En esta era de redes sociales, no debe extrañarnos que el uso del humor, aún el humor negro, sea, potencialmente, una lección para ver lo que nos está pasando como civilización.
Este análisis está inspirado por un sketch hindú (hablado en inglés) llamado “The elevator prank” (La Broma del Ascensor)
La palabra “prank” la podemos traducir como “broma,” pero es quizá una broma un poco de mal gusto. Muchos de ustedes deben haber visto olas de estos sketches y, al igual que yo, se pueden haber reído muchísimo.
Sin embargo, este que voy a describirles, lo menos que da es risa y nos puede poner a pensar si lo que vemos aquí es un reflejo del comportamiento del mundo—o una buena parte de él.
En estos vídeos, la mayoría de los participantes son actores.
Excepto, claro está, la “víctima” de la broma. Al final, casi siempre, salen los actores abrazando al participante y le indican que está en un tal o cual programa.
A reír todos. Estás en la cámara escondida!
En este escenario en particular, aparecen tres actores, un hombre y una mujer, al principio del vídeo y un tercer actor que llega a mitad del "show."
El hombre y la mujer, los actores protagonistas, entran a un ascensor y se encuentran con un señor que ya estaba allí esperando llegar a su piso.
A este muchacho, porque es un joven de unos veintitantos años, sería el que está llamado a ser la "víctima" de la broma.
El protagonista, el hombre al que vemos como el líder de este "prank," lleva en su teléfono una canción bien pegadiza y empieza a decir: “dance!” (baila!) y tiene coreografía ensayada y todo lo demás. La muchacha que lo acompaña, la actriz, empieza a bailar con él.
El muchacho que está en el ascensor, se queda sorprendido, pero no dice nada. No se mueve.
Sigue el actor protagonista: “dance!” “dance!”
En eso aparece el que sería el tercer actor, al que vemos en este momento por primera vez, llegando al ascensor con cara de póker. El protagonista del vídeo y la mujer que lo acompaña no paran de bailar, mientras el que ha llegado nuevo al ascensor se hace el que no ha visto nada.
El de la música le espeta: “DANCE!!!”
El joven dice: “no dance!” (no quiero bailar!)
En ese momento el de la música lo agarra por la nuca y le golpea la cabeza contra la pared del ascensor haciendo que el hombre se caiga y se haga el que quedó inconsciente.
Adivinen qué sucede con el hombre que estaba en el ascensor cuando llegaron los dos actores:
Se pone a bailar.
Frenético. Como si estuviese en una discoteca. Y los ojos llenos de susto. El otro sigue con su verborrea, “Dance!”
En este particular caso no hay un final dónde a la víctima le enseñen la cámara oculta, lo cual podría significar que todos los participantes son actores.
En resumen el que es víctima de la supuesta broma actúa un poco, y no es exagerado decirlo, como los perros de los experimentos de Iván Pavlov, donde un estímulo neutro hacía salivar a los perros, hubiese o no comida para ellos.
En este sketch, el estímulo que pone a bailar al hombre que ha sido cercado en el ascensor es el miedo.
Viendo que al negarse, el actor golpeó al que se negó a obedecer, el otro decide claudicar y ponerse a bailar como le han ordenado.
Otro detalle, en ningún momento se pide "por favor" o se da opción.
Puro grito: "DANCE!"
Es mucho más impactante que lo que pueda describirse con palabras.
Lo que podría haber tenido la intención de ser un sketch de humor, se convierte en un experimento social, a mi criterio.
Este análisis bien podría ser una continuación, o tal vez, una arista alternativa al que ya hemos hecho sobre las figuras patéticas de los apaciguadores, utilizando la frase célebre de Winston Churchill.
El apaciguador es casi siempre un ser acomodaticio, oportunista, vividor y mediocre.
Pero si proyectamos este sketch del que acabamos de hacer mención y lo proyectamos al comportamiento servil y maquiavélico de muchas figuras con poder, vamos a intuir, con bastante rapidez, que el factor miedo, se convierte en un protagonista al que no podemos, como el loco de la radio, dejar de ignorar—u obedecer.
Se dice, desde una perspectiva espiritual, que la conducta humana obedece sólo a dos emociones, el amor y el miedo.
El bien y el mal.
Puede sonar polarizante, pero es cada día más evidente que el comportamiento de nuestros ciudadanos en cualquier ámbito, dirige su mirada a la oscuridad, al temor, y al castigo. O, simplemente, el temor al castigo.
Los perros de Pavlov, claro está, al ser animales, se condicionaron a salivar hubiese o no comida.
Los seres humanos de esta infame civilización en decadencia están, en su mayoría, siendo adiestrados, apaciguados para ser débiles y responder al miedo.
Miedo. Miedo. Miedo. Eso es lo que vemos que mueve los hilos.
Y no se escapa nadie. Los que vemos como cabecillas de las élites; los que mantienen el control e influencian a las esferas de poder, también, en grado superlativo, viven con miedo.
