En el año 2004, llega a las pantallas de cine, un film tan extraordinario como controversial, "Mar Adentro," que fue dirigido y escrito por el Oscarizado director y productor chileno Alejandro Amenábar.
La película fue un éxito comercial y fue recibida con amplios elogios de la crítica, cosechando, en España 14 premios Goya y llevándose el Premio de la Academia por "Mejor Película Extranjera."
La cinta está protagonizada por Javier Bardem, Belén Rueda y Lola Dueñas.
A Bardem hay que reconocerle su extraordinario talento. Más allá de eso ha demostrado ser un ególatra y un desvergonzado judeófobo y antisemita. Pero eso es otro tema.
Pero es "Mar Adentro" la cinta que marca profundamente a este actor en su (indudablemente difícil e insuperable) interpretación del escritor y activista gallego Ramón Sampedro.
Esta película marca un antes y un después en el debate de lo que conocemos como la "eutanasia voluntaria" o "suicidio asistido."
Sampedro, nacido en el año 1943, sufre un aparatoso accidente cuando tenía 25 años en el que cayó de cabeza haciendo un clavado en aguas que resultaron ser más llanas que lo que calculó el joven Ramón. Las consecuencias fueron devastadoras, ya que, a partir de ese instante, Sampedro queda parapléjico.
Su angustiosa enfermedad convierte a Sampedro en poeta, y llega a publicar una antología, aparte de una autobiografía donde pedía que se le permitiera morir "dignamente."
Atención, por favor, a este concepto: "la muerte digna."
Ramón Sampedro consigue su deseo, y con la ayuda de una vecina amiga suya, de nombre, por cierto, Ramona, obtiene el cianuro con el que se suicidaría en Enero de 1998.
Los últimos momentos de Sampedro fueron grabados por Ramona, así como fueron grabados los primeros 20 segundos de su agonía tras ingerir el veneno.
Cabe destacar que en ningún momento la familia de Sampedro estaba de acuerdo con ayudar a Ramón con su petición de morir.
La muerte de Sampedro abre el debate sobre la legalización de la eutanasia en España.
Legalizar la eutanasia fue una bandera que el régimen social comunista de Pedro Sánchez llevó muy en alto, hasta conseguir su propósito en el 2021, bajo la llamada "Ley Orgánica 03/2021."
Veamos otro caso de alguien mil veces más famoso, y en mi opinión más valiente que la triste figura de Ramón Sampedro: Christopher Reeve.
Archiconocido por su rol de “Superman” más numerosos papeles en cine y en televisión, Reeve sufrió un terrible accidente cuando participaba en una competencia con su caballo en Mayo de 1995.
Trágicamente, el que conocíamos como "el hombre de hierro," quedó parapléjico y vivió nueve años en una silla de ruedas hasta su prematura muerte a los 52 años.
Reeve, casualmente, muere el mismo año que se estrena el film de Amenábar.
Contaba el mismo Reeve, al tiempo de su accidente, que él consideró la eutanasia. Viendo su desesperación, su mujer, Dana, con quien había estado casado desde 1992 (madre de sus tres hijos) le dijo a su marido, que, por favor, lo pensara.
Si en dos años, agregó Reeve, él se sentía igual, la familia cumpliría sus deseos.
Pues, justo después de esa agonizante conversación, Reeve, en el hospital, empezó a recibir las visitas, el cariño y el apoyo de sus hijos, su familia, sus colegas, y, por supuesto, de sus fans.
Las palabras "suicidio" y "eutanasia" se borraron de su mente para siempre.
Con el máximo respeto a la memoria de Ramón Sampedro, y rogando a Dios que no nos ponga jamás en estas situaciones tan radicalmente trágicas, hay que aplaudir la actitud que frente a las vicisitudes, tuvo, quien murió como lo conocimos y quisimos, un superhéroe.
Reeve no disminuyó el ritmo de su vida ni de su carrera. Fue un extraordinario activista; escribió libros; hizo giras de conferencias y llevó una vida familiar óptima hasta sus últimos días.
Pero de pronto, el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido han saltado a un primer plano por razones, lastimosamente, que van más allá de la supuesta "dignidad" o "compasión" que dicen defender.
Los que hemos entrado de frente a la batalla cultural, defendemos el derecho a la vida. Y nos identificamos, sin titubeos, con la firme convicción que la vida empieza desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
Los conceptos de la "eutanasia voluntaria" y el "suicidio asistido" tienen denominadores comunes, sin duda, pero son conceptos muy distintos.
