La conocida como “La Oración de la Serenidad” ha sido atribuida al filósofo y teólogo Estadounidense Reinhold Niehbur.
Su origen no está al cien por cien claro, pero la intensa reflexión que nos inspira podría haber sido diseñada a partir de los escritos de Marco Aurelio, Cicerón, Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, entre muchas otras testas brillantes.
Popularmente, se dice fue escuchada por primera vez en un sermón del propio Niehbur en los años 1940s en el estado de Massachusetts.
Pero quizá lo más relevante de la plegaria en honor a la serenidad es su relevancia, su universalidad y su urgencia en nuestros tiempos tan difíciles.
La hipótesis que hoy plantearíamos sería: ¿Puede la “Oración de la Serenidad” ser la respuesta a los que nos enfrentamos a la batalla–y cruzada–para salvar a nuestra civilización?
Empecemos...
La oración, en mi opinión, requeriría una primera estrofa, un renglón inicial donde nos debemos poner a meditar qué es lo que ha cambiado que debemos aceptar, y sobre todo, si hemos abandonado a su suerte a nuestros principios?
En otras palabras, debemos ser honestos con lo funestos que hemos sido con nuestros valores, pues hemos abierto puertas prohibidas para que cada día el caos haga su mejor esfuerzo para empujarnos al abismo.
Para aceptar lo que no podemos cambiar tenemos que estudiar a fondo lo que sí ha cambiado para tener los resultados catastróficos que hoy lamentamos.
Hay otra pregunta, ¿desde cuándo queremos medir los cambios de nuestro mundo y de nuestras generaciones?
¿Cien años? ¿Veinte años? ¿Desde la pandemia del COVID-19?
Nuestra perspectiva de donde damos el pistoletazo de salida es imprescindible.
En los últimos pocos años se ha puesto el pie en el acelerador en querer apresurar la destrucción de lo que hasta antier era de por sí una plegaria común en Occidente: Dios, patria y familia.
Vuelvo y repito, la oración nos ofrece consuelo frente a todo aquello que cambiar no podemos. Pero, el drama es que hemos cambiado el mundo de la forma que no debemos.
La revolución industrial, por ejemplo, nos situaría en la Europa del siglo XVIII. La revolución tecnológica nos situaría en las últimas décadas del siglo XX hasta el presente.
La conjunción y el posterior ensamblaje de estas dos eras imprescindibles para el desarrollo laboral e intelectual de Occidente, nos pondría en el epicentro a generaciones, casi en extinción que levantaron los cimientos de las hoy conocidas como potencias mundiales.
Precisamente la ambición de querer prosperar para dejar atrás la miseria de dos Guerras Mundiales, pudieron haber puesto, sin querer, la primera piedra de este preocupante acabose moral que estamos tratando de revertir.
La primera frase de la oración de la serenidad sería, no el aceptar que el mundo ha cambiado y pedimos tranquilidad ante ello.
Absolutamente lo contrario.
Aceptemos que cometimos todos los errores del libro. Hagamos las paces con la realidad y estemos todos de acuerdo que el desastre del mundo actual lo creamos nosotros.
La ambición inconmensurable de los que en su día fundaron las élites de poder, avanzaron sin freno. Sus arcas quedaron llenas de oro y nuestra civilización quedó aplastada en las trincheras del miedo.
Aceptemos algo imperdonable y es que a Dios se le ha querido fuera de nuestras vidas, como si fuese algo incómodo, un Padre severo al que debemos engañar para seguir nuestro propio sendero.
Aceptemos que somos responsables.
Aceptemos que estas primeras batallas para intentar echar redes al mar para rescatar nuestra paz y nuestra moral perdida, no ha dado frutos vivos, sino semillas secas.
La serenidad de aceptar lo que hemos construido y ver lo que con nuestras manos hemos deshecho nos llama, no a resignarnos y ver como se nos cae nuestra civilización a pedazos, sino a poner la brújula en funcionamiento y ver dónde está el norte y poner nuestras alas al servicio del viento.
La segunda línea de la oración de la serenidad nos empieza a construir un nuevo horizonte de esperanza.
Ya estamos claros. Ya hemos recogido las provisiones necesarias para un viaje arduo y complicado.
Nuestro ánimo va in crescendo porque debemos orar para tener coraje y bravura para romper en pedazos todo lo que nos destruye. Soñamos con el adversario de rodillas, merecedor de nuestro tiro de gracia.
Pero tener alma de gladiador nos debe hacer no violentos sino cautos; filósofos, teólogos, políticos y estudiantes. Todo en uno.
