Tuesday, December 5, 2023

Yolanda de Aragón: La Reina de la Propaganda


Los campos de batalla del siglo XXI, poco, o casi nada, tienen que ver con las gestas bélicas de hace 500 o 600 años. Las historias son diferentes. Los motivos para entrar en conflicto se definen de un modo único. Pero sí, podemos decir sin duda que estamos preparándonos para una nueva cruzada, con el fin de salvar, proteger y rescatar a nuestra malherida civilización Occidental.

Hablar en estos términos puede resultar cansino. Un lugar común que hasta podría parecer obvio para los muchos (aunque no suficientes) que hemos despertado y que estamos dispuestos a ser los nuevos guerreros del nuevo milenio.

La pompa que acompaña a estas palabras es cuidadosamente pensada. Las palabras guerra, civilización, milenio, cruzada, y salvación son todas y cada una, palabras dragón que despiertan enorme gozo y pasión para quienes las pronunciamos, y si he podido cumplir con mi cometido, para ustedes que me las escuchan decir.

Esta pasión está canalizada a través de un mensaje que debe resonar con urgencia y nos debe emocionar a todos a seguir la lucha y a aniquilar de una vez por todas a nuestros protagonistas antagónicos.

Nuestra guerra la llamamos "batalla cultural" y a nuestro enemigo, "agendas ideológicas" o "cultura woke" o "los amos de Silicon Valley" o "Naciones Unidas" o incluso podemos darle un nombre propio que sea en sí mismo una definición de muchos personajes con las características de ese personaje. Por ejemplo "Bill Gates."

Si continúo captando su atención, ya los he motivado para que cada uno de ustedes utilice sus dones de letras o palabras o conocimientos de tecnología para crear una estrategia infalible para derribar a nuestro objetivo.

Así como se nos despierta la pasión y el ansia de victoria, también empezamos a salivar ideas y nos sentimos indestructibles.

¡Primero Dios, venceremos!

En estas pocas frases de introducción he generado, de una manera muy primitiva, pero concisa, un mensaje de propaganda.

En nuestras luchas para destronar al mal, hoy por hoy, no hay enemigo peor que la propaganda. Los antiguos romanos, China (antigua y actual), el Imperio Ruso, el Imperio Otomano, todos y cada uno de ellos, sentaron cátedra en el ámbito de la propaganda.

Les he incluso comentado como Ghengis Khan producía su propia propaganda, exagerando su poderío y siendo más que explícito en como lidiar con los espolios de los territorios conquistados. Esta estrategia hacía que sus rivales se rindieran incluso antes de que se acercaran las tropas de Khan, y la victoria de la invasión estaba servida.

El auge del Tercer Reich y toda su monstruosidad dependió casi de manera única en la pericia y la falta de escrúpulos de Joseph Goebles, el Ministro de Propaganda.

Hoy en día se podría decir que el ascenso de Pedro Sánchez Pérez Castejón en la actual España es, por un lado, la desmedida ambición de Sánchez por obtener el poder, y por otro, un conocimiento casi científico de los talones de Aquiles de cada uno de sus rivales y sus aliados políticos. 

El uso de la propaganda es el estandarte que ha dado luz verde a todas las grandes gestas históricas de nuestra civilización.

Pero estos ejemplos que hemos descrito anteriormente tienen, por desgracia, graves connotaciones. Los personajes nos inspiran temor e incertidumbre. Conocemos (o estamos por conocer) las terribles consecuencias de haber puesto a estos personajes o movimientos sociopolíticos en la cima del poder.

Pero las armas de la propaganda también, si se tiene la voluntad y la habilidad adecuada, puede utilizarse para lo que definiremos como "el bien." Hablamos de la constitución o restauración de los valores judeo cristianos que nos definen, el decoro, la integridad y la contundencia frente a las agendas que tan ágilmente nos amenazan. Para mí, y seguro, para muchos de ustedes, esto puede bien reafirmarse como "el bien."

Lejos, muy lejos, de aspirar a llevar vidas épicas, nuestra mayor satisfacción ha de ser el encontrarnos cada día con nuestro propósito, nuestros dones divinos. Nuestros innegables talentos. Nuestra intención debe, por encina de todo, derivar del amor. Si deriva del miedo, estamos perdidos.

Encarar sin temor a todo lo que nos da luz, nos garantiza éxito y una abundancia inimaginable. Pero sobre todo nos regala la mayor bendición a la que podemos aspirar, paz. Salud y paz. Todo lo demás son adornos. Bellos y deseados adornos, pero son, en la jerarquía de lo divino, secundario.

Vivir con propósito, con fe infinita y con convicción nos es recompensado por Dios que sabe en su inagotable sabiduría colocarnos donde debemos estar y premiarnos con la presencia y los afectos de las personas adecuadas.

La figura de Juana de Arco cumple, a rajatabla, con todo lo que he podido expresar anteriormente. Una pequeña pastorcita iletrada de la región de Lorena, en la Francia del siglo XV, que, habiendo padecido de primera mano, los horrores de la invasión de los ingleses con complicidad de los Borgoñones, se sintió inspirada por Dios, y dando a Él todo el crédito, decidió que debía cumplir con una misión divina: liberar a Francia de sus acérrimos enemigos y coronar al Delfín Carlos, que pasaría a la historia como Carlos VII, El Victorioso.