Se teme lo que no se conoce. Se teme lo que no entendemos. Tememos como mecanismo de defensa.
Todo esto podríamos decir que es cierto, pero, al final, hacemos de estas justificaciones una excusa perfecta para seguir siendo condicionados y controlados.
Con ejemplos podríamos llenar una colección de enciclopedias.
De hecho desde un punto de vista psicológico en este medio ya hemos hecho mención de muchas instancias donde el miedo vence al hombre una y otra y otra vez.
Sin perder el foco en el escenario del ascensor, lo que vemos es un caso típico de un bully, un patán que sabe que si utiliza la violencia va a amedrentar a sus víctimas.
La mujer que acompaña al bully que se pone a bailar sin problema alguno, ya está captada. Ella no agrede, pero tampoco evita que su compañero lo haga. Es muy posible si llevamos este ejemplo a una historia real, que a ella, o le pegaron, o ella, como el muchacho del vídeo, empezó a bailar para no sufrir una golpiza.
La mayoría de las personas del mundo son como la mujer.
La mayoría de las personas están condicionadas.
Sí está mal, parecieran decir, pero no puedo hacer nada. O "ese no es mi problema.”
El protagonista, con su “dance, dance, dance” también, para poder tener el comportamiento tan cuestionable que tiene, puede haber sido él víctima de alguien que lo puso a bailar como un mono de circo.
En vez de escapar la trampa, se volvió otro monstruo hambriento de maldad.
Podríamos plantear la siguiente hipótesis…
Es acaso el “bullying” colectivo lo que está llevando al mundo a su acabose ideológico, mental y social?
El “bullying” es un asunto muy serio. Habiéndolo yo padecido de niña y de adolescente, es un tema que abordo con tristeza y con mucha sensibilidad.
Pero quizá sea menester ver al “bullying” a los ojos y quizá el antídoto al dolor y al trauma que causan, de por vida, sana sólo si desmontamos ese teatro y examinamos de cerca a los agresores.
El llamado bullying, en la mayoría de los casos, como el mío propio, comienza con el llamado “acoso escolar.”
Las aulas y los patios de recreo son, en su gran mayoría, los lugares para que entre compañeros, se agredan verbal o físicamente, una vez que los bullies los ponen en su mira.
En mi historia, el bullying lo llevaron a cabo dos niñas a las que yo había considerado mis amigas y con las que había compartido pláticas, tareas y paseos.
Era obvio que una de ellas era la que instigaba a la otra para hacerme daño, y tenían una creatividad muy fértil, sobre todo tomando en cuenta que sólo teníamos 14 o 15 años.
Al tiempo, me dijeron que una de las agresoras se había metido en drogas. La otra tuvo una vida más o menos normal, y, habiendo yo tenido con ella una amistad, la ex-bully me pidió perdón unos días antes de la graduación de bachiller.
Ella se había ido del colegio, pero asistió a la graduación.
Casi cuarenta años después, y sin ánimo de justificar lo que ellas hicieron (no sólo a mí, sino a otras compañeras) me percato de que estas niñas eran a su vez víctimas de su propio ambiente.
Una era hija de una madre alcohólica. La otra tenía todos los síntomas de haber sido abusada en su entorno familiar.
El colegio era muy pequeño y del bullying nadie se salvaba.
Una de mis amigas, una muchachita modocita y excelente alumna, fue captada por estos dos demonios, y empezó a fallar en sus estudios y a seguirle la corriente a los bullies, convirtiéndose ella en una acosadora también.
El único antídoto contra el “acoso escolar” es tener un gran apoyo de la familia y el tratar de no tener ningún contacto con las agresoras.
Hay otra solución que es defenderse hasta las últimas consecuencias. Pero yo no tuve el carácter ni el coraje para esto y tuve miedo (aquí está la palabra clave) de que me expulsaran de mi colegio.
El acoso escolar es grave porque se convierte en un círculo vicioso. Los bullies se agreden entre sí, en busca de más poder y más influencia. Las víctimas, pensando muchas veces que a ellas no les va a tocar, se convierten en apaciguadores de los bullies.
Al final, el problema sigue, pica y se extiende.
Como adultos nos damos cuenta de que esta misma fórmula de agresión tan macabra existe en el ámbito laboral, y también en la relación tóxica de los ciudadanos con sus gobernantes y figuras de influencia.
Vamos a parar en este punto un momento…
El politólogo argentino, Agustín Laje, en múltiples análisis sobre la influencia de los personajes de izquierda que llegan al poder, menciona que el ciudadano de a pie, parece tener sólo una razón de peso para votarlos: confían en ellos.
No los conocen más allá de las campañas manipuladas de los medios de comunicación y de las propias maniobras de estos individuos para, como se dice vulgarmente, engatusar a su electorado.
Pero no importa.
Se establece un vínculo entre el personaje y el ciudadano.
