Podríamos decir que en este idóneo y tan bien ponderado inicio de una nueva era ideológica, espiritual y moral que vamos viendo anclarse en nuestra civilización, la verdad va tomando cuerpo; la verdad toma su norte, y se expande a sus anchas y a su antojo. ¡Gracias a Dios!
La verdad, como un ente sólido, inequívoco e insoluble, merece en sí misma, su propio análisis.
Pero para el contexto de poner a la verdad como esa jueza de la ley y el orden en nuestra sociedad, me gustaría que hablásemos, ante todo, de información.
Veracidad y congruencia en la información es, por fin, lo que se deja ver, aunque, por tanto, tantísimo tiempo, esta información se dejaba entrever. Pero estábamos ciegos.
Se van cayendo una a una las vendas de nuestros ojos. La anestesia general a la que fuimos sometidos, se agota...
El despertar, a su vez, viene a dotarnos de una fuerza y unas ganas de comernos al mundo, e, incluso, me atrevería a decir, de un ansia de vendetta contra los que sabemos han hecho el mayor daño--o los cómplices que lo han dejado perpetrar.
Mi generación, por fin, toma su lugar en este mundo. ¡Nos ha costado tanto! Somos jóvenes, pero ya pintamos canas. Muchos Gen X son hasta abuelos, y la responsabilidad de dejar un legado se afinca.
La sociedad Occidental, de pronto se ha dado cuenta de que estaba en retroceso e incluso, en peligro. De cada uno de esos peligros, bien hemos podido y sabido poner el foco con cada análisis. Con opiniones contundentes. Más lo que falta.
Hay una pregunta recurrente en este renacer y en esta lucha cultural y política.
"¿Cómo permitimos todo esto?"
O, también, quizá: "¿A quién culpamos?"
El crear respuestas, libres de elucubración y desasosiego, nos lleva a buscar un concepto que reúna las suficientes características para pintarnos un panorama contundente, libre de dudas, ausente de especulaciones.
En nuestro lingo diario, o, incluso, en ese lenguaje vulgar que usamos en redes sociales para desahogar nuestras penas y frustraciones diarias, ¿cómo llamamos a aquel hombre o mujer que nos hace ver claramente que carece de propósito y de aptitud?
Los llamamos ineptos.
Ineptos. Tan simple como eso.
Es una palabra que, si hubiese un diccionario que pudiese englobar esos conceptos de la gloriosa "batalla cultural" apareciera casi de primero, independientemente de la letra con que empieza.
La gran plaga de nuestra--quizá ya pasada--edad de hierro intelectual de la que nos vamos librando, es, inequívocamente la ineptitud.
Partiendo de allí, nos hemos puesto a pensar que nosotros hemos permitido que se haya creado un aparato ideológico poderoso, y sí, extraordinariamente ágil, a partir del ascenso de ineptos a posiciones de poder e influencia?
La respuesta es sí.
Y esa es nuestra hipótesis para este análisis...
¿Cuánto tiempo lleva este motor de ineptitud global encendido? ¡Cuánto estuvo en proceso de calentamiento y cuando arrancó sin frenos, llevándonos por el medio sin que pudiésemos siquiera darnos cuenta!
Para intentar responder esas interrogantes, vayamos poniendo nombre a una sociedad gobernada por inútiles y por marionetas.
La mejor definición nos la ha dejado extraordinariamente explicada y desglosada el Conde Jean D'Ormesson, filósofo, novelista y Miembro No.12 de la Academia Francesa, que vivió 92 de años, falleciendo en el 2017.
Es a él a quien se le atribuye el concepto más leal, estructurado y veraz de lo conocido como "ineptocracia."
D'Ormesson decía que la ineptocracia era: "un sistema de gobierno en el que las personas menos preparadas para gobernar son elegidas por las menos preparadas para producir."
Si nos situamos, por un instante, en la época que le tocó vivir a D'Ormesson, nos damos cuenta de que el caos que hoy tratamos de resolver, las interrogantes que hoy tratamos de ordenar, no son sólo asuntos de hace pocas décadas.
Hablamos de alguien que vivió casi un siglo y que pudo definir con una sola palabra el panorama intelectual, filosófico y cultural de una gran parte del siglo XX, y casi todo lo que hemos vivido del XXI.
Resulta interesante, sin embargo, notar, que por muchísimo tiempo el concepto de "ineptocracia" estuvo escondido, por decirlo de alguna manera, en las bóvedas del olvido.
Quien lo resucita, no fue otro filósofo contemporáneo o las redes sociales, que han creado una hemeroteca infinita para nosotros, los nuevos protagonistas en estas gestas de cultura y libertad digital.
No.
Fue el gigante del e-commerce, eBay, que empezó hace menos de 20 años a producir interesantes datos de ventas con camisetas que tenían estampadas las palabras de D'Ormesson, aunque no tenían su nombre.
Simplemente, decían "Ineptocracia," y procedían a citar lo que hemos dicho hace un instante.
Pero de pronto sentir que este concepto salta a la palestra, o como diríamos vulgarmente, se hace viral, nos hace tener ese momento "eureka!" que quizá tanta falta nos hacía para ponernos, como hemos hecho, manos a la obra.