Juana de Arco, la Doncella de Orléans, es la persona que más admiro en el mundo. Es mi personaje histórico favorito y mi modelo espiritual, aun sin profesar la misma religión.

Podría quedarme a hablarles de la historia de Juana por horas y citar las docenas de libros, tanto para adultos, como para niños, que poseo de sus hazañas históricas y su ascenso hasta convertirse, junto a Teresa de Lisieux, en Santa Patrona de Francia.

Pero la historia de Juana de Arco, quizá no fuese posible, o por lo menos no sería tan conocida, tan venerada e indiscutiblemente relevante, si no fuera por su extraordinario "equipo de propaganda" liderizado por la Reina Yolanda de Aragón.

Tristemente, Yolanda de Aragón, no ha alcanzado, digamos, que el estatus, que una mujer de su categoría, sin lugar a dudas merece. Deberíamos todos saber de Yolanda de Aragón, como quién sabe de Leonor de Aquitania, o Catalina de Aragón, la primera esposa de Enrique VIII, o, incluso, de la misma Juana de Arco. 

La muy joven Juana de Domrémy, se convierte junto a su tutora y mentora Yolanda en los polos de lo que sería la triste figura de un Carlos, y que, precisamente, gracias a ambas, es un rey conocido y querido entre las historias de los monarcas de la dinastía Valois en la Francia medieval.

Yolanda tuvo una existencia, para nuestros estándares de hoy, muy corta. Falleció de 58 años. Pero fueron 58 años vividos con intención, astucia y una pasión por Francia que la hace, tras bastidores, la dama de hierro de la incipiente monarquía de su yerno.

Yolanda nunca fue reina por derecho propio, aunque aspiró por años a la sucesión del trono de Aragón donde se favorecía a los varones, a pesar de que ella era la única sobreviviente de los hijos de su padre Juan I. 

Tuvo, por suerte, un feliz matrimonio con Luis II de Nápoles, a quien dio seis hijos, y que confió siempre en las habilidades de su consorte para gobernar. Yolanda era tan bella como inteligente. Y es conocida, históricamente, como "La Reina de los Cuatro Reinos": Sicilia, Jerusalén, Chipre y Aragón.

Pero estos títulos no correspondían realmente a su influencia e incluso poder sobre estas regiones. Aun así fue una brillante estrategia de propaganda para dar a Yolanda prestigio y categoría. Yolanda, apoyada por su esposo, sí que se hizo casi dueña de las tierras del Ducado de Anjou, que estaban en Francia, y de las cuales Luis II tenía legítimo dominio.

Su vínculo con la corte francesa lo tiene al quedarse viuda y concretar una unión entre María de Valois, su hija, y el Delfín Carlos, a quien Yolanda conoció de toda la vida y a quien adoraba.

Carlos fue rechazado por sus progenitores. Un rey completamente loco y una madre que abiertamente recibía a sus amantes en la corte. Carlos nunca supo, aunque se asume que fue el rey, quien fue su padre biológico.

Yolanda, genuinamente, cuidó de la salud de su yerno, y fue idea de ella que se retiraran a vivir a los castillos propiedad de Yolanda en el Loira, donde en 1429 recibirían a la Doncella de Orléans.

Los consejeros del heredero eran escoria, y fue Yolanda quien instó a su yerno que recibiera a Juana de la que ya se hablaba a lo largo y ancho del reino. Juana nunca tuvo vergüenza en decir, a quien quisiera escucharla, que había venido de Dios, y que había sido aconsejada por el Arcángel Miguel, y dos de sus santas favoritas, Catalina de Alejandría y Santa Margarita.

Yolanda lo tenía muy claro, había que recibirla y escucharla. De todo lo demás se haría ella a cargo. 

Yolanda, en términos de la música y el entretenimiento de nuestro siglo, es lo que se conoce como una agente. Las siglas en inglés son AI, "artist development." Este término podemos traducirlo como "agente artistico."

Con un conocimiento impecable de la propaganda y la propagación de esta en los medios y las redes, estos agentes son imprescindibles para convertir a un aspirante a "cumplir sus sueños" en una Mariah Carey o Karol G. Los nombres de Clive Davis, Tommy Mottola, o Quincy Jones han sido ejemplos de esta imprescindible sombra detrás de las estrellas por décadas.

Desgraciadamante, la decadente industria del entretenimiento ya ha prescindido de estas figuras, y ahora a los artistas los asciencen o destruyen las redes y los medios digitales.

Volviendo a 1429, El discurso de Juana era más que convincente y Yolanda la puso a prueba escogiendo a dedo a teólogos de la corte para que la interrogaran sin piedad. Juana pasó la prueba y Yolanda comprobó no solo que hablaba con la verdad sino con indiscutible santidad.

