Cuando yo tenía siete u ocho años, no más, tuve mi primera experiencia en un crucero por las aguas del Caribe. Era una línea italiana, y coincidió con mi cumpleaños en Diciembre. Fuimos en familia, incluyendo mis abuelos.
El primer día, justo después de zarpar, lo que más me impresionó fue la llamada, obligatoria, de los pasajeros a proa para un ensayo de como abordar los botes salvavidas (sí, claro que había suficientes, pero eso es otro tema)
En realidad ese simulacro terminó siendo una oportunidad para tomarnos fotos con los chalecos y seguimos nuestras vacaciones sin contratiempos.
A lo largo de mi vida adulta, mis padres, profundos "crucerolovers" me han contado que todavía hoy en día se hacen esos simulacros en los barcos. Siempre.
En los aviones, tres cuartos de lo mismo, a penas despegamos, ya está la aeromoza o el sobrecargo con toda su parafernalia de como debemos usar la máscara de oxígeno en caso de emergencia.
De hecho, en redes sociales, ya se hacen diferentes vídeos de como inyectar un poco de humor a estos minutos en que estás intentando relajarte en tu silla y quieres ver si hay una película buena para las próximas horas. Ojo, Primera Clase no se salva.
Cruceros y aviones invierten tiempo en estos ensayos por una sencilla razón: la seguridad de todos y cada uno de los pasajeros. Las posibilidades de un Titanic del siglo XXI son mínimas, y estamos de acuerdo, pero ahí están.
Nuestro día a día, sin embargo, nuestra rutina y nuestro verdadero propósito existencial no es, ni remotamente, un ensayo. No hay posibilidad de simulacro. Fuera del ámbito de los viajes y sus protocolos, los únicos ensayos y la única posibilidad de ver un buen acto de ficción está en el teatro.
¿Por qué demonios, entonces, seguimos viviendo nuestra vida como si hubiese un Plan B?
La falta de sensatez que vemos en nuestra esfera sociopolítica se ha vuelto tanto crítica como crónica. Y justo cuando pensamos que estamos aprendiendo la lección, se nos aparece en el panorama electoral un aprendiz o un payaso que no obtuvo plaza en Cirque du Soleil o Geert Wilders.
Entre tulipanes y molinos, y alguna experiencia psicodélica, Geert Wilders (se pronuncia Jeert Vilders) ha sido electo para ocupar el sillón presidencial de Los Países Bajos.
Tiene 60 años, lo cual lo hace un político de mi generación. Desde el año 2006 lidera las filas de su partido, El Partido de la Libertad. Pueden ustedes llamarlo el Milei holandés o el Trump holandés, como deseen. La prensa ya le ha puesto ese sambenito desde las elecciones el pasado 22 de Noviembre.
He visto circular dos vídeos del señor Wilders y francamente estoy aterrada. Para mí Holanda no tiene, ni remotamente, la importancia en el mapa que Estados Unidos o España. De Holanda sé que desde el 2002, su reina consorte se llama Máxima y que, muy tristemente, Amalia, la Princesa de Orange, la heredera, tiene que protegerse de la mafia de su país. Pero estos son temas que incumben a la crónica rosa más que a la política.
Sin embargo, si he visto con preocupación que la población holandesa, sobre todo los agricultores y ganaderos, han visto su trabajo y su esfuerzo de décadas amenazado por las políticas "verdes" y sostenibles que han venido corrompiendo a Europa en los últimos años.
Holanda es servil a la cultura "woke" en toda la extensión de la palabra. Las protestas de los agricultores han dado la vuelta al mundo, y era de esperarse que en tiempo de elecciones hubiese un cambio radical.
Radical es poco para describir a Geert Wilders.
Y les habla alguien que es orgullosamente de derechas. Yo eso ni lo oculto ni me avergüenza.
Pero sí que me avergüenza que, una vez más, la respuesta a esta agonía moral que vivimos en Occidente sea un populista que disfruta de hacer declaraciones incendiarias sin medir las consecuencias.
Me preocupa que la falta de seriedad del votante nos lleve, sin demora, de Guatemala a "Guatepeor" y luego, con las manos a la cabeza, tengamos que admitir que como votantes conservadores nos morimos de hambre.
Geert es absolutamente de ultraderecha. Extrema derecha. Por respeto, no le diremos "nazi," pero es impepinablemente nacionalista. Podría incluso, en mi opinión, tildarlo de islamofóbico.
De sus primeras declaraciones post elecciones lo he oído llamar a destruir mezquitas y ya amenaza al dictador turco Tayyip Erdogan que no se asome por Holanda (o Europa) porque no es bienvenido.
Para los votantes, tanto conservadores como liberales (entiéndase libertario estilo Javier Milei no progresista) es, sin duda, menester defender el concepto de inmigración legal, así como entrarle de frente a la batalla cultural de la que sabemos tenemos que salir victoriosos.