Empecemos por definirlos a ambos por separado.
La palabra "eutanasia" viene del griego "eu" que se traduce como "bueno," y "thanatos," que se traduce como "muerte." Es decir, la "buena muerte."
En el proceso de la eutanasia, el médico administra al paciente una dosis específica de medicamentos con el único fin de terminar con su vida.
El suicidio asistido, también, por sentado, lo realiza un profesional, un médico, pero, lo que marca la diferencia es que las drogas se las administra el paciente a sí mismo mientras el proceso es supervisado hasta el final.
Hasta la fecha hay solamente un número reducido de países a nivel mundial que han legalizado estas prácticas, entre los que destacamos: Austria, Bélgica, Canadá, Luxemburgo, Alemania, España (como ya mencionamos) Colombia, Australia, Portugal, algunos estados de Norteamérica, Suiza y los Países Bajos. Estos dos últimos son populares destinos a donde llega un éxodo considerable de personas a vivir sus últimos días.
Las leyes que avalan las prácticas de la eutanasia, dejan, en teoría, al menos, que las personas que soliciten los servicios médicos para acelerar su muerte, deben estar en pleno uso de sus facultades mentales y que deben proveer pruebas fehacientes que sufren de una enfermedad terminal que provoca en ellos constantes dolores y sufrimientos.
En los Países Bajos, cada caso de suicidio asistido debe pasar por las manos de hasta cinco comités que harán válida la acción del médico. Si el médico no cumple con su deber y no obtiene los permisos necesarios, puede ser penalizado con hasta 12 años de cárcel.
Hagamos un importante inciso...
Hay un enorme porcentaje de personas que en sus testamentos, dejan claro, que en caso de que cualquier circunstancia dejase sus cuerpos a la merced de tubos en un hospital, y que su supervivencia depende sólo de estos aparatos respiratorios, que por favor, sean inmediatamente desconectados. Esto se conoce como una "orden de no reanimar."
En un gran número de casos, las familias cumplen con la voluntad del paciente.
Pero estos casos no entran en nuestro debate. La persona solicita morir de causas naturales. No se le administran medicamentos para paralizar sus signos vitales.
En la última década, se ha llegado a la conclusión que en los países donde se ha legalizado la práctica del suicidio asistido, hasta un 4.6% de las muertes ha sido llevada a cabo por esta vía, con un alto porcentaje entre pacientes mayores de 70 años o pacientes con un cáncer terminal.
Pero por qué de pronto, hemos visto un preocupante auge en las solicitudes de suicidios asistidos en personas muy jóvenes. En casos extremos, incluso, en adolescentes.
En Australia ya hay debates sobre si de verdad debiese haber un mínimo de edad para una eutanasia o un suicidio supervisado.
El 22 de Mayo de este año, Zoraya ter Beek, una joven neerlandesa de 29 años falleció por suicidio asistido. Estaba físicamente saludable. Tenía su pareja y vivían tranquilos en compañía de sus mascotas.
Pero Zoraya, alegadamente, sufría de depresión e hizo un anuncio público de que acabaría voluntariamente con su vida con la ayuda de un médico.
Luego tenemos el caso de unas 60 personas que decidieron terminar con su existencia por padecer trastornos alimenticios. Estos casos se fueron dando entre el 2012 y el presente año.
Quizá lo más alarmante y, claro está, sospechoso, es que hay un inusual despliegue a la defensa de la supuesta "muerte digna" en múltiples discursos políticos en los países donde hay, claramente, gobiernos progresistas.
Es menester, desde luego, empezar a plantearse hipótesis de qué podría estar pasando con este creciente auge en la eutanasia y el suicidio asistido.
Las respuestas serán descubiertas, poco a poco, de eso podemos estar seguros.
Sin embargo, queda bastante claro, que, como tantas aristas de las que se alimentan las agendas ideológicas, la eutanasia pareciera tener un alto escalafón en el podio de prioridades.
Y sólo podemos pensar, como se dice en inglés: "follow the money" (sigue al dinero o sigamos la pista del dinero)
Si nos ponemos a pensar que la eutanasia y el suicidio asistido se llevan a cabo a partir de la administración oral o intravenosa de medicamentos, ya podemos ver que podría haber una posible correlación entre los promotores de la eutanasia y de los fabricantes de estas drogas.