Pero Juana era completamente ajena a todas las intrigas y los protocolos de una corte real. Yolanda era una experta. Así que, la astuta monarca dijo "manos a la obra" y el resto es, indudablemente, historia.

Yolanda, junto al Delfín, se dejan convencer para crear una audiencia frente a la vasta corte de los Valois, donde Carlos hace que se esconde entre la muchedumbre y pone a un impostor en el trono. 

Supuestamente, Juana no conocía a Carlos, y al llegar al trono, hace que duda y se va caminando por el salón hasta toparse con un hombre que, disfrazado, de cortesano, ella lo llama "mi rey" y se postra a sus pies. Los presentes quedaron deslumbrados. ¡Había nacido una leyenda!

Esta escena es de las que más ha trascendido de la historia de Juana de Arco, y se ha hecho ver como un genuino acto de intervención divina. Pero, no, fue una idea de la "Reina Madre" para impresionar a los presentes y empezar a animar a los franceses a deshacerse de los ingleses.

Yolanda tenía un enorme respeto por sus súbditos y sabía que aunque eran gente simple e incluso ignorantes, poseían un gran corazón y eran profundamente religiosos. Juana era prueba de ello.

Yolanda también hizo a Juana la "protagonista" de una conocida leyenda urbana donde se hablaba que una doncella de la región de Lorena vendría a salvar a Francia. Era una profecía que Yolanda en seguida y muy hábilmente hizo correr para que se pensara que Juana era la esperada heroína. Sin duda, el momento que se vivía era óptimo.

Pero muy lejos, estuvo Juana de ser un fraude. ¡Para nada!

Yolanda abre las arcas del reino para financiar a la doncella y proveerla con un ejército del cual ella sería una líder espiritual. Pero bien que se lució como soldado y sus estrategias de guerra eran excepcionales. Sus tropas se rindieron a sus severas órdenes y, casi enseguida, llegaron sus mayores triunfos. Primero Orléans, y posteriormente Chinon y Compiègne. 

Los ingleses atónitos empezaron a hablar de brujería y de hechizos. Pero los capitanes de Juana sabían que, sin miramientos, Juana era una guerrera innata.

Finalmente, Carlos fue coronado rey de Francia en la fabulosa Catedral de Reims, en presencia de su santa doncella.

Pero Juana comete un craso error y es que no acepta que Carlos, ahora, soberano con todas las de la ley, decidió hacer un alto al fuego y tratar de negociar con Borgoña.

Juana sabe que aún quedaba mucha Francia bajo la amenaza de la corona inglesa, y, eso incluía París. Juana desafía las órdenes de Carlos y de Yolanda y se atreve a entrar en guerra con un ejército minúsculo y sin financiación alguna.

Por supuesto, Juana tiene todas las de perder, y es capturada. Un supuesto rescate es rechazado por las cortes de Carlos, y Juana termina siendo una prisionera política que, acaba su corta experiencia en la hoguera, sucumbiendo a la propaganda de sus enemigos que la habían acusado de hechicera.

La propaganda es tan protagonista de la historia de Juana de Arco, tanto como lo fueron los miembros de la realeza. La buena estrella de la doncella es propagada por su legendaria fe y sus convicciones religiosas. Su terrible deceso es el producto de haber alimentado, que su proveniencia divina era fraudulenta.

En el mundo actual, la propaganda, brillante y nada comedida, se ha utilizado para la destrucción y el desprestigio moral de nuestra sociedad. 

La tecnología que hoy conocemos era impensable imaginarla en la corte de los primeros reyes de Valois, o, incluso, posteriormente, de los Borbones.

Muy a nuestro pesar, sin embargo, pareciera que la ambición de poder y de participar en los turbios negocios que financian a las nuevas agendas es más fuerte que todo.

Tampoco, muy desafortunadamente, entre nuestros jóvenes, se ve apuntando a una Juana de Arco, que apenas tenía 17 años cuando libró la batalla de Orléans.

Su firme devoción, su amor infinito a Francia y su lealtad a Carlos, hoy no la tiene ningún adolescente por nada, excepto por su cifra de seguidores en TikTok.

Los movimientos comúnmente allegados a los conservadores son mediocres y hasta esperpénticos. Los líderes de estos movimientos no escuchan a nadie más que a sí mismos, y se dejan dominar por sus egos. De nuestros rivales, esto nos queda clarísimo. Pero, es peor darnos cuenta de que nosotros, que estamos, como se dice vulgarmente, del "lado correcto de la historia," seamos tan poco creativos y estemos tan dispersos.

El tiempo no pareciera estar de nuestro lado. Las "Yolanda de Aragón" se rinden, se corrompen o simplemente se cansan.

Pero hay que desempolvar y recoger los estandartes de la fe y el optimismo. Tenemos que ser implacables y por sobre todas las cosas, creer en nosotros mismos. Dios sabe siempre ponernos en el camino adecuado y enviarnos a nuestros aliados en esta lucha.

No tenemos por qué aspirar a pasar a la historia. Pero sí a escribir, con máxima contundencia y perseverancia, la historia de una civilización que nunca pase.


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