Esto se hace más evidente con los “ricos y famosos:" Taylor Swift, por ejemplo, a quien el Partido Demócrata rogó para que apoyara a Kamala Harris.
Oprah Winfrey, tres cuartos de lo mismo.
Hay un nexo real con estas celebridades, en parte porque a través de redes sociales nos adentramos en su vida íntima, familiar y, por supuesto, su poder y nuestra admiración a su trabajo, y en muchos casos, a sus lujos asiáticos.
Por décadas los actores e incluso muchos periodistas fueron completamente neutros. Sus vidas personales no la pavoneaban en lo absoluto.
La política se bandeaba equilibradamente entre Republicanos y Demócratas, en el caso de Estados Unidos.
Violencia ha habido siempre.
El pantano de Washington DC, aquí en Norteamérica, estaba infectado hacía muchos años, pero eso no se sabía, al menos que fueras parte de él.
Fuimos permisivos.
Los bullies de hoy no son nuevos agresores.
Son los de siempre con arrobas y redes sociales y unas consignas robadas del comunismo soviético que creímos haber aniquilado—pero nuestro buenismo nos detuvo antes de darle el tiro de gracia.
Fuimos permisivos, vuelvo y repito.
Tuvimos miedo.
¿Cómo no vamos a confiar en una Oprah?
Por mucho tiempo la creímos una eminencia.
Hoy sabemos que es una mujer que tuvo éxito porque se dejó comprar y se dejó manipular por gente de altas esferas.
Volviendo al ejemplo inicial, también Oprah se convirtió en un monstruo condicionado para sobrevivir a sus agresores.
¿Nos vamos entendiendo?
De pronto el mundo entero está condicionado a responder o con miedo o con silencio.
El silencio es una respuesta, igualmente, el miedo.
La mujer del ascensor aprendió a bailar porque le midieron su tolerancia al miedo.
La otra cara de la moneda, y esto es importante, es que no podemos ser inmunes al miedo.
Una sociedad inteligente, balanceada, organizada y abundante debe funcionar con una estructura de leyes que son las que impondrían un orden cívico y moral.
Quizá una de las consignas más peligrosas de la izquierda actualmente es que no existe “ley y orden” y donde se pretende convertir a los policías y a los militares en peleles y esclavos de un wokismo fuera de lugar y de control.
No, el miedo a la autoridad debe existir.
El miedo a ir a la cárcel o a ser sentenciado a muerte debe existir.
Hay cánones de conducta que no se pueden negociar.
Se han creado sistemas propagandísticos estrictamente con el fin de instar al miedo. El miedo lleva a claudicar, al silencio y la aceptación.
En Cuba han habido revueltas de mucha importancia en contra del régimen de Díaz Canel, sucesor y títere de los Castro, pero inmediatamente los manifestantes son apresados o asesinados.
¿Qué tendría que pasar?
Enfrentarlos.
El dictador venezolano Nicolás Maduro, está en la mirilla de Estados Unidos. Cada embarcación con droga que pretenda entrar en EEUU es bombardeada.
Cada vez salen menos. Algún día, esperamos que pronto, se acabará el problema.
El antisemitismo y el yihadismo son herramientas para provocar miedo.
Están profundamente financiados y de ambos problemas hay, por doquier, personajes al servicio de las agendas ideológicas más perjudiciales.
Solución?
Cortarles la financiación.
A los personajillos famosos que abrazan estas agendas, les cortas sus subvenciones y se boicotea su trabajo.
Lo que es igual no es trampa.
Muchos podrían decir que esa conducta también es acoso.
No.
Eso se llama poner a la gente en su sitio y denunciar el daño que se hace gratuito a millones de personas, donde hay una base enorme de jóvenes y de niños que están creciendo con deficiencia moral y con un coeficiente intelectual casi de analfabetos.
Al miedo lo vence la información.
Al miedo lo vence el saber desmontar el teatro de los acosadores.
Al miedo lo vence la fe de que Dios tiene un propósito para cada uno de nosotros y tenemos que encontrar en esta vida el camino hacia ese propósito—y punto.
Al miedo lo vence cada iniciativa que tomamos para acabar con la decadencia y el mantenernos firmes en nuestras convicciones, sin temor a quedarnos solos. Solos nunca estamos.
Que sean otros los que actúen como marionetas de quienes ponen la música y nos obligan a seguir un ritmo atroz.
Quiero terminar con una frase inolvidable del escritor y ensayista británico Aldous Huxley. Dice así:
“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma.”
Algo que nos quede claro.
Todo lo que estamos hoy por hoy tan desesperados de aniquilar en nuestro entorno, nuestros medios y nuestras escuelas, TODO, alguna vez lo permitimos nosotros mismos, en menor o mayor grado. Lo hicimos con y por miedo.
Ahora sabemos, con todas nuestras fuerzas, que la única opción es que el miedo no sea opción jamás.

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