Allí nos encontramos, francamente, con uno de los obstáculos más difíciles de abatir, puesto que la desidia y la indiferencia de tantos por tanto tiempo, ha hecho del nuestro un mundo de analfabetos idiotas; de apaciguadores y victimistas; de corruptos y manipuladores.
Navegamos en aguas turbias e infectadas. Nos exponemos a espejismos de virtud que luego resultan ser molinos de viento (literalmente!)
De pronto el enemigo a abatir es sólo un algoritmo guabinoso que nos vende la mula ciega.
De pronto se ha hecho, se aplaude un teatro absurdo con algo que cambia sin cesar, el clima.
De pronto vemos que a diferencia de nuestros ancestros, somos ignorantes y frágiles.
De pronto el mundo prefiere rendirse.
Volviendo a nuestra mención de la era tecnológica, los jóvenes ya no ven con buenos ojos laborar desde temprano, cumpliendo horarios, sino ir a un cibercafé con el androide como maestro guía y TikTok como un David Copperfield experto en distorsionar la realidad y crearnos una conciencia ficticia.
Una arroba se ha hecho sinónimo de altavoz, y una red social se ha convertido en el nuevo púlpito donde se oyen sermones imperfectos, pero irresistibles.
Los jóvenes han perdido su criterio y sus padres están encerrados en sus carreras y en su ambición de construir imperios aunque la base sea de arena.
Hay tanto que cambiar.
Pero también toca aceptar que el daño que hemos hecho a millones y a nuestra sociedad, en mucho es irreversible.
Los que estamos hechos para pelearnos contra la corriente somos pocos, en comparación con la horda de espectadores absortos e hipnotizados.
A los valientes no se les construye en fábricas ni se les manipula como arcilla.
El valiente se sabe pleno de ese coraje que lo lleva a ser león de leones, pase lo que pase.
Hacen falta titanes. Los hay ya, y bien que sabemos sus nombres. Tenemos un Trump abanderando la lucha contra la corrupción y la violencia subvencionada por los medios y las élites de las ONGs.
Tenemos un Elon Musk que ha sufrido en sus carnes el dolor de perder a un hijo al wokismo y los trapos de la decadencia LGBT.
Contamos con un Nayib Bukele que se salta las reglas para reconstruir un país que era un granito de arroz quemado por la delincuencia y hoy es una pequeña gran mina de platino que no cesa de sorprender.
Conocemos a Javier Milei en el Cono Sur, en Argentina, convenciendo a millones que la libertad avanza y que Argentina se cansó de ser tercermundista!
En espera, con prisa y sin pausa, tenemos a un Santiago Abascal que hará a España muy grande, con suprema elegancia y una gloriosa cabalgata que nos recuerda la reconquista de los Reyes Católicos.
Con tantas ganas y tantos nombres, elevar una oración al Cielo para recibir luz y bríos, hace más fácil y más accesible nuestra victoria.
La tercera línea de tan lúcida plegaria nos habla de sabiduría.
La sabiduría para reconocer cuándo actuar y cuándo esperar.
Una especie de luz amarilla que nos indica ir despacio para leer las coordenadas de un mapa complejo.
Si actuamos con el corazón acelerado en demasía, el riesgo a estrellarnos es inmenso.
Si actuamos con prisa, quizá volemos, pero lejos no vamos a llegar porque esas alas que queremos que se empapen de viento, serán demasiado débiles.
Cuando actuar, cuando esperar.
En esta divina oración se ponen en el tablero la disciplina, la fe, la sapiencia intelectual, pero también, si queremos ver pasar el cadáver del enemigo (literal o figurativamente) se deben hacer presentes los tiempos de Dios.
Dios no elige a los preparados, Dios prepara a los elegidos.
Aceptar los tiempos de Dios también es serenidad.
Deconstruyendo una oración tan perfecta, convertimos nuestra alma en un general de cinco estrellas y en un Hernán Cortés del nuevo milenio.
¡Este mundo pide a gritos un cambio; las injusticias desangran continentes enteros!
Para recapitular, debemos aceptar que tuvimos un rol protagónico en la destrucción de aquello que se hizo para ser permanente y certero.
Nacemos cachorros, pero nos une un destino de leones imparables.
Marca el compás de nuestra lanza y nuestro grito de guerra el buen tino y la grandeza.
Dios ha de ser el principio y el fin.
Como dijo Juana de Arco cuando inspiró a soldados rasos a cambiar el rumbo de Francia, y sin saberlo ella, de la historia misma:
“Actúen, y Dios actuará!”
Paz, sí, siempre. Toda. Pero sólo a través de la fortaleza.
¡Y que una civilización entera ruja un AMÉN infinito!

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