Yo entré al periodismo por la puerta "rosa"...
Mis primeros roces con el mundo de la prensa, fueron a través del fascinante universo de la farándula.
En casa de mi abuela se conservaban docenas de revistas que, principalmente, se dedicaban al glamour y a la belleza de los artistas y los cantantes y los príncipes y los duques de antaño. Me refiero a esa época "antebellum" (léase pre-guerra ideológica-cultural)
Hablamos de reliquias de los años 60 y 70. Ya para los ochenta, época de mi infancia y mi adolescencia, ya yo escogía que revistas, leer o comprar. Pero los tesoros de papel couché de mi infancia para mí han quedado grabados en mi memoria per sécula seculorum.
Y si algo soñaba yo era, por un lado, ser sujeto de alguna entrevista que saliese publicada en estas revistas. O, mejor aún, tener yo mi propio espacio de entrevistas.
Hasta el sol de hoy, las revistas de cotilleo son de mis favoritas, y, por otro lado, extraño la clase y la distinción que alguna vez tuvo la prensa comúnmente llamada "prensa del corazón."
La historia del periodismo "rosa" en los Estados Unidos, por ejemplo, ya tiene más de un siglo. En su día, las publicaciones de farándula eran conocidos como "tabloides" y gozaban, incluso en estas épocas, de una inmensa popularidad. Hoy en día se publican aproximadamente 400 revistas que se dedican a la noticia de farándula, esto sin contar, claro está, con los miles de portales digitales, también llamados "blogs" y los cientos de miles perfiles en redes que informan o comentan sobre artistas, influencers o aristócratas.
La prensa del corazón siempre tuvo una esencia única: reportajes escritos con palabras casi poéticas, anécdotas divertidas y un respeto máximo a los protagonistas. Respeto que imponían ellos mismos, porque todo hay que decirlo.
La revista HOLA de España está a punto de celebrar en el 2024, ochenta años de su fundación. El primer ejemplar de HOLA fue publicado el 2 de septiembre de 1944.
Si bien HOLA no ha perdido su popularidad entre los lectores y cronistas del corazón, sí puedo decir, habiendo sido lectora por casi 40 años, que ha perdido su lustro.
HOLA tiene ya varios competidores. Pero lo que HOLA ha mantenido hasta el sol de hoy es la altísima calidad de su fotografía. No hay lentes superiores, cuando se trata de prensa del corazón, como los de HOLA.
El problema es quien se nos ha puesto delante de los focos. No hay filtro lo suficientemente sofisticado para borrar las imperfecciones, ya no físicas, sino intelectuales y morales de los personajes tan mediocres que hoy ilustran portadas y acaparan titulares.
En mi época, por poner un ejemplo concreto, se hacía una cobertura exhaustiva de la realeza y de los pocos aristócratas que, regados por toda Europa, aún resultan fascinantes, aunque ya no tengan ningún tipo de ni de poder ni de relevancia política o social. Pero su alto nivel intelectual y su pasión por lo suntuoso eran dignos de admiración.
La realeza que nos exportaban las revistas a cada rincón de la tierra, eran reyes y princesas con muchísimo "pedigree." Hablamos de un (eterno) Príncipe de Gales (hoy Rey Carlos III) de Inglaterra que no podíamos imaginar engañaba a la queridísima Diana Spencer con su novia de juventud Camilla (hoy su consorte)
Yo, como cientos de miles de espectadores, me imagino, tuve el gesto de levantarme (a mis 8 añitos) a las cinco de la mañana para ver la boda de Carlos y Diana en vivo y en directo.
¡Todavía conservo la revista HOLA de aquel enlace!
Hice lo mismo, cinco años después, para ver la boda del hermano de Carlos (el hoy desgraciado Andrés, olvidado y condenado por presuntas relaciones con chicas menores, y una entrañable amistad con el "suicidado" Jeffrey Epstein) y su novia rebelde, la pizpiretafinal plebeya Sarah Ferguson.
Fue precisamente la llegada de Sarah Ferguson, convertida en Duquesa de York, al palacio de Buckingham, la que, en mi opinión, hizo que saltaran las alarmas de que algo estaba cambiando en las más altas esferas de las testas coronadas de Europa. Los desaciertos en el vestir y las declaraciones más que imprudentes de la mujer de Andrés de Inglaterra no pasaban desapercibidas en los tabloides.
Mismo, la princesa Diana, harta de su existencia como princesa, empezó a deshilacharse de a poco, hasta que, finalmente, pudo separarse de su príncipe infiel, en 1992. Allí Diana, que dejó en shock a todos cuando falleció trágicamente en 1997, pudo hacerse su propia imagen y se transformó en la "princesa del pueblo" a la que todos quisimos y admiramos por sus incansables labores altruistas.
Así como el caso de Sarah Ferguson, tuvimos, de pronto, la antipática irrupción de Estefanía de Mónaco, hasta los ochenta, una figura gris y afeada (comparada con la glamorosa Carolina) y plagada de traumas. Conocemos de sobra, por supuesto, que estuvo al volante el día que falleció su madre Grace Kelly, popularísima actriz del Hollywood de Oro y la consorte de Rainiero III.