Ampliemos por un instante el concepto de ineptocracia para poder ilustrar con ejemplos claros el por qué se hace tan imprescindible concientizar que estamos en manos de lo que tendríamos que llamar "ineptócratas."
Una de las características esenciales de la creación y consolidación de una ineptocracia es la falta de meritocracia.
Es decir, no llega el apto y el preparado. Llega el que conviene. Llega un "enchufado."
Un sistema de ineptócratas es un grupo creado por débiles para débiles.
Pero tenemos que clarificar lo que queremos decir por débiles. Porque si fuesen "débiles" no tendrían tanta fuerza. O no hubiesen tenido tanta fuerza.
En este caso, la debilidad no es primordialmente física. Es mental. Es emocional. Se dice que una persona es de carácter débil cuando es manipulable, moldeable o cuando obviamente carece de moral y lo sobrepasa el miedo. También una persona reactiva, malencarada y violenta es considerada muy débil.
La ineptocracia es el conglomerado de personas--o más bien personajes--que se imponen a una sociedad porque tienen los recursos y los medios para eso.
Esto explica el meteórico ascenso de políticos tan peligrosos como un Barack Obama, un Pedro Sánchez, en el caso de España, un Lula da Silva, en Brasil, o, indudablemente Keir Stamer, en el Reino Unido.
Todos ellos son líderes de un tinglado ineptócrata con máximos poderes y un flujo de dinero casi infinito.
Hago la aclaratoria de que Barack Obama, si bien, es un ex-presidente, y no ocupa actualmente ningún sillón político, es y ha sido el primordial responsable de la deriva social e ideológica tan decadente que tomó Estados Unidos desde su mandato en el 2008.
Y se hace menester recordar que los Obama fueron el verdadero poder detrás del trono durante la administración de Joe Biden y Kamala Harris, esta última miembro de Hall de la Fama, podríamos decir, de los ineptos del mundo.
Es más, tomemos a esta señora, por un segundo, como ejemplo crucial para este análisis.
Kamala Harris.
Kamala Harris por sí misma no tiene valía ninguna. Joe Biden, por lo menos, fue Senador por cinco décadas, algo que algún mérito tiene, a pesar de su pésima gestión como presidente.
Pero volviendo a Harris.
Cero aptitud. Para lo único que quizá hubiese servido es para maestra sustituta de preescolar en algún pueblito rural, porque tenía cierta química con los niños.
Fue siempre una mujer que llegó a ocupar puestos políticos de la mano de los hombres que actuaron en su vida, unos de mentores, otros de amantes.
Fue una fiscal en California mediocre y se pasó todos sus cuatro años como vicepresidenta mintiendo y bajando la cabeza ante los amos invisibles que querían mantenerla donde la tenían.
Y es aquí donde quería llegar.
Kamala Harris no se manejó jamás sola. Al caminar o cada vez que soltaba su antipática risotada nerviosa e inapropiada, se le veían--y salían--los hilos.
¿Pero qué pasa?
Muy sencillo.
Harris era mujer. Harris tenía una etnia que ella decía que era negra (en realidad era caribeña y asiática) y estaba perfectamente amoldada al discurso woke radical, y al feminismo de la tercera ola, que ha sido, en mi opinión, la más destructiva de todas.
Eso y su falta de moral la hicieron la candidata perfecta para armar la más eficaz de las ineptocracias, y en el país que más influencia tiene a nivel mundial.
¿Hay algo más inepto que Úrsula von der Leyen presidendo la Unión Europea?
¿Quién tiene allí media neurona de sensatez y decoro?
Nadie.
Eso es, hasta que llegaron Orbán y el grupo parlamentario "Patriotas por Europa" a poner un poco de orden y a dar a conocer, precisamente, que los gobiernos europeos son una ineptocracia de órden supremo.
El ineptócrata, es importante tener presente, es indigno y maligno.
El perfil sicológico de los ineptócratas es bastante triste, porque cuando estudiamos las biografías de estos impresentables, nos damos cuenta de que fueron sujetos a un trato abusivo de parte de su entorno familiar.
Un ineptócrata de manual, al que hemos puesto en evidencia en este medio es el actual gobernador de California, Gavin Newsom, que en unas declaraciones ante la prensa en estos días pasados, se le cortó la voz hablando de cómo en su niñez lo llamaban "Gavin Newscum," mote que el presidente Trump hizo correr a través de su red social Truth Social.
Resulta entonces muy evidente que Newsom fue víctima del bullying, y su respuesta a ello, es volverse él un bully, a la merced de quien pudo ponerlo en una posición de poder, no por méritos propios, sino por débil y por manejable.
¿Nos vamos entendiendo?
Pero para que exista una ineptocracia eficaz, bien se vale el oxímoron, tiene que haber dos elementos fundamentales que veremos a continuación.
El primero, que ya hemos mencionado, recursos.
Detrás de las patrañas de las ineptocracias globales--y globalistas--hay cerebros maquiavélicos que se han hecho archiconocidos por su generosa contribución a crear y fortalecer factores de poder que mantengan vigentes sus ideologías y su poderío económico.
