.

Otra posibilidad que debemos empezar a ver con ojos muy críticos es la constante y abrumadoramente profunda islamización de Occidente.

Tradicionalmente, en el Islam, el matrimonio infantil es una estampa muy común. En estos países donde hay un alto grado de pobreza y miseria, casar a una niña de seis años con un anciano es usual a modo de pagar una deuda o, en el mejor de los casos, intentar dar a una niña una vida más holgada.

Esta niña es abusada física y emocionalmente y es vista como un objeto. Su iniciación en la sexualidad tan prematuramente le deforma toda percepción de lo que debe ser una relación sana.

La palabra “amor” no la llegan a asimilar jamás.

Luego están los denominados “Bacha Bazi,” una práctica muy vista en países como Afganistán, teocráticos y con el Talibán al mando, donde se utilizan niños en situaciones muy precarias para vestirlos con adornos o accesorios femeninos para el placer de hombres adultos.

En la mayoría de los casos, los “Bacha Bazi,” que se traduce como “niño juego” o “niño juguete,” bailan sugerentemente y se hacen esclavos sexuales de sus amos. Porque son esclavizados.

La penetración de la cultura musulmana, tan incompatible con nuestros valores, podría estar creando un nivel de tolerancia inaceptable al comportamiento brutal de estas civilizaciones que, en muchos casos, viven con la ley Sharia.

Promover contenido infantil y pro familia es menester y no lo deberíamos recordar con nostalgia.

En Venezuela a los niños les cantaban los payasos Popy y Cepillín. En vacaciones íbamos a Disney World como quien iba al paraíso.

Nuestros padres supervisaban nuestras visitas a los amigos y nuestros paseos en las escuelas.

Nuestros maestros nos hacían respetar nuestras fechas patrias y nos enseñaban a leer novelas clásicas.

No podemos seguir tolerando que los niños se críen para ser marionetas inservibles e idiotizadas, serviles a cualquier aberración que hiera su sensibilidad y atrofie su percepción de su sexualidad.

Por otro lado, es urgente que las leyes en favor del bienestar infantil sean lo más severas posible.

En el estado de Florida si un pedófilo abusa de un menor de 12 años, es condenado a la silla eléctrica. Sin vuelta de hoja.

Las consecuencias de una empobrecida o, ya de hecho carente, educación sexual, es lo que ha producido casos tan sonados como los de Jeffrey Epstein, del cual seguiremos hablando, a medida que se van revelando nombres y secretos de redes pederastas.

El tráfico de niños con fines de prostitución son muy conocidos en Asia y en ciertas regiones de México.

De muchos de estos casos sólo hemos visto la punta del iceberg.

Escándalos de pedofilia siguen salpicando a la Iglesia Católica, con muchas autoridades eclesiásticas, como se dice vulgarmente “haciendo la vista gorda.”

Destrozar las mentes y el crecimiento de un niño tendría como consecuencia un mundo confundido, escaso, infértil, debilitado e inservible, precisamente lo que se busca para poder introducir sin mucha resistencia agendas ideológicas con los que unos hacen caja, y muchos se quedan en un cajón.

Es un cliché decir “los niños son el futuro.”

Sí, es verdad. Es una frase trillada.

Pero es que vivimos en una época donde tenemos que plantearnos si, de verdad, queremos que haya un futuro.

El niño no es un instrumento ni es un peón de agendas ideológicas.

Literalmente estamos condenados a desaparecer si no vemos que el niño Occidental se está convirtiendo en un pequeño ser desafortunado y miserable, manipulado por la indiferencia de sus padres hipnotizados con la ideología de género y comprando juguetes con banderitas pro LGTB.

Si no tenemos claro el por qué estamos batallando esta guerra sin cuartel, que por lo menos, no nos cueste decir que lo hacemos para la salvación de una infancia, que sólo será infancia por unos años y ya luego, como Dios manda, cumplirá su propósito como adulto.

La esencia de una sociedad sana comienza por tener niños capaces, estudiosos e inteligentes.

 tanto, Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, haro, Charo, Charo, Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo Charo, Charo, Charo, Charo, Charo Charo, Charo. a prueba su crecimiento, se puede decir que por desgracia, un niño bien avenido es una especie en extinción.

Decía Frederick Douglass (1818-1895) político, escritor, y abolicionista (él fue esclavo hasta 1838): “Es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres rotos.”

Nuestro mundo se está rompiendo en pedazos. De eso que no nos quepa la menor duda. Los niños (con su magia y su delicada inocencia) son los que nos harán seguir llevando esta reconstrucción y reconquista, sí, y a poner las piezas en su lugar.

Ellos, los niños, sólo nos tienen a nosotros.

Y nosotros no queremos un mundo sin ellos.


















Seamos Guerreros de la Luz---no de Tablero!

En el año 73 AC, Roma vio los cimientos de su República temblar como pocas veces. Revueltas habían sido vividas. Hazañas habían sido contada...