Estefanía fue una pionera en lo que hoy en día es el "pan nuestro de cada día," rentabilizar con sus escándalos, amoríos fallidos y ocasionales incursiones en la música, la actuación y el diseño.
Finalmente, la princesa Estefanía se ha calmado. Ha encontrado la felicidad al lado de los hijos que tuvo con su ex-guardaespaldas y, desde esta pasada primavera, es, a sus 58 años, abuela primeriza.
La prensa rosa nunca se ha quedado, digamos, sin oficio. Aparte de sus innumerables reportajes y editoriales, las revistas han tenido colaboradores que han contribuido a su popularidad.
Tal es el caso del exquisito contrato de Isabel Preysler, la siempre bien ponderada "reina de corazones," que ha sabido, desde su sonado divorcio con el icónico Julio Iglesias, escoger a dedo a sus amantes y a sus maridos.
Preysler, a través de un contrato millonario, de más de tres décadas con Porcelanosa, fabricante número uno de losas en España, fue contribuyente de HOLA con reportajes de lujo a personajes de la talla de Richard Chamberlain, el mítico Dr. Kildare, cuando era un actor popular y no se sabía casi nada de su vida personal.
La llegada de la década de los 90 con la "World Wide Web" (el internet) afecta sobremanera al periodismo rosa.
Ese velo de misterio y de elegancia pasado, se fue desvaneciendo para traernos a la palestra (y las pantallas de nuestras computadoras) a otro tipo de personajes.
La llegada del nuevo milenio con una amplia gama de teléfonos “inteligentes” nos trajeron a los famosos de las pantallas de un cine, a comer de nuestra mano. Ahora, para bien o para mal, sabemos hasta lo que comen a cualquier hora del día. Los más osados nos quieren vender sus cuerpos llenos de siliconas y de botox como un nuevo ideal de belleza.
Quizá el ámbito más obvio fue, precisamente, la realeza. Los príncipes adolescentes de los años ochenta, por ejemplo, se hicieron mayores y casaderos. Lejos de haber buscado esposos dignos y bien preparados, los chicos se enamoraron de mujeres y hombres que lejos estaban de ser impecables y han resultado consortes en su gran mayoría vergonzosos y mediocres.
El actual rey de España, Felipe VI, impecablemente preparado para el papel que ocupa como Jefe del Estado Español, terminó casado con Letizia Ortiz, una periodista atea y republicana (léase anti monarquía) que muy tristemente ha sido apodada en ocasiones como "Lady Vinagre."
Y si bien la señora ha hecho un esfuerzo para aparecer más amable, lo cierto es que a leguas se le nota que simplemente no está hecha para la vida que su ambición le hizo aceptar hace ya casi 20 años.
La Reina de Corazones, Isabel Preysler, ya en sus setentas, ha dado paso a su hija mediana, Tamara Falcó, actual Marquesa de Griñón, que si bien es una mujer simpática y espontánea y, desde su conversión al Catolicismo, trata de vivir su fe a rajatabla, lo cierto es que le han llegado al precio. Tamara es, muy lamentablemente, un producto mediático que acarrea años de mucha soledad y mucha confusión, y que, muy a pesar de las advertencias tanto de sus seres queridos como de los fans, ha decido dar el "sí quiero" a un "chulo playa" antipático y sin nómina laboral fija, que no hizo más que serle infiel durante su primer año de novios.
En Hollywood es tres cuartos de lo mismo, las estrellas como Audrey Hepburn han hecho, desde hace años, supernova. Lo que quedan son destellos y nostalgia.
Con todo y el lujo asiático del que nos presume la actriz, cantante y empresaria Jennifer López, mejor conocida como JLo, yo tengo claro que ese esconde una mujer completamente insegura de sí misma y con un miedo aterrador a envejecer.
Por fin, podría decirse, que su vida personal, pudo encontrar un broche de oro con la reconciliación y posterior boda, hace poco más de un año, con el Oscarizado actor y director, Ben Affleck.
Sin embargo, Affleck, con cada aparición pública junto a su esposa, aparece con la peor actitud, el rostro agotado y gestos agresivos con la prensa, que desde hace veinte años, ha estado fascinada con el romance de la del Bronx con protagonista de "Good Will Hunting" y "Argo."
¿Pero dónde está lo grave de la cobertura de la prensa del corazón?
La respuesta es que, el periodismo del corazón, se niega a denunciar, la patética deriva de sus protagonistas, y escoge, en cambio, construir narrativas falsas para seguir blanqueando a personajes que podrían, y de hecho, hacen, un extraordinario daño moral a nuestra sociedad actual
La llegada de las redes sociales, ha creado, casi de la nada, personajes famosos, que no buscan más que un protagonismo fugaz y, si pueden, dañar la imagen de quienes les conviene económicamente destruir o desprestigiar.