Pero, como he dicho y seguiré diciendo todas las veces del mundo, hemos perdido los estribos. La desesperación de salir como sea de los políticos de extrema izquierda y desaparecer del mapa al socialismo del siglo XXI, nos está adentrando en una era que podría ser tan oscurantista e incluso tan peligrosa como la que deseamos erradicar.
Nos vamos del blanco al negro. Sin grises. Así de simple.
Wilders está, al igual que lo ha hecho Milei, en ese proceso de formar una coalición de gobierno para gobernar como Primer Ministro. Lo hizo Giorgia Meloni de igual manera en Italia, y su gestión ha sido buena, aunque no óptima.
Es importante recalcar, que los enemigos que enfrentan estos candidatos de extrema derecha no son ni pasivos ni son improvisados. De hecho, detrás de una oposición política, opera una mafia tanto mediática como ideológica, que es una máquina muy bien aceitada para seguir adelante con sus agendas y llenar sus arcas.
En el caso de las dictaduras bananeras de América del Sur, vemos la mano de China, de Rusia, e incluso la sombra del narcotráfico.
Es francamente alarmante que la ultraderecha siga avanzando por Europa. Tristemente, la historia, de alguna u otra manera, se repite. De las pachangas amorales que ha padecido el Viejo Mundo, llegan gobiernos que dan giros de 180 grados. Algunas veces con grandes aciertos, como el caso de un De Gaulle, y, en otros casos desalentadores, vemos la llegada del fatídico Tercer Reich.
Por supuesto, y aclaro, que no vendrá un segundo Hitler. Pero lo que sí que vemos es la ascensión meteórica de avatares (que no personas) que crean política y se fortalecen a través de las redes sociales.
Wilders no pareciera querer tener un aspecto presidencial. También él hace alarde de su excéntrico pelaje rubio y nos recuerda a una especie de Mozart que no sabemos si está medicado. Como Milei, a veces, pareciera que sus ojos perdieron el norte, y nos deja boquiabiertos con cada frase.
Muchas personas de derechas estamos viendo estupefactas los levantamientos en masa de estas trombas extremistas, como la que aconteció en Dublín, la capital de Irlanda, hace pocos días.
En España, en las diversas marchas pacíficas, en contra de la amnistía a los delincuentes del golpe de estado del 2017 que ha prometido Pedro Sánchez, se han mezclado, muy asiduamente, grupos de extrema derecha, a los que, inevitablemente, se vinculan con el Partido Vox, aunque no lo sean en lo absoluto.
En Alemania, actualmente gobernada por títeres verdes y biodegradables, podría llegar en los próximos comicios electorales, el partido de ultraderecha Alternativa Para Alemania, que en estos momentos ejerce de oposición principal. Es decir, es la segunda fuerza política.
El grave problema que veo con estos políticos, que verdaderamente son de extrema derecha (no es un mote) es que ni saben expresarse correctamente ni gestionan debidamente los problemas que dicen poder resolver.
Se presentan como superhéroes, y luego vemos que son poco más que El Chapulín Colorado. Se piensan infalibles, pero las mafias los envuelven en sus telarañas y sus ofensivas y los vemos sucumbir, dejándose arrollar por la maquinaria de la propaganda.
Donald Trump, el Mick Jagger del partido Republicano, y, para bien o para mal, el candidato de este partido con más posibilidades para ocupar la Casa Blanca en el 2024, ha vuelto, como siempre, caído en una trampa.
Una trampa de la que su ego y su desesperación no lo han podido salvar.
El grupo Black Lives Matter, que sabemos hasta la saciedad que es un fraude, y que sin dejar dudas fue quien más destrozó la presidencia del señor Trump en el 2020, lo acaba de apoyar para las presidenciales del próximo Noviembre.
¿Y que ha hecho Trump? Pues se ha ido a sus redes sociales a alardear de que un grupo tan falsario y tan esperpénticamente corrupto lo ha apoyado para ser el próximo presidente, alegando que los Demócratas ya no son el partido de su confianza.
¿Y alguien puede creer esto? Es una trampa. Pero Trump está deseoso de que se le vea como el invencible, el redentor de las minorías oprimidas.
Detrás de estos candidatos, gustosos de arder en la cola del cometa, van los oportunistas que trafican con esperanzas y se burlan de sus votantes y hacen negocios del patriotismo pasional.
La leyenda negra, de la que hasta antaño huía el movimiento conservador, también se pasea entre molinos y tulipanes...
La vida no es un ensayo. La situación económica que atraviesa Occidente es crítica, y no digo cuatro jinetes, no, un ejército entero de caballería podría anunciarnos un inminente apocalipsis moral y espiritual del que va a ser difícil escapar.
Lo que vemos, por desgracia, cegados por la desesperación, descriteriados y sin rumbo, son pequeñas polillas egocéntricas que vuelan hacia la luz para morir calcinadas, pensando que han salvado al mundo.
Luego, cuando las vemos caer a nuestros pies, tenemos que salir a barrer los escombros.

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