Pongamos un ejemplo:
Tanto la eutanasia como el suicidio asistido utilizan un cocktail de drogas que en dosis específicas y definitivas, logran apagar los signos vitales de un paciente en unos 15 minutos más o menos.
Veamos algunos de estos ingredientes:
Las benzodiacepinas. Las benzodiacepinas son depresores que producen sedación e hipnosis, alivian la ansiedad y los espasmos musculares y reducen las convulsiones. Las benzodiazepinas más comunes son los medicamentos recetados Valium, Xanax, Halcion, Ativan y Klonopin
Tomemos el que más nos suena, Valium. ¿Quién crea el valium?
El Diazepam (nombre genérico del medicamento) es creado desde 1959 por los Laboratorios suizos Roche. En el año 2023, La Roche tuvo ganancias que superaron los $60 billones de dólares.
Otro ingrediente: los barbitúricos. Estos son una clase de fármacos depresores que se derivan químicamente del ácido barbitúrico. Son eficaces cuando se usan médicamente como ansiolíticos, hipnóticos y anticonvulsivos.
Uno de los componentes es el conocido como "Pentobarbital" fabricado por los laboratorios Norteamericanos Abbott que obtuvieron, en el 2023, ganancias que superaban los $40 billones de dólares.
Un último ejemplo serían los analgésicos. Los analgésicos son medicamentos que ayudan a controlar el dolor y reducir la fiebre. También pueden disminuir la inflamación y aliviar diferentes tipos de dolor, como dolores de cabeza, lesiones y artritis.
La morfina y el fentanilo son los que se utilizan para las prácticas de suicidio asistido. Ambas drogas son fabricadas por distintos laboratorios.
Lejos de culpabilizar con este análisis a las farmaceutas, sí que podemos tener claro que hay un negocio de las medicinas y las prácticas, éticas o dudosas, de las mismas.
Las compañías farmacéuticas son, sin ninguna duda, grandes aportadores de soluciones y son imprescindibles en los avances científicos que contribuyen al mejoramiento de la calidad de vida de cualquier persona.
En este medio no voy a arremeter contra las empresas, pero si hago un llamado a su posible y extensa avaricia.
Hago breve mención de un caso de actualidad: la cápsula "Sarco" de fabricación suiza.
En este dispositivo, fabricado por un excéntrico médico australiano que favorece el suicidio médico desde los 90s, Philip Nitschke, el paciente se somete a un procedimiento donde se le absorbe letalmente su oxígeno con la libración en dosis letales de gas nitrógeno. Es decir, la muerte se produce por asfixia.
Después de poco más de una semana el uso de la máquina "Sarco" ha sido suspendida después de la muerte de una paciente. Las irregularidades observadas durante el proceso que fueron denunciadas ante el parlamento declarando este experimento como "ilegal," a pesar del alto índice de suicidios asistidos en la nación helvética.
Casi 400 personas estaban en fila para ser pacientes (o mejor dicho, víctimas) de la cápsula experimental.
El discurso pro-eutanasia está muy lejos de ser altruista y compasivo. Es propaganda que esconde fines siniestros como los promovidos en la Agenda 2030 (y la ya oficial 2045) donde se aboga por una disminución drástica de la población mundial.
La candidata a la presidencia del Partido Demócrata, Kamala Harris, es abiertamente promotora de cualquier medida que disminuya la población y lo ha dicho sin tapujos en sus discursos de campaña.
La propaganda que arropa estos fines siniestros, como es de esperarse está llena de subterfugios como la terminología que escuchamos de la boca de activistas como el propio Bardem, que se ha adjudicado para sí la lucha de su personaje, Ramón Sampedro.
En mi opinión, tanto la eutanasia/suicidio asistido deberían, como el aborto ser ilegales.
Sin irrespetar la angustia de un paciente o de sus seres queridos, frente a un diagnóstico de poca o nula esperanza de vida, el esfuerzo debe ponerse en crear nuevas formas de curación, si es de alguna manera posible, o de prolongar el alivio a los pacientes terminales.
Pero vivimos en un mundo, donde cads vez más se rechaza la exiatencia de Dios y los principios morales.
Las empresas, las ONGs y los políticos que apoyan cualquier medida que promueve la muerte, quieren tener una parte jugosa del pastel. La ambición es infinita y la oposición apenas empieza a tomar auge.