Tal es el caso de las aberrantes declaraciones de la señora Meghan Markle, que ha utilizado a su marido, el insípido y traumatizado Príncipe Harry, que ha confesado ser un adicto a la coca, hijo menor de la fallecida Diana, para atacar a los Windsor y hacer el sonado "Megxit" que los llevó a abandonar a la familia real y hacerse con millones a través de entrevistas y documentales en contra de la familia real, donde Markle protagonizó en su día, una infame y cursilísima boda donde, como era de esperarse, no faltaron las consignas antirracismo, tan propias de una pobre acomplejada como Meghan Markle.
Por desgracia, el periodista rosa, ha aparcado su ética profesional, para seguir recibiendo declaraciones exclusivas y para seguir alimentando las páginas de las revistas o los platós de "telebasura."
Lo vemos día sí y día también.
Es absolutamente inaceptable y, quizá, la peor parte es que son precisamente los protagonistas de la prensa rosa, los que más daño hacen a los jóvenes seguidores que ignoran las señales de alarma.
Jennifer López, hasta la fecha, acumula 252M de seguidores en Instagram. En YouTube, su canal, es parte del prestigioso grupo "del billón" dada que sus publicaciones pasan los miles de millones de visualizaciones.
Esto es lo que hay que recalcar. El número de seguidores de cada personaje, sobrepasa, y a veces con creces, la población de más de la mitad de países en el globo terráqueo.
Cada publicación, cada propaganda comercial, y por supuesto, su trabajo como modelos de marcas, tiene una repercusión incalculable.
Es menester recalcar que la gran mayoría de los "celebrities" hoy por hoy son activistas políticos, y mueven los hilos de la opinión pública. Las agendas del uso del cannabis, las ideologías del lobby LGTB, y el aborto sin restricciones, son, entre muchas otras tantas, ejes de las publicaciones y entrevistas que son publicadas o televisadas por la prensa o por las redes.
El periodismo actual, que sabemos de sobra está comprometido con las ideologías de género y lo políticamente correcto, ha decidido, también en la prensa del cotilleo, "mirar hacia el otro lado" y dejar colar las infames consignas que cada vez nos debilitan y nos destruyen.
El periodismo rosa se esconde detrás de su velo de frivolidades y se limita a excusarse como mero entretenimiento, pero lo triste es que, quizá, es el que más responsable ha sido de la debacle moral que hoy se padece.
A los que nos encanta y entretiene el mundo del corazón, quizá no todo sea color de rosa. Sin embargo, tenemos razones para sentirnos optimistas.
Precisamente la libre información que corre por las redes sociales ha dado lugar a que haya muchísimas críticas a favor de lo que hoy analizamos.
Los lectores, o si se quiere, los admiradores de la prensa del entretenimiento, están empezando a condenar abiertamente a los sujetos que, a leguas, buscan ser antagónicos y, que corrompen moral y espiritualmente a la legión de usuarios que los siguen.
El famoso o famosillo muchas veces interactúa con sus seguidores en redes. La mayoría no. Pero si podemos estar seguros de que no son tan inmunes como parecen a los aluviones de críticas por su comportamiento.
Aquí está nuestro poder, tanto por encima de los artistas e influencers per sé, como de los periodistas alcahuetas que ignoran el urgente llamado a reconstruirnos como civilización.
El cotilleo, chisme, corazoneo o como queramos llamarlo, existe desde la época de la antigua Roma, donde las damas patricias llenaban sus tertulias comentando el excelente gusto al vestir de la emperatriz, o como algún centauro era un conocido mujeriego, o, quizá entre murmullos, se contaban las indecencias de una dama que había pagado a un lanista por probar una noche de pasión con un gladiador.
Por lo tanto, bendita sea la prensa rosa. Que no se acabe nunca, por el amor de Dios.
Pero en estos tiempos la responsabilidad casi sacrosanta del lector es de exigir, primeramente, la vuelta al ruedo de protagonistas carismáticos e inteligentes y sobre todo, que sean dignos de nuestro tiempo y nuestra admiración. Seamos quienes los obliguen a ponerse a nuestra altura.
Seamos de igual manera escépticos de su palabrería. Tengamos en cuenta, que los famosos hacen su fortuna, vendiéndose, con pocas excepciones, al mejor postor, a empresas que remuneran su servitud a causas infames pero rentables.
La batalla cultural, tan presente y tan necesaria, en el renacimiento de nuestra civilización judeo-cristiana, tiene, en la prensa rosa, un terreno fértil. Sembrémoslo, entonces, con distinción, tino, sapiencia, e intelecto. Sigamos buscando, entre tantas cenizas y tanta purpurina, materia gris. Hombres y mujeres de bien.
Afilemos nuestros sentidos, y no tengamos miedo de hacer del famoso de hoy, un imperio desplomado de polvo y vergüenza para que, como dijo Héctor Lavoe en una de sus famosas canciones, su gloria y nuestro interés en ellos, sean "periódico de ayer."
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