Detrás, por ejemplo, de una ineptocracia tan obvia como la que impera en las Naciones Unidas, tenemos, entre otros mogules, a Bill Gates, que ha mantenido con cientos de miles de millones programas terribles a través de su influencia dentro de la Organización Mundial de la Salud, un apéndice de la ONU, que hemos visto es una fábrica de horrores casi comparable con la de Joseph Mengele.
Tanto Donald Trump como Javier Milei, ya han anunciado que sus respectivos países se retirarían de la OMS este mismo año.
George Soros es un generosísimo patrocinador de ineptocracias. Los tentáculos de su organización "Open Arms," directamente han apoyado iniciativas woke en todas partes del mundo, y su agilidad de colocar figuritas de cartón como es Pedro Sánchez, hacen que sus agendas prosperen sin casi tener obstáculos.
Esto nos lleva al segundo punto.
Oído al tambor...
La ineptocracia se mantiene sólo si existe una sociedad capaz de elegir, elevar, escuchar y admirar a semejantes adefesios intelectuales y políticos.
Es decir, en muy pocas palabras, la ineptocracia, el gobierno de inútiles, sólo es posible inutilizando a aquellos que serán responsables de elevar a los ineptos.
De ahí que veamos con tanto ahínco y casi desesperación mantener a la ciudadanía idiotizada, mareada, engañada, e incluso drogada. Literalmente.
¿Cómo explicamos, de pronto, un boom, de la industria del cannabis? Pero ese tema lo dejamos para otro momento.
A lo que me refiero es que para los ineptócratas no hay límites, porque sentirse descubiertos--como está sucediendo--es fatal para ellos. Una victoria nuestra, claro está.
El mal uso de la propaganda, la degradación de la industria del entretenimiento, la sobre sexualización de los jóvenes, la destrucción de la familia, la deshumanización de la vida humana, todo esto contribuye a crear adeptos a la ineptocracia.
Mientras tanto, ¿qué pasa?
Tenemos empresas e individuos enriqueciéndose como nadie pudo haberlo soñado.
Hay recompensas para aquellos que se prestan para ser ineptócratas. Y hay que caer muy bajo para que te puedan poner un precio.
Vuelvo a repetir, el ineptócrata busca su validación y busca poder--a cualquier precio.
El bienestar propio. Ni siquiera el de los suyos. Los suyos le importan muy poco. El resto de la humanidad, absolutamente nada.
Milei, como economista, explica, extraordinariamente bien la ineptocracia que ha padecido Argentina desde los tiempos de Perón, y, desde el punto de vista económico, Milei dice que la gran solución para el inepto es imprimir cuanto dinero haga falta, creando, por supuesto, una inflación fuera de serie.
A esto Milei agrega que si imprimir dinero acabara con la pobreza sería como argumentar que imprimir diplomas acabará con la estupidez.
Curiosamente esto nos lleva a otra característica de los mentados ineptócratas
Muchísimos de ellos, cuidado si una gran mayoría, tienen múltiples títulos universitarios.
De hecho, no hay quizá más triste ineptocracia que la que se ha creado con fondos multimillonarios en las universidades, donde se gradúan cada vez más nulidades y más corruptos ideológicos.
Derribar una ineptocracia, como, gracias a Dios, ya hemos venido haciendo, nos pone, quizá, a muchos en ese papel, odioso pero necesario de ser una especie de antihéroe.
Decía Carlo Dossi, escritor y politólogo italiano (1849-1910) "¿Por qué hacer oh necios!, trampas fuera de la ley, siendo tan cómodo hacerlas dentro de ella?”
Y es que quizá la salida de las instituciones y de nuestra circunstancia actual es tendiendo trampas al enemigo para que el mundo entero vea su vileza, mientras nosotros hacemos posible su destrucción y su enjuiciamiento frente a la ley o las urnas. O ambas.
Paralela o incluso simultáneamente con esta caza de ineptos, es menester volver a construir los cimientos de donde se arraigaría la nueva sociedad que vamos levantando, fortaleciendo y enseñando.
La ineptocracia va de la mano de la democracia. Pero una democracia tan enferma como la que la ejercen. Sanar nuestros sistemas socio políticos también es imprescindible.
La ineptocracia ha sabido ponerle la diana a los niños y a los jóvenes, esto tengámoslo en cuenta. Y es a ellos que debemos salvar de ese barco titánico que se hunde frente a nosotros.
Debemos hacer a las palabras mérito, propósito, esfuerzo y dedicación, grandes, infinitamente grandes otra vez--y de una vez por todas.
Hagamos la siguiente reflexión.
Nosotros frente a Dios no somos más que su instrumento imprescindible para hacer eterna Su obra. Nosotros no tenemos, per sé, un propósito. Dios tiene un propósito. Dios nos elige a cada uno, otorgándonos sus dones, para que, a cambio, cumplamos con sus designios para y por la humanidad.
Siempre dando gloria a El. Hoy mañana y siempre.

No comments:
Post a Comment