Urgentemente, se deberían abrir investigaciones para comprobar si existe, y cuál es el porcentaje de beneficios que reciben los políticos y activistas, de las empresas que promueven estas prácticas. Quién está detrás de ese patético boom pro-muerte que vivimos en el siglo XXI.
En varias naciones, entre las que Israel, se ha destacado incesantemente, se hacen inmensos avances en medicina para la cura contra el cáncer, entre otras enfermedades hasta ahora sin cura aparente.
En el caso de nuestras mascotas, la práctica de la eutanasia es infinitamente dolorosa de decidir y de llevar a cabo, pero, los que hemos vivido de primera mano estos momentos, sabemos, de corazón, que hemos consentido a un acto de misericordia y de amor incondicional.
Debemos, por supuesto, tener presentes que no son seres humanos.
La vida humana, por otra parte, tiene unas connotaciones distintas y debemos darle el valor que merece.
Sabiendo de sobra, o incluso si sospechamos que la eutanasia/suicidio asistido está siendo monetizado para el enriquecimiento despiadado de empresas de amplio lucro, nos corresponde, a través de nuestro voto, y adquiriendo información objetiva, detenerlo sin demora.
Como con tantas desgracias que vemos acontecer a diario con nuestros jóvenes y personas emocionalmente confundidas, no podemos lavarnos las manos.
Y mucho menos abandonarlos o aupar que se tiren por el abismo de la desesperación.
La vida es una bendición infinita de nuestro Creador. La dignidad de la muerte, que nos llegará a todos, es saber, por medio de la fe, que hemos completado nuestra divina misión en este mundo. Que hemos amado profundamente. Que hemos superado obstáculos. Hemos, espiritualmente hablando, cumplido. Nos toca partir.
Para los que creemos en la reencarnación, el alma ha de continuar su exquisita evolución y crecimiento, vida tras vida.
La dignidad de la muerte consiste en saber, con el alma llena, y de corazón, que nos vamos al Cielo, para hacernos luz.
Dicho esto, quisiera dejarlos con un extraordinario poema del escritor y también político venezolano Andrés Eloy Blanco (1896-1955) que es una oda a la belleza de nuestra existencia, a pesar del dolor y de lo arduo que puede ser el camino que andamos.
Se titula "La Hilandera" y dice así:
Dijo el hombre a la Hilandera:
a la puerta de su casa:
-Hilandera, estoy cansado,
dejé la piel en las zarzas,
tengo sangradas las manos,
tengo sangradas las plantas,
en cada piedra caliente
dejé un pedazo del alma,
tengo hambre, tengo fiebre,
tengo sed…, la vida es mala…
y contestó la Hilandera:
-Pasa.
Dijo el hombre a la Hilandera
en el patio de su casa:
– Hilandera estoy cansado,
tengo sed, la vida es mala
ya no me queda una senda
donde no encuentre una zarza,
Hila una venda, Hilandera,
hila una venda tan larga
que no te quede más lino;
ponme la venda en la cara,
cúbreme tanto los ojos
que ya no pueda ver nada,
que no se vea en la noche
ni un rayo de vida mala.
Y contestó la Hilandera:
-Aguarda.
Hiló tanto la Hilandera
que las manos le sangraban.
Y se pintaba de sangre
la larga venda que hilaba.
Ya no le quedó más lino
y la venda roja y blanca
puso en los ojos del hombre,
que ya no pudo ver nada…
Pero, después de unos días,
el hombre le preguntaba:
– ¿Dónde te fuiste, Hilandera,
que ni siquiera me hablas?
¿Qué hacías en estos días,
qué hacías y dónde estabas?
Y contestó la Hilandera:
-Hilaba
Y un día vio la Hilandera
que el hombre ciego lloraba;
ya estaba la espesa venda
atravesada de lágrimas,
una gota cristalina
de cada ojo manaba.
Y el hombre dijo:
-Hilandera,
¡te estoy mirando a la cara!
¡Qué bien se ve todo el mundo
por el cristal de las lágrimas!
Los caminos están frescos,
los campos verdes de agua;
hay un iris en las cosas,
que me las llena de gracia.
La vida es buena, Hilandera,
la vida no tiene zarzas
¡quítame la larga venda
que me pusiste en la cara!
Y ella le quitó la venda
y la Hilandera lloraba
y se estuvieron mirando
por el cristal de las lágrimas
y el amor, entre sus ojos,
hilaba…
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