En Enero de 1940, en La Cámara de los Comunes, el que fuese el Primer Ministro del Reino Unido en aquellos años, nada más y nada menos que Winston Churchill, pronunció unas palabras, cuyo eco resuena hoy, quizá con más fuerza que lo que ya en su día se apreciaba.
Esa frase es:
"Un apaciguador es aquel que alimenta a un cocodrilo con la esperanza de que sea él el último en comérselo"
Frente a la contundencia de esta frase, es imposible no hacer reverencia.
Quizá en esta reflexión de Churchill se pueda explicar el acabose de la situación que tristemente padecemos en Occidente.
De hecho, en ese concepto de “apaciguar” es que podemos encontrar todas las respuestas, y, si estamos todos dispuestos a ponernos manos a la obra, también la solución a este Sansón ideológico que nos amenaza y nos acecha sin tregua.
Originalmente, las palabras de Churchill, para ponerlas en su adecuado contexto, se refirieron a la actitud mansa, amanerada, y buenista con la que Inglaterra en los años 30s, con la llegada de Adolfo Hitler al Bundestag de Berlín, trató con el que sería una década y media después, un líder despiadado y sanguinario.
“Apaciguar” se define como poner en paz, sosegar, aquietar.
La frase hace referencia a un cocodrilo (o un caimán, como prefieran) que es una analogía para un enemigo que se percibe como fuerte, peligroso.
El verbo “apaciguar” automáticamente hace ver que el “apaciguador” es un ser débil o incluso descuidado, ya que si estuviese espabilado no se mete en un pantano con aguas infectadas de cocodrilos, verdad?
Sin embargo, en esta analogía que recordamos de Churchill, el “apaciguador” apaciguó porque quiso y por tener devaneos de grandeza.
Qué mejor ejemplo de un “apaciguador” (o tal vez, incluso, un pelele) como lo fue el Rey Eduardo VIII, que en su brevísimo reinado, junto a su controversial esposa, Wallis Simpson, coqueteó con el regímen Nazi.
Lo hizo también como Duque de Windsor, como también lo hicieron muchos aristócratas británicos, porque, ¡qué sé yo… Estaba de moda!
¿Querría entonces la Inglaterra de los 30s estar del lado “amable” de Alemania, husmeando la ambición desmesurada del Canciller?
El hecho es que esta conducta de nada serviría, pues Inglaterra fue parte del “Bando Aliado” que acabaría con el Tercer Reich sin vuelta de hoja.
La frase de Churchill hace referencia a un animal que puede matar de una sola mordida.
El poderío de un cocodrilo quizá nos lleve al Antiguo Egipto, donde el dios Sobek estaba asociado con este animal y constituía una de las deidades con más influencia en los altares faraónicos.
Rendir pleitesía al cocodrilo seguramente tendrá alguna asociación con los rituales egipcios.
Pero esa segunda parte de la cita de Churchill, es la más preocupante: “con la esperanza de que sea él el último en comérselo”
¡Qué grande!
Antes de dar ejemplos de lo que atañe a esta frase demoledora, quiero recapitular para que tengamos muy claro lo que tenemos que analizar.
Tenemos en la ecuación un “apaciguador,” que también llamaremos timador, que adula y trata de domar y calmar al que considera un enemigo férreo, incluso poderoso por encima de lo normal. Luego acabamos con un cocodrilo insaciable que, como a los canes que vigilaban el inframundo de Plutón (o Hades) en la mitología, había que alimentar para tener su venia y poder entrar a las tinieblas donde moraban las almas.
Pero hay un elemento clave en todo esto…
El cocodrilo, aun si lo llevamos a niveles sacros, como en la era de los antiguos egipcios, es sólo poderoso si NOSOTROS, así lo decidimos.
¿Nos vamos entendiendo?
En la frase de Churchill, Hitler se hizo poderoso porque Europa estaba hipnotizada por los cantos de sirena nacionalistas del pintor austríaco fracasado.
Era sólo éso, señores. Un pintor fracasado que se dejó captar por las corrientes nacionalistas de la Alemania post República de Weimar, decadente y miserable, y tuvo a su lado un genio maquiavélico de la propaganda.
Europa lo puso en un pedestal para adorarlo, y luego cuando el perro dejó su rabia por todo el Rin y por El Danubio, se le acorraló hasta hacerlo desaparecer (unos nos hablan de suicidio, otros ya dicen que murió en Argentina)
El cocodrilo, hoy por hoy, en pleno siglo XXI, tiene otras caras, y otros nombres. Y a veces, ni eso, porque el cocodrilo de estos pantanos modernos, es una ideología, que aunque intangible como el éter, se ha convertido en el dióxido de carbono más tóxico que haya visto la humanidad.
Y no son pocos los que están deseosos de seguir alimentando al cocodrilo y construirle un palacio en su pantano, dicho sea de paso.
Podríamos decir que el “apaciguador” de hoy en día no es más que un ser endeble y mediocre. El hazmerreír que para evitar ser objeto de burla, decide meterse en la boca del lobo y apoya al malhechor en contra de otros que ellos consideran víctimas.
Hay cinemateca de sobra para explicar este fenómeno.
Si, de hecho, tomamos La Segunda Guerra Mundial, y, específicamente, el Holocausto, nos vamos a encontrar con figuritas esperpénticas como los Kapo (a veces Capo) un término usado para ciertos presos, también llamados funktionshäftlinge (singular: funktionshäftling) que trabajaron dentro de los campos de concentración nazis.
Los Kapo tenían una peculiaridad: eran también judíos—pero llevaban un látigo.
Los kapo eran tan esclavos como los trabajadores rasos y, con muy pocas excepciones, para “apaciguar” a los de la SS, eran capaces de golpear y abusar de sus propios compañeros.
Casi todos estos despreciables acabaron sus días en las cámaras de gas o en la horca.
Estos eran, en mi opinión, peores que cualquiera de los Nazis. El Nazi era un psicópata convencido. El Kapo es un servil y un traidor.
Demos otros ejemplos. Prestemos mucha atención a lo que sería la figura del “apaciguador,” versus el que se consideraría el cocodrilo.
De la Alemania fascista, viajaremos unos 80 años a nuestra época actual, donde sin un Hitler o un Mussolini o Stalin, tenemos fascistas por doquier.
En Estados Unidos, en el umbral de la reelección del actual presidente, Donald Trump, en el 2020, las calles de los denominados “estados azules” (Demócratas) se incendiaron literal y figurativamente tanto con quemas como con tiroteos como con consignas racistas en favor de una falsa llamada antirracista.
Un delincuente llamado George Floyd, adicto hasta los huesos de fentanilo, y en condiciones paupérrimas, debido al alto consumo del químico, fue detenido por la policía del estado de Minnesota.
El hombre se negaba a cooperar y el estado tan dañado de su cuerpo le provocó la muerte ya cuando los oficiales le obligaron a dejarse poner las esposas.
Floyd fue un mártir ideológico de una causa maldita que hoy por hoy está probado que es un monumental fraude. Hablamos, claro está, de Black Lives Matter.
Este grupo estuvo apoyado desde el primer minuto por Barack Obama, y se hizo instrumental en la tiranía ideológica del que fuese el primer (y el último) gobernante negro de Norteamérica.
Los de BLM (sus siglas en inglés) fueron financiados por cuanto político, artista y activista que nos podamos imaginar.
Sus fundadoras resultaron ser una pareja de mujeres lesbianas que despilfarraron una fortuna de varios millones en propiedades y en cruceros de lujo.
La propaganda, por otro lado, siguió—y sigue—alimentando la falsa necesidad de cambios raciales en Estados Unidos.
Quizá de las cosas más patéticas que se vieron en esa ola salvaje del BLM, fue al CEO de Chick-Fil-A, una de las cadenas de comida rápida más populares de EEUU, en un programa de televisión, de rodillas, limpiando los pies de un activista negro. Según el empresario, oído al tambor, es lo que “hubiese hecho Jesús.”
En mi opinión, con los mercenarios del BLM, el Maestro, hubiese hecho lo mismo que con los del Templo.
Pero a esos niveles de servitud y de “apaciguamiento” llegamos para que los del BLM dejaran tranquilos a Chick-Fil-A.
Muchos comercios, tratando de protegerse de las trombas de los delincuentes, pintaban sus fachadas con las palabras “Nosotros apoyamos a BLM.”
¿Quieren saber lo qué pasó?
Los de BLM no respetaron a nadie.
Al contrario, se enfurecieron a niveles estratosféricos, causando billones en daños materiales por donde pasaba su verborrea tóxica y sus antorchas.
BLM no ha muerto, pero, gracias a Dios, al descubrirse su origen y sus fraudes, se dejó de alimentar y ese pantano se ha ido secando.
Otro cocodrilo que se ha alimentado incesantemente es el del lobby LGTBQ.
Comercios, restaurantes y hasta lugares públicos se han rendido a los pies del trapito de arcoíris.
Walt Disney World, un gigante del entretenimiento familiar, hizo pleitesía en sus películas y en sus parques a toda la ideología pro-homosexualidad y wokismo radical durante más de 20 años.
El resultado de Disney por haber querido apaciguar a estos cocodrilos es una pérdida colosal de dinero y de prestigio, de los que dudamos mucho pueda recuperarse.
Disney no ha dejado de alimentar a la bestia completamente, pero ahora lo hace desde la orilla y no hundido en el pantano hasta el cuello.
Para saciar el hambre de tan temible cocodrilo (si queremos pensarlo temible) hay que encontrar a estos apaciguadores o timadores que sin pensarlo se acerquen a los aposentos del animal.
La política y las organizaciones sin fines de lucro han resultado ser dos furcias ideológicas que por un trozo de tan millonario pastel de recompensas, alimentan al monstruo, y nos echan a nosotros, los ciudadanos, a la arena del circo.
Nuestra confianza y nuestro voto poco importan.
Y es que en esta analogía de timadores y cocodrilos, hay un teatro absurdo y un círculo muy muy vicioso.
Nuestra sociedad está feliz de ser mediocre y no tiene consciencia de esa mortaja de miedo que la cubre a cada instante.
Con la llegada de hordas de caimanes a nuestras universidades y, ahora también, a las escuelas; con esa seducción de Occidente al mundo terrorista islámico y con un auge de todo lo que pueda derrumbar y volver cenizas a nuestros valores judeo cristianos, es casi imposible, para muchas personas, el despertar de tanta pesadilla y tanta anestesia.
Las economías de innumerables países de Occidente dependen de una ubre de gasto público de la que chupa mucha gente. Esta ubre es un cocodrilo exigente.
Tengamos algo muy presente…
En esta sociedad en la que nos movemos, el ser mediocre es una organización con fines de muchísimo lucro.
Vuelvo a repetirlo:
A los que escogen a los apaciguadores, la mediocridad es clave para engordar a los caimanes—y sus propios bolsillos.
Pero con todo y esas ansias de calmar a la bestia, la bestia se ríe y se zampa al pobre timador confiado.
Hay una fábula con final triste donde una serpiente se quiere comer una luciérnaga. La pequeña voladora, ya cansada, se enfrenta a su depredadora y le pregunta: “Por qué yo?”
Y la culebra, antes de matar al insecto le dice: “Porque brillas.”
Recordemos esta frase cuando nos digan que es maravilloso ser un apaciguado, un mermado. Que nos hablen de una falsa paz.
Occidente, por poner un último ejemplo, quiere alimentar a un cocodrilo sangriento como lo es Hamás, cuidado si peor que el pintor fracasado—que ya es decir bastante.
Israel está siendo víctima de timadores y apaciguadores que lo apuntan a él como el furioso colonizador que se quiere zampar a los pobrecitos gazatíes, que no son más que unos timadores cobardes hasta almorzar y después todo el día.
Pero Occidente ignora que un caimán como el Yihadismo, si se impone, acabará con nuestra civilización en un dos por tres.
A los timadores les están pagando tanto Irán como Catar con fortunas paradisíacas que los están haciendo darse vidas de Pachás.
Por lo tanto, el banquete se sigue sirviendo.
Este bufé de los cocodrilos es lo que conocemos como un “All You Can Eat,” que se traduce como “come lo que quieras” por un módico precio.
Pero el precio que paga la humanidad por seguir aguantando timadores, o por convertirse algunos en apaciguadores, es demasiado alto.
A los cocodrilos, ya no sólo hay que dejarlos de alimentar—hay que matarlos.
Hay que vaciar los pantanos, como diría Trump.
Hay que denunciar a las empresas que fabrican timadores.
Hay que llevar a la justicia a los cuidadores de los cocodrilos.
Proceso arduo, pero que ya ve sus primeros frutos.
Quiero terminar con una muy conocida historia de los indios Cheroquis.
Un sabio anciano de la tribu, junto a su nieto pequeño, le habla al niño de la vida con una metáfora de dos lobos.
Un lobo era temible, lleno de avaricia y de ira.
El otro lobo era noble y abogaba por la paz y el amor. Era un lobo, pero sus valores eran contrarios a los de su compañero.
El sabio decía que estos dos lobos se habían enfrentado y sólo podía ganar uno. El abuelo le explicaba al infante, ganará el que alimentes.
Creo que todos, desde el fondo del alma, sabemos qué lobo alimentar.
Sin embargo, tengamos muy presente ese lema maravilloso que nos ha enseñado la llegada de ese lobo feroz llamado “patriotismo en vena,” que bien sabe nutrir con fe nuestra lucha contra los pantanos y sus cocodrilos:
“Paz a Través de La Fuerza.”
Cobardía cero.
Buenismo